La alegría de la educación
Un país tan pobre debe estar lleno de ángeles que encaminen y animen a los jóvenes y niños a alcanzar sus metas y sueños”.
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La niña entró al colegio con la cara muy triste. La acompañaban su madre y una vecina ángel con un niño en brazos, quien me hizo recordar, por eso, a la Virgen del Carmen.
La ropa de la niña, de 12 años, y su menuda talla, delataban la pobreza extrema en que viven con su mamá y sus hermanos. La vecina ángel y su tierno también reflejaban una vida difícil. La vecina ángel habló primero. Dijo sin pausa: “Profe, la niña quiere estudiar, es muy inteligente, pero la mamá está sola y no puede ponerla por los gastos”.
Respiró fuerte el mismo aire detrás de su mascarilla y continuó: “Dicen que aquí le ayudan a los niños pobres. Ayúdele, no se va a arrepentir”. El director se dirigió a la niña diciéndole que la felicitaba por su interés de estudiar y le pidió que le contara el porqué de sus deseos de estar en el colegio. Inmediatamente, la niña comenzó casi un discurso modelo de resiliencia, de lucha, de espíritu positivo. Expresó ella que el padre Daniel la había animado regalándole unos cuadernos y que la vecina le dijo que vinieran al colegio, que aquí le ayudarían.
Muy orgullosa, la niña confesó que le gusta leer y que quiere salir adelante porque su mami es muy pobre y que soñaba con sus hermanitos viviendo bien. Dijo que es acólita en la iglesia y que ahí había aprendido, que debe superarse y ayudar al prójimo. El profesor la escuchó atento y le preguntó cuantos cuadernos le dio el padre y después de la respuesta le entregó en una bolsa más útiles escolares. Le contó que en ese colegio tienen un proyecto que se llama Solidaridad en el que varios profesores, vigilantes, aseadoras, secretarias, alumnos, profes jubilados y exalumnos ayudan con dinero mensual para comprar lo necesario con el fin de ayudar a los niños, que como ella, quieren estudiar y tienen dificultades. Al final él le dijo: “Estudiarás y te graduarás aquí”. La niña abrazó la bolsa de cuadernos y colocó en su rostro una sonrisa llena de esperanza y felicidad que se le notaba a pesar de la mascarilla. Vio a su madre como diciéndole ¡lo logramos! y dio las gracias con sus ojos brillantes a la vecina ángel. La niña siguió hablando emocionada. Al día siguiente llegó bien temprano al centro educativo.
La ropita, desteñida por el uso, no pudo derrotar su alegría. Fueron juntos con el profe donde Juan, vigilante miembro del proyecto Solidaridad, quien le entregó una falda, calcetines, un par de zapatos y una camisa. Esa niña casi reventaba de felicidad y los abrazó. Corrió a conocer su aula, después conoció a los primeros profesores que llegaron, le presentaron al personal de secretaría y aseo. La profe Maricela, que también es catequista, la abrazó y le dijo: “Hola, hermana, ¿vas a estudiar aquí?”.
La niña orgullosa dijo sí. Todos los que la miraban se llenaban de alegría. Nadie podía pararla, hablaba, hablaba y sonreía sin parar. Era la alegría de la educación. Un país tan pobre debe estar lleno de vecinos ángeles, sacerdotes ángeles, profesores ángeles que encaminen y animen a los jóvenes y niños a alcanzar sus metas y sueños.