Siempre

Nuevos enfoques de nuestra emancipación política

La firma de un acta no podía borrar indeleblemente la herencia tricentenaria del colonialismo con su legado clasista, racista y excluyente

13.09.2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS.- En este corto ensayo pretendo sugerir que lo acaecido en la Ciudad de Guatemala el 15 de septiembre de 1821, cuando una élite urbana integrada por funcionarios civiles y religiosos españoles, además de ricos comerciantes criollos, decretaron la ruptura del vínculo colonial con la metrópoli hispana, debe ser interpretado en perspectiva de larga duración.

Pienso que tal hecho debe ser estudiado tanto en los cambios ocurridos como en las continuidades que subsistieron ya en la época posindependiente. La firma de un acta no podía borrar indeleblemente la herencia tricentenaria del colonialismo con su legado clasista, racista y excluyente; pero tampoco puede afirmarse que no se dieron modificaciones en las estructuras económicas y sociopolíticas.

Adicionalmente, debe ser examinada como un proceso que arranca con la resistencia indígena a la conquista territorial e ideológica en alianza de la espada con la cruz por un pueblo y una raza proveniente de allende el mar; sometidos militarmente nuestros antepasados, reducidos a forma inicialmente de esclavitud y posteriormente de servidumbre: encomienda, repartimiento y tributo, adoptaron diversas formas de rebelión y resistencia que aguardan ser investigadas.

Severo Martínez Peláez ha documentado la ocurrida en Macholoa.

Tribus indígenas como los pech optaron por refugiarse en montañas de difícil acceso para evitar ser evangelizados y concentrados en reducciones. No olvidemos que la región nororiental, la Taguzgalpa y sus pobladores aborígenes permanecieron fuera del control efectivo de las autoridades españolas; en varias ocasiones incursionaron en poblados ubicados en los límites del área periférica controlada por España. La alianza comercial-militar de los misquitos con los ingleses sirvió de freno a cualquier intento de sometimiento por parte de España.

Los esclavos negros, por su parte, adoptaron formas de resistencia pasiva y activa, bien fugándose o bien disminuyendo el ritmo intensivo de trabajo requerido por sus dueños.

Los ladinos y mestizos utilizaron estrategias evasivas para escapar a controles oficiales, formando rancherías distantes de las ciudades. Eran acusados de vagabundos y ociosos.

Así, distintos sectores sociales y étnicos fueron acumulando agravios y resentimientos que no llegaron a concretarse en rebeliones masivas indígenas dirigidas por los curas Hidalgo y Morelos en contra del dominio imperial, tal como sí aconteció en el Virreinato de la Nueva España a partir de 1810, o en el Virreinato del Perú con el alzamiento indígena encabezado por Tupac Amaru de 1780 a 1781.

Peninsulares y criollos temían insurrecciones populares: lo acaecido en el norte y el sur americano, más la rebelión esclava en la mitad occidental de La Española, la colonia francesa de Santo Domingo, que culminó con la proclamación de la primera república negra en el mundo en 1804.

No es casual entonces que al momento en que José del Valle redactaba el acta independentista se incluyera —de forma preventiva— que el Jefe Político la mandara publicar “para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”.

Cuando el oficial Agustín Iturbide, quien había derrotado a Hidalgo y Morelos, fusilándolos, proclamó la independencia mexicana el 28 de septiembre de 1821, emitiendo el Plan de Iguala que garantizaba la supremacía de la Iglesia Católica y la igualdad civil de españoles y criollos, la élite guatemalteca vio con creciente simpatía el anexarse a México para evitar las incertidumbres y temores de constituirse en república.

Así debió esperarse a la segunda y definitiva independencia centroamericana, proclamada el 1 de julio de 1823.