¿Para qué estudiamos la lengua y la literatura?

¿Qué gana el mundo encontrando el poema perdido de un poeta maldito? ¿O desentrañando el cronotopo en una historia contada hace cien años?”

  • Actualizado: 29 de julio de 2025 a las 00:00

Siempre resulta incómodo cuando surge la pregunta para qué estudiamos las lenguas y la literatura, es la misma pregunta que se suele hacer sobre la filosofía cuando se comienza a estudiarla y en general sobre las humanidades. Nadie se pregunta eso de la medicina o el derecho, por ejemplo. Y a pesar de que la respuesta puede ser abrumadoramente práctica y le podamos dar a estos estudios un aliento de utilidad (mercantil) no es eso lo que quiero decir hoy, esencialmente porque no es posible que hagamos todo para rentabilizar el mercado.

La lengua, por ejemplo, es algo tan humano que dirán algunos que es lo que nos distingue de los animales y en el otro extremo alguien más podría pensar que es aquello que nos permite trascender lo humano. Conocer la lengua en su arquitectura más profunda es, entonces, conocernos a nosotros en los planos de lo mental, lo social, lo político y lo cultural. La experiencia humana nos ha enseñado que la palabra es incluso un camino de sanación para el espíritu. La palabra nos construye, también nos destruye cuando es necesario, pero siempre nos vuelve a construir.

No quisiera que se confundiera esta verdadera utilidad del logos, de la lengua, con el utilitarismo que el mundo moderno hace de la palabra. Usualmente cuando pensamos lo útil (utilitarismo) lo hacemos en términos de producción de bienes y capitales, queremos ser capaces y competentes para el mercado, queremos ser un dispositivo rentable. Orgullosamente rentables a pesar de nuestra salud. Y uno no debería, por ejemplo, sanar su cabeza o su corazón
-depende desde donde se lo quiera ver- nada más para ser productivo, cuando es a veces eso mismo (la idea de ser productivos) lo que nos enfermó, uno sana su cabeza y su corazón para ser feliz, para reconstruirse en libertad.

Y no quisiera yo vender una utopía, sin embargo, sí quisiera acotar que hablo así de esto porque en el mundo se escucha muy poco, si es que se llega a escuchar.

Somos como la señora del cerillo, o fósforo en buen hondureño, en “Fahrenheit 451”, esa que en alguna edición que yo leí se encontraba en la página 52 y que era capaz de arder junto a mil historias incombustibles en una de las escenas más hermosas y conmovedoras de la literatura universal. Los que estudiamos las lenguas y la literatura somos guardianes de algo que el mundo no entiende.

En la historia que cité de Bradbury, leer es un acto completamente inútil, no sirve absolutamente para nada según la lógica de ese mundo, pero eso es justamente lo que lo hace un acto valiosísimo. Leer es lo que se hace cuando en el mundo no se responde a nada más que a uno mismo. No diré que leer humaniza, diré más bien que desmecaniza al ser humano. De nuevo, lo construye, acción que es imposible con la mera mecanización.

¿Qué gana el mundo encontrando el poema perdido de un poeta maldito? ¿O desentrañando el cronotopo en una historia contada hace cien años? ¿O identificando estructuras de poder a través del lenguaje? ¿Qué gana el mundo con un grupo de personas investigando la vida de los poetas del pasado? El mundo en realidad no gana nada, pero el ser humano habrá conquistado una parcela en su interior que permanecía gobernada por un colonizador.

Para eso es que estudiamos esta lengua que nos acompaña toda nuestra vida, para eso queremos conocer historias que nos hacen entendernos. Porque el ser humano además de satisfacer la oferta y la demanda del mercado es capaz de los sueños.

Josué R. Álvarez
Josué R. Álvarez
Escritor y docente

Autor de “Guillermo, el niño que hablaba con el mar”, “Instrucciones para un taxidermista” y “De la estirpe del cacao”. Ganador del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, el Concurso de Cuentos Cortos Inéditos “Rafael Heliodoro Valle” y el Premio Nacional de Poesía Los Confines.

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