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Lo que a continuación les voy a contar fue algo que me pasó, nadie me lo contó, y no tengo por qué mentirles.

Me gustaba ir por las tardes a caminar por la orilla de la playa después de salir del trabajo, la ruta era siempre la misma, desde el bulevar hasta las piedras de La Ensenada, esas caminatas me servían para relajarme, y cuando llegaba a las piedras me sentaba a admirar el horizonte, y una que otra vez escuchaba también el sonar de los tambores garífunas, otro elemento más para hacer mi travesía más relajante.

Al cabo de un tiempo, y siempre antes de llegar a las piedras, me encontraba con una joven sumamente preciosa jugando en la arena. Las primeras semanas yo noté que siempre me quedaba viendo y luego bajaba la mirada, y para ser sincero, el hecho de que esa bella mujer se sintiera apenada por verme me hacía sentir un poco vanidoso, y un día me llené de valor y decidí saludarla, ¡buenas tardes!, le dije, con la voz entrecortada. ¡Mucho gusto, señor poeta!, me respondió.

Me sorprendió, porque a veces ni yo mismo me daba cuenta de que iba recitando versos, que de la nada surgían y que simplemente venían a mi mente como el vaivén de las olas. Disculpe usted, a veces hablo solo. Pues a mí siempre me gusta escucharlo, cuando está en las piedras como que se inspira más, ¿verdad?

El mar hace que mi mente se despeje. A mí también me encanta el mar, es bello, es fuente de vida y está lleno de misterios.Esas fueron las dulces palabras que pronunció aquella bella mujer con una piel de canela y unos de ojos de miel.

Usted vive en La Ensenada, repliqué. A lo que ella me contestó: Yo soy como el viento, y también tu admiradora.Y mientras veíamos el ocaso, me dio un beso, y de pronto, sus pies se volvieron una cola, para perderse en el horizonte. (Cuento).