¿Muros o puentes en política exterior?

"El mundo es como un tablero de ajedrez, en el que hay líderes (piezas) con diferentes poderes, habilidades y cualidades, siempre en busca de sacar ventaja y ganar posiciones geopolíticas. ¿Qué estilo puede ser mejor?"

  • Actualizado: 15 de agosto de 2025 a las 13:13

La historia juzga a los líderes mundiales por sus logros, sobre todo, cuando han contribuido para promover el desarrollo de sus pueblos e incluso más allá de sus fronteras. Todos los países han tenido gobernantes de diferente corte: unos pueden ser rígidos, autoritarios y excluyentes; otros, abiertos, democráticos y participativos.

Hay quienes se escudan y colocan muros que aíslan y envían un mensaje de fuerza propia que impone, mientras otros, creen en la convivencia a largo plazo y construyen puentes para ser utilizados en dos vías para que el trabajo conjunto sea el que logre los avances que los pueblos necesitan en materia de desarrollo integral.

Quienes construyen muros destacan su propia fuerza y no creen en el multilateralismo ni en la cooperación. Creen en la imposición. Mientras, los constructores de puentes aprovechan los foros internacionales para buscar aliados, soluciones, progreso y aportar, dentro de sus posibilidades, a la búsqueda de soluciones globales.

América del Norte tiene en este momento dos buenos ejemplos de uno y otro estilo.

Estados Unidos es el país más poderoso del mundo y no es difícil identificar a su presidente, Donald Trump, como alguien que construye muros –y esto no es una analogía, pues, efectivamente, ha impulsado uno en la frontera sur desde su primer mandato–. Para él, la solución de cualquier problema debe incluir, como “fórmula mágica”, el uso de la fuerza que emana desde el Despacho Oval, para imponer sus puntos de vista en materia comercial, militar o social, cuando los traslada a su política exterior.

Por otro lado, tenemos a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien ha demostrado gran capacidad como gobernante y, sobre todo, habilidad para construir puentes en sus relaciones internacionales, incluso con su vecino del norte, quien, además del muro, lanza amenazas, advertencias y frases hirientes para un pueblo que tiene profundas raíces nacionalistas como el mexicano.

Lógicamente en esa “jungla” que es el mundo moderno, no extraña que muchas veces se pueda imponer la “ley del más fuerte”. Hemos visto como Trump ha llevado la guerra comercial (aranceles) al terreno que más le favorece por la fuerza de su mercado, pero también hemos visto que el uso de la amenaza e imposición dejan heridas abiertas que más adelante pueden convertirse en peligro para sus pretensiones y sueños de una nación cada vez más grande, pues, terceros países, como la también poderosa China, pueden aprovechar la coyuntura.

Al cancelar la totalidad de los programas de colaboración internacional –el cierre de USAID–, Trump envió un claro mensaje de que quiere llevar las relaciones con terceros países sin tomar en cuenta “la buena vecindad” o amistad, sino viendo simple y llanamente lo que le interesa a él. Los puentes que antes construyeron gobiernos demócratas y republicanos –por interés o estrategia–, se han debilitado, incluso con aquellos aliados con los que hay múltiples intereses en común.

Sheinbaum, en cambio, se muestra flexible en todas las direcciones. Con su poderoso vecino, sus movimientos son hábiles: no baja la cabeza y mantiene la dignidad, pero le deja puentes abiertos en los temas que le interesan a la Casa Blanca, como migración, tráfico de drogas y seguridad fronteriza.

Además, ella ha buscado consolidar la posición de México en los foros internacionales. Mientras Trump mira con desprecios a la ONU, la OEA y demás, Sheinbaum mantiene presencia activa en ellos y en el G20 y trata de mejorar sus lazos comerciales y diplomáticos con países estratégicos, como Brasil, Canadá, y mantiene un acercamiento con la Unión Europea. Curiosamente con todos ellos Washington tiene relaciones tensas.

Ahora tenemos un ejemplo a la mano. En Alaska se han reunido los presidentes Trump y Vladimir Putin, en una acción pretensiosa de buscar una solución a la invasión de Ucrania... sin invitar al presidente Volodímir Zelenzki. El presidente estadunidense pretende imponer a ambos gobernantes su propia agenda. Tiene fuerza, pero posiblemente se requiera de más de un puente para lograr que la guerra en Ucrania termine.

El mismo día, la presidenta mexicana ha buscado una reunión con el presidente de la vecina Guatemala, Bernardo Arévalo, para tratar temas de colaboración en áreas tan sensibles como migración y seguridad, pero también en materia de desarrollo, con la construcción de infraestructura que acerque a los dos países. Además del encuentro bilateral, se incluyó una agenda trilateral con el primer ministro de Belice, Johnny Briceño, con quien se abordarán los mismos temas.

Las diferencias van más allá de las ideologías de ambos gobernantes, pero es evidente que mientras que uno apuestas por la fuerza e imposición para avanzar en su política exterior, la otra proyecta una estrategia de largo aliento.

No hay que perder de vista que los logros diplomáticos con satisfacción para las partes duran y trascienden en el tiempo, mientras que la imposición, suele terminar cuando expira el mandato presidencia y, entonces, se comprueba que, mientras los muros son para detener, los puentes permiten avanzar.

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