Lucir ganador es importante en toda campaña política. Ganador en el reparto de dones y virtudes, ganador en la vida, ganador en confianza y simpatías. Pero más que parecerlo o intentarlo, lo esencial es ser percibido como tal. No por los más cercanos y quienes nos aceptan sin mayor escrutinio -familiares, amigos, subalternos y correligionarios- sino por quienes tienen la capacidad de definir el resultado de una elección, volcando su decisión particular (y colectiva) en favor de una candidatura específica.Salvo los casos en que hay espontánea unanimidad de criterio -como una masiva votación en contra de alguien, o protesta ante decisiones o gestiones impopulares- es harto complicado determinar por qué un buen candidato, que ha hecho todo lo que corresponde según las buenas prácticas de la comunicación política, no termina de convencer ni encantar a los votantes y pierde una elección. La mayoría cuenta con asesores de campaña prestigiosos, recursos suficientes y no se diga entusiasmo desbordante para lograr su máximo objetivo. Pero nada de ello es suficiente para lograrlo.Usualmente, en las campañas presidenciales cada aspirante inicia la recta final de su carrera con “un piso” o “línea base” de adhesiones que resulta de la suma del llamado “voto duro” de su partido (que algunos equiparan equivocadamente con el resultado total de votos obtenidos por un partido en elecciones primarias) y un caudal propio, que se relaciona con su reputación e imagen personales. Como se ha visto en nuestras elecciones, ninguno de estos se puede dar por descontado (los ejemplos más patentes pueden observarse en las elecciones de 2017 y 2021, con matices particulares dependiendo de la candidatura que se analice). Volviendo al símil utilizado en líneas anteriores, la piñata no solo sube y baja, sino que pesa más o menos, dependiendo de los golpes recibidos y cuanto del contenido se mantenga en su interior o ya se esté gozando por los asistentes al ágape -incluido el que tiene el palo- (quizás ya ni haya qué aporrear y solo quede un triste alambre o pedazos de barro, con pegostes de papel china).
De tanto en tanto trascienden supuestas encuestas o sondeos cuyos números no coinciden (en lo esencial) con estudios de opinión serios y reconocidos, ni con la misma estadística electoral. Si se quiere medir la precisión de una encuestadora en el tiempo, además de su metodología, viene bien analizar su error absoluto, es decir, la diferencia entre el margen de sus encuestas y el margen real obtenido en elecciones. Por ejemplo, si una encuesta daba a un candidato X una ventaja de 2 puntos porcentuales, pero el candidato ganó finalmente las elecciones por 1 punto, la encuesta tenía un error de 3 puntos.
Cuando las campañas promueven “guerras de números” entre una encuesta y otra (propia o ajena), los datos no bastan para identificar potenciales ganadores. Hay que ver bien quién dice qué, pues lo esencial queda oculto ante los ojos, especialmente si se usan anteojeras de colores.