Aquellas celebraciones de Semana Santa

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Nací en una comunidad rural a unos 15 kilómetros de Tegucigalpa, en un caserío de la aldea de San José de Soroguara. De los cerros más altos de la comunidad se podían ver las luces de la ciudad y escuchar la música de marimba los domingos en el cerro El Picacho -práctica que estuvo de moda por mucho tiempo-, se transmitía por potentes altavoces con el fin de alegrar a los habitantes de una población donde la modernidad llegó bastante tarde.

El sacerdote llegaba una vez al año a celebrar misa en latín, a la única iglesia que existía en la aldea, día que había que aprovechar para todos los actos litúrgicos como el bautismo, confirmación y otros.

Aquello era todo un acontecimiento que causaba novedad en el pueblo. Cuando alguien, que tuviese recursos, quería morir bajos los santos óleos de la fe cristiana, tenía que enviar a un emisario a Tegucigalpa para que, a lomo de mula, llevara a un cura a darle las últimas bendiciones al enfermo y recibiera la confesión de todos los pecados que había cometido a lo largo de toda su vida.

Después de la confesión y perdón de pecados por el sacerdote, tanto la familia como el enfermo estaban seguros de que se podía ir en paz, directo al cielo, abandonando este valle de lágrimas.

La Semana Santa se percibía casi en condiciones de una concepción primitivista; las mismas creencias en una divinidad estaban intervenidas por una visión confusa. Se consideraba que en los llamados días “grandes” había que cuidarse de todo. No se podía comer carne, trabajar, maltratar a sus semejantes de palabra. se creía que lo que se hacía contra la naturaleza o contra los semejantes, contra Dios se estaba haciendo, por lo cual el pecado era mayor a lo habitual.

Apenas llegaban de la ciudad estampas con la imagen de algunos santos que la Iglesia Católica había canonizado. Mi madre era devota de la Virgen del Perpetuo Socorro, a la que le había preparado un sencillo altar como muestra de su entrega a la que consideraba su amiga fiel y protectora.

Los días de Semana Santa eran esperados, no solo por ese tipo de creencias que en el lenguaje religioso podríamos llamar paganas, eran esperados por un tipo de comunicación y práctica comunitaria y familiar especial. Eran días que aprovechaban los varones adultos para los juegos de azar y para las bebidas embriagantes, hasta se preparaban champas para reunir a todos los parroquianos de la comunidad.

No conocimos las procesiones, como se hacían en Tegucigalpa, donde los Caballeros del Santo Entierro en pasos cadenciosos cargaban las imágenes de los santos mártires, empezando por Jesús de Nazaret y la Virgen María.

En general, eran tiempos de mucho regocijo espiritual. Las pocas estaciones de radio que existían apagaban sus audiciones o ponían música religiosa, propia de la época.

Ni pensar que, algún día en Honduras, en tiempos de Semana Santa, se constituiría una comisión especial para contar los accidentes de tránsito, heridos y muertes provocadas por tanto desenfreno. La Semana Santa se ha convertido en un pretexto, la razón es la recreación sin límites.

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