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A raíz de la invasión salvadoreña a nuestro territorio y la defensa de la soberanía por el pueblo y Fuerzas Armadas, se decretó julio para dedicarlo a estudiar y divulgar nuestro perfil colectivo. Se afirma que dos elementos definen y aglutinan la nacionalidad hondureña: el culto mariano a la Virgen de Suyapa y el respaldo a nuestras selecciones de fútbol.
Existen otros factores constitutivos, derivado de un pasado común: el civismo hacia nuestros símbolos patrios, próceres forjadores de la nación, la salvaguarda de nuestros límites terrestres y marítimos.
El concepto de identidad no es inmutable ni estático, evoluciona con el tiempo respondiendo a la heterogeneidad social, étnica, cultural de las y los hondureños, con gran diversidad de origines étnicos: indígenas, afrodescendientes, mestizos, blancos, chinos; la ecología humana de las distintas regiones que conforman nuestro hogar común. Adicionalmente, nuestros migrantes en el exterior son portadores de sentimientos de arraigo y sentido de pertenencia con la patria lejana, las distancias geográficas no impiden la identificación con Honduras y lo hondureño.
En conjunto, todas estas variables identifican a la mujer y al hombre hondureño, singularizándolos, dentro y fuera de la República, más allá de tiempo y distancia. Así, contamos con un conjunto de rasgos compartidos, distintivos que nos definen como colectividad. Este sentimiento debe ser consolidado ante las embestidas desnacionalizadoras implícitas en la globalización impulsada desde los centros metropolitanos, sin que ello implique darle la espalda y pretender ignorar las diferentes corrientes del pensamiento. Somos un microcosmos humano al que debemos amar y proteger, impidiendo su degradación —inevitable—, y si no lo percibimos como nuestro, hagámoslo por lo que legaremos a las futuras generaciones