Honduras

Honduras, patria amada, sean tus hijos sembradores de la paz

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¡Que bella es mi tierra! Tierra de contrastes, planicies irrigadas por majestuosos ríos que van a dormirse a un mar Caribe plétora de arrecifes de coral y una barrera que no envidia a la bella Australia. Mi tierra se viste de bellos bosques de madera exquisita, olorosa como perfume de mujer, sus selvas que respiran por el mundo nos llena del vivificante oxígeno que inunda nuestros cuerpos dándole la fragancia del humus de tierras vírgenes y llenas de aguas cristalinas caídas en rauda lluvia y transportadas por afluentes que descansan en aguas de ríos excelsos donde aborígenes de eras pretéritas han hecho civilizaciones llenando el éter de lenguas que aún viven y palpitan exultantes y le dicen al espacio que aún vive la vieja Babilonia de lenguas confundidas.

Honduras, espacio del mundo que gira en eras siderales, baña el Pacífico lleno de anillos de fuego ahora apagados por las aguas profundas llenas de vida, donde piratas enterraron tesoros ocultos todavía en la isla del Tigre, sal que vivifica nuestro ser dadas por aguas remansadas en esteros llenos de crustáceos que deleitan el paladar de propios y extraños tratados como hermanos porque nuestra tierra es cálida con el aventurero, aquellos que recorren el mundo en su afán de explorar, de conocer, de diversión y se marchan por caminos ajenos con un corazón agradecido porque la mano extendida y la sonrisa a flor de piel les dio la bienvenida.

Mi tierra es dulce, en sus valles se cultiva la caña que en tiempos pasados fue la fuente del sabor dulce que fue amargado por las cadenas de la ignominia, más ahora en nuestras tierras se destila el néctar de las aguas que brotan cuando el trapiche hiere el corazón de la caña dejando inundado el ambiente dulzón, nos empalagamos con la miel que brotan de panales de cera donde la flor que alimenta a las reinas llegan a nuestro deleite y el sabor exquisito del néctar convertido en pura miel bebida por faraones o reyes de la antiquísima Hispania. Su cuerpo herido por cordilleras majestuosas va desde occidente hasta el oriente o que se sumergen en las cálidas aguas de un Atlántico formador de tormentas y borrascas, playas donde el oleaje se besa con arenas blancas, caprichosas islas derramadas y de belleza sin igual, paraísos perdidos de aventureros bucaneros, donde el navegante genovés llegó en su recorrido por descubrir tierras ignotas.

Alturas donde aguerridos combatientes se alzaron contra el yugo de la espada y la cruz, ofrendando su vida al caer en el gran Congolón, sierras majestuosas donde los bosques esmeraldinos nos llenan los pórticos con brisas olorosas a trementinas y el ulular de vientos dejan caer sus oleadas de aires frescos, nieblas fantasmales donde las leyendas del cadejo o la carreta embrujada nos llenan las noches de temor como aquellas noches donde el quinqué o las velas que derraman sus vida en blanca espelma y el tétrico hablar de un Montenegro que hacían las delicias de los oyentes.

Sus cuajos de oro sacados de las entrañas de sus tierras y sus ríos dispensan la sangre de los dioses, oro codiciado, oro venerado, oro resplandeciente que construiste ciudades como la regia Taguzgalpa que siendo un simple centro minero se hizo aldea, villorrio, ciudad cosmopolita y capital de la nación del pueblo más macho, noble nación donde los ideales de “Dios, Unión, Libertad” fueron la tea para la liberación de la tiranía que nos encadenó por más de trescientos años, tierra de personas devotas que se arrodillan su fe por un amanecer mejor es la esperanza que nace en los corazones que brilla como el sol de nuestro escudo que sale detrás de los volcanes durmientes y llena la tierra de luz, labor, sudor energía sacando de las entrañas de Gea los frutos más deliciosos que el sabor del trópico nos da en su variada paleta de sabores.

Honduras, tierra que llora, sus lágrimas se derraman con la tristeza del dolor que provocan los buitres que siguen consumiendo nuestros cuerpos, nuestros sueños, sus sombras se extienden en las noches de plenilunio dejando un temor que nos avasalla, lágrimas dejadas caer en la tierra santa por el fenecer de sus hijos abatidos, lágrimas de despedidas porque parten sus hijos arrancados de sus hogares, llanto por las carreteras desoladas de países que cierran su brazos por la pesada carga de hombres, mujeres, niños, viejos que van dejando sus huellas en las llanuras, en el monte espeso, dejando sus huesos regados por selvas y ríos que cobran con vidas preciosas el paso de éstos hacia tierras desconocidas, la vorágine los cubre y devora desde que dan su primer paso hacia lo desconocido.

Es mi tierra de aves de bellos plumajes, sus jolgorios se escuchan cada mañana dando melodías como si fuesen los cantos que le dan a sus creador, sinfónica de música que conmueven hasta el espíritu, nación de arraigo ancestral donde civilizaciones sucumbieron a la voracidad de la selva salvaje dejando sus legados en piedras eternas donde su sabiduría y esplendor se plasmaron con el cincel de hombres diestros en ingeniería, astronomía, agrimensores, bravos guerreros, estelas enhiestas, pirámides de belleza sin igual, esa es la Honduras desconocida.

Honduras, vive por siempre, los hijos que te aman te ennoblecerán, darán lo mejor de si para hacerte baluarte de vida, bastión que defiende a sus hijos donde la luz de sapiencias será la que los guie en su largo caminar hasta que los estadios de prosperidad, desarrollo y el disfrute de la vida sea para cada uno de sus hijos.

Honduras, patria amada, sean tus hijos sembradores de la paz, donde hombro a hombro luchemos para que el bien común sea la armonía de poder alcanzarla, ¡cuánto se anhela! y disfrutar de las mieles que se gozan en un país donde el trópico danza con la música del tambor, la marimba, la caramba, guitarra y cantemos con un corazón agradecido por haber nacido en esta bella y hermosa nación llamada Honduras.

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