Crímenes

Esta semana en Grandes Crímenes nos trae: La señal de los cuatro

11.11.2017

Este relato narra casos reales.

Se han cambiado los nombres y otros detalles a petición de las fuentes.

LEA AQUÍ LA PRIMERA PARTE

SERIE 2/2
Un hombre es asesinado de forma brutal, después de torturarlo y, siete meses después, encuentran a un segundo hombre que fue asesinado en parecidas circunstancias: Degollados y con mutilaciones genitales. Pero hay algo más: la zona en que los cuerpos fueron encontrados es la misma y las escenas están separadas una de la otra por escasos kilómetros. Aparte de eso, los detectives creen que fueron asesinados en el lugar donde los encontraron. El primero era taxista. Se cree que fue secuestrado y llevado hasta el sitio de su muerte en su propio taxi. El otro…

Agentes “¿De qué te acordás?”
Esa pregunta se la hizo un detective de homicidios a su compañero, en la carretera de tierra que lleva a la aldea La Bodega, en Santa Ana, Francisco Morazán. Estaban frente al cuerpo de un hombre que tenía al menos diez horas de muerto. Le habían hundido un cuchillo ´puntiagudo en la garganta y después lo degollaron. Pero antes lo habían torturado, mutilándole los genitales.

El agente no se esforzó mucho en recordar.

“El taxista de hace siete u ocho meses” –respondió .

“El modus operandi es parecido”.

“Igual, diría yo”.

“Y fue abandonado cerca de aquí”.

“O el asesino es de esta zona o la conoce muy bien”.

“Parece que los motivos son los mismos”.

“Al menos la forma de muerte es igual…”

“¿Tendrían algún tipo de relación las dos víctimas?”

El agente se quedó pensando unos segundos.

“Es algo que vamos a averiguar”.

“El Toro”

Se llamaba Juan y le decían “El Toro”. Era de regular estatura, delgado, de piel trigueña y tenía treinta y dos años. Trabajó como taxista un tiempo y, después de un accidente, se quedó sin trabajo. El dueño del taxi les dijo a los detectives que ese día manejaba alcoholizado y que encontraron en su asiento restos de cenizas de marihuana.

“¿De qué vivía?” –le preguntaron los agentes a una de sus tías.

“No estaba trabajando” –respondió.

“¿Desde cuándo?”

“Dos años… después del accidente”.

“¿Conocía usted a este hombre?”

El agente le enseñó una fotografía de Luis, el taxista. Ella lo reconoció de inmediato.

“Sí –dijo–, era Luis; le decían “Licho”. Lo mataron hace como un año… Se llevaban bien. Es más, Juan y “Licho” a veces “taxiaban” juntos, sobre todo en la noche, cuando hay más peligro”.

“¿Cuándo fue la última vez que vio a su sobrino?”

“Ayer en la mañana. Salió para Loarque, donde iba a ver un partido, y no volvió. Yo creí que se había quedado con algún amigo y no me preocupé, hasta hoy que me dieron la mala noticia”.

“Dígame, señora, ¿usted conoce a los amigos de Juan?”

“No a todos, señor; unos cuantos”.

“¿Dónde van a velar a su sobrino?”

“Los hermanos se lo van a llevar para el sur… Era de Orocuina”.

El detective dejó pasar unos segundos.

“¿Usted me puede dar los nombres y la dirección de los amigos de Juan?”

“Yo solo conozco a Foncho y a uno que le dicen Reyes..., pero no sé dónde viven”.

“¿Tenía teléfono celular su sobrino?”

La mujer les dio el número.

“Hay que buscar a estos dos entre los contactos de Juan” –dijo el detective.

Foncho
No tardaron en comunicarse con Foncho. Estaba trabajando en una maquila en Villanueva, Cortés, y tenía seis meses de no ver a Juan.

“¿Conoció usted a Luis?”

“Sí –respondió–; éramos amigos”.

“¿Tiene usted idea de por qué los mataron?”

“No, señor”.

“¿Está dispuesto a darnos una entrevista en la DNIC de San Pedro Sula?”

“Claro que sí. Cuando usted diga”.

Foncho estaba dispuesto a colaborar. Ahora había que hablar con Reyes.

“Yo soy la esposa –contestó una mujer–, ¿para qué quiere hablar con él?”

“Estamos investigando la muerte de su amigo Juan… ¿Supo que mataron al amigo de su esposo?”

“Ay, sí –dijo la mujer–, pero eso era de esperarse, señor…”

“¿Por qué dice eso?”

“Mire, ese hombre era mala gavilla, no trabajaba y bebía y fumaba mota, y a mí nunca me gustó esa amistad”.

“Ya. Perdone, ¿podemos hablar con su esposo?”

“Mi marido está en Estados Unidos, señor…”

“¿En Estados Unidos?”

“Sí, se fue hace cinco meses y gracias a Dios pasó al otro lado…”

“¿Hace cinco meses?” –preguntó el detective.

“Sí, y ya está trabajando, fíjese; como él sabe mucho de construcciones, le está yendo bien allá”.

“Qué bueno, señora. Pero fíjese que quisiéramos hablar personalmente con usted”.

“Usted diga, señor; usted es la autoridad y yo estoy a su orden. Pero le voy a contar a mi esposo”. Que estuve hablando con ustedes… Como él es la cabeza del hogar, aunque esté lejos”.

“Sí, señora, y hace bien. Tal vez nosotros también podemos hablar por teléfono con él”.

Reyes
Cuando los agentes llegaron a su casa, la esposa ya no fue tan amable como al principio, sin embargo, los detectives insistieron en hablar con él.

“Yo no sé nada de eso, señor –les respondió–, y no me gusta que estén yendo a mi casa...”

“¿Usted también era amigo de Luis, el taxista que asesinaron dos meses antes de que usted se fuera para Estados Unidos?”

“Sí lo conocía, señor, pero no sé nada de lo que él hacía… Y no sé por qué lo mataron”.

Eso fue todo. Los detectives quedaron como al inicio. Estaba claro que no iban a ninguna parte. Tenían dos cadáveres, dos crímenes parecidos y lo más que podían hacer era especular, sin embargo, uno de los agentes tenía una corazonada:

“Alguien se vengó de los dos –dijo–; el problema es saber quién”.

“¿Hombre o mujer?”

“No sé”.

“¿Entonces?”

“¿Qué hicieron Luis y Juan juntos para merecer una venganza así?”

“¿Por qué juntos?”

“Recordá lo que dijo la tía de Juan. A veces “taxiaban” juntos, y eran buenos amigos”.

“¿Entonces?”

“No sé por dónde vamos a empezar la investigación pero la verdad es que ya tenemos dos cadáveres y ninguna pista, solo suposiciones… Creo que tenemos que esperar”.

“Esperar ¿qué?”

“Pues –musitó el detective, después de una breve pausa–, esperar que aparezca otro hombre asesinado en las mismas circunstancias”.

Espera

Pero dos semanas después, un buen amigo de Juan, que además era su primo, apareció muerto cerca de la aldea Arcadia, en la carretera del sur. Y ese mismo día, los detectives encontraron algo más: un Toyota Corolla blanco de cuatro puertas, con rayas celestes y doradas, polarizado, con rines cromados y anchos y con un sticker del Barça en una esquina del vidrio delantero. Lo abandonaron en la carretera a San Buenaventura. Los especialistas en dactiloscopia no encontraron huellas digitales en él pero sí un mar de sangre en el asiento trasero, justo detrás del conductor.

Cuando los detectives investigaron el número de placas del vehículo, se dieron cuenta que eran robadas y al investigar la serie, descubrieron que era el taxi de Luis. En cuanto al hombre muerto cerca de la aldea Arcadia, solo estaba degollado. El corte en el cuello lo hicieron de derecha a izquierda y tenía al menos media hora de estar tirado en una cuneta, donde terminó de desangrarse.

“Lo lanzaron de un vehículo en marcha –dijo el forense–; tiene golpes en la frente y raspones en los brazos, a causa de la caída violenta sobre el pavimento”.

“Y lo degollaron en el vehículo que encontramos en la carretera a San Buenaventura” –dijo un agente.

“Sí –añadió el médico–; la sangre del vehículo es la misma de la víctima. ¡Ah!, y quien lo degolló es zurdo” –concluyó.

Caso
Para los agentes de homicidios el caso se había vuelto más que interesante. Cuando supieron que Luis, Juan y Neto eran buenos amigos y que a veces salían juntos en el taxi de Luis, los detectives empezaron a ver las cosas con mayor claridad”.

“Es una venganza –dijo el agente a cargo del caso–; está claro, y creo saber por dónde va el asunto”.

“¿Sí?” –le preguntó uno de sus compañeros.

“Sí –respondió él–, y vamos a comprobarlo. Primero, vamos a revisar las enuncias de violación a mujeres y a menores de hace un año, o un poco más, ¿entendido?, y cada una la vamos a comparar con lo que dice Medicina Forense…”

“¿Creés que alguien se está cobrando una violación?”

“Tal vez no solo eso”.

“No te entiendo”.

“Ya vas a entender más adelante”.

“Y, ¿si en verdad se trata de alguien que está vengando una violación y no la denunció?”

“Entonces estaremos como al inicio, sin nada. ¿Qué resultados tenemos sobre el taxi? ¿Algún informante sabe algo del carro, lo vio en alguna parte…? Un carro así es fácil de reconocer.”

“No tenemos nada hasta ahorita”.

Bajón
Pero, como todo entusiasmo en la vida, el de los detectives se fue diluyendo con el paso del tiempo. Expediente tras expediente pasó ante sus ojos y no encontraron nada que les indicara al menos que alguna víctima de violación se estaba vengando de sus violadores.

Aunque había muchas denuncias de taxis en los que operaban bandas de ladrones y violadores, no encontraron nada que pudiera ponerlos en alerta, hasta quince meses después, cuando encontraron a un hombre herido en la Calle Real de Comayagüela, a eso de las dos de la mañana, desangrándose sobre una acera. Una ambulancia lo llevó al hospital y la DNIC fue a entrevistarlo, por pura rutina. Dijo que lo habían asaltado y que le robaron todo. Pero el hombre mentía. En un bolsillo trasero de su pantalón estaba su billetera, una carta de libertad de hacía siete años, su tarjeta de identidad, una tarjeta de residencia de los Estados Unidos y ciento sesenta lempiras.

“No lo asaltaron –le dijo uno de los detectives–; y usted no se defendió de los asaltantes. Dicen los muchachos de la ambulancia que estaba amarrado, con las manos hacia atrás, y los golpes que tiene en la parte de atrás de la cabeza y en el pómulo izquierdo, en los brazos y en las manos, nos dicen que lo tiraron de un vehículo en marcha. Lo que pasó es que lo secuestraron, lo apuñalaron dentro del vehículo y lo tiraron a la calle, seguros de que usted no viviría, pero las heridas en su costado son serias pero no mortales. Dígame la verdad”.

El hombre lo pensó un rato.

“Si –dijo–, así fue, como usted dice. Me agarraron en mi colonia, la colonia San Miguel, y me anduvieron por todos lados, hasta que me quisieron matar”.

“Dígame, ¿por qué lo quisieron matar? Está claro que son enemigos mortales suyos, pero vamos por partes”.

El hombre temblaba. Fue en ese momento que llegó la esposa.

“Señora –le dijo un agente–, somos de la DNIC y estamos hablando con su esposo. Espere afuera, por favor”.

Green Card
“Dígame, señor, ¿usted vivió en Estados Unidos?”

“Sí, en Miami” –fue la respuesta.

“¿Cuál es su nombre? ¿Donaldo Reyes o Alberto Canales? ¿O no es suya esta Green Card?”

“Era de un amigo, señor, que me la prestaba para que yo trabajara en Miami”.

“Dígame una cosa, ¿lo deportaron o usted se vino?”

“Yo me vine, señor; el trabajo allá es duro y es escaso y tuve la oportunidad de traerle un carro por tierra a un amigo de San Pedro, que conocí allá… Y me quedé en Honduras”.

“Entones usted es Donaldo Reyes”.

“Sí, señor”.

“Bien, ahora dígame, ¿por qué lo quisieron matar sus enemigos?”

El hombre apretó los dientes, dos lágrimas gruesas rodaron por sus mejillas y, al poco tiempo, dijo:

“Fue lo de la mujer…”

“¿Cuál mujer?”

“Una mujer… que violaron unos amigos”.

Los detectives se miraron entre sí.

“¿Cuándo?”

“Hace como tres años, o menos, creo yo”.

“¿La violaron unos amigos suyos?”

“Sí”.

“Pero usted no participó en la violación”.

“No, pero yo andaba en el taxi y yo manejé cuando ellos la iban tocando hasta que llegamos allá por Villavieja… Allí la violaron los tres…”

“¿Quiénes son los tres?”

“El Toro, Neto y Luis… El era el que trabajaba el taxi pero cuando se drogaban y bebían cerveza, les daba por robarles a los pasajeros y tocar a las muchachas… y a veces las violaban”.

“¿Cómo a esta mujer?”

“Sí”.

“¿Cómo se llama ella?”

“No sé… La recogimos en el bulevar de la Centroamérica, de la colonia esa de fufurufos, y le dijimos que íbamos papa Plaza Miraflores…”

Era suficiente. Los detectives llamaron a dos de sus compañeros.

“Tenemos veintidós meses de estar investigando este caso” –le dijeron a Reyes.

“Pero lo de la mujer fue mucho antes, señor” –contestó este.

“¿Qué tan antes?”

“Diez meses, o sea, diez meses antes de que mataran a Luis”.

Ahora, los detectives tenían una fecha aproximada. No tardaron en encontrar el expediente. Lo compararon con el de Medicina Forense y después fueron al hospital. Allí estuvo tres meses interna una mujer a la que los asaltantes le perforaron los intestinos a puñaladas, después de violarla en repetidas ocasiones. También la golpearon y la torturaron antes de dejarla por muerta en la carretera a Danlí. A consecuencia de esto, la mujer perdió al hijo que esperaba. Tenía dos meses de embarazo.

“¿Es ella?” –le preguntaron los agentes a Reyes, en su cama de convaleciente.

“Ella es, señor”.

“¿La vio usted la noche en que lo secuestraron en su colonia?”

“Sí, señor; ella iba atrás en el carro, conmigo y con el que me metió el cuchillo. Yo iba al lado de la ventana… De allí me tiraron a la calle”.

“Y, ¿esta es la mujer a la que sus amigos violaron hace tres años?”

“Sí, señor”.

“¿Está seguro?”

“Sí. No la voy a olvidar. Ella lloraba y suplicaba que no le hicieran nada, por su bebé, porque estaba embarazada, cuando la pusieron a hacer cosas, ella les dijo que estaba recién casada y que tuvieran lástima de ella, que les iba a dar lo que andaba y que los iba a llevar a un cajero automático para que sacaran el pisto pero que no le hicieran esas cosas… Y a ellos les valió y la violaron por todos lados, después la golpearon y la “cuchillaron” en el estómago. Y allí la dejamos por muerta”.

“Ya. Y, usted ¿por qué se fue para Estados Unidos?”

“Fue después de lo de Luis… Yo me imaginé por donde venía todo… Y cuando vi que mataron a Juan y a Neto… Pero en la “iusa” todo está perro y mejor me vine…”

Los detectives leyeron de nuevo los expedientes y confirmaron las declaraciones de Reyes. Coincidían en un cien por ciento.

“Ella estuvo en este mismo hospital –le dijeron los agentes–; le cortaron los intestinos, le dañaron el hígado y un riñón y le perforaron el estómago. Aparte de que perdió al niño…”

Reyes miró hacia otro lado.

“¿Qué van a hacer conmigo?”–preguntó, poco después.

“Por lo pronto –le dijo un detective–, cuidar de que sus asesinos no vuelvan, por lo que el policía que lo custodia se quedará hasta que salga del hospital; después, el fiscal decidirá, pero creo que no será nada bueno para usted”.

Ella
Cuando los agentes tocaron a la puerta de Esmeralda, les abrió una mujer ya entrada en años.

“Buscamos a una muchacha que se llama…”

La mujer sonrió.

“Pasen –les dijo–; mi sobrina les dejó un mensaje. Sabía que iban a venir después de que salió en HCH el hombre que encontraron herido en la Calle Real”.

Los detectives se sorprendieron.

“Dijo que ya había castigado a los que le destruyeron la vida y que ella hizo justicia por su propia mano. Así como le mataron a su hijo, así hizo ella; así como le destruyeron su matrimonio, así hizo ella. Ojo por ojo y diente por diente”.

NOTA FINAL. Los detectives buscan a una mujer que se llama Esmeralda, de veintiocho años, blanca, delgada, de regular estatura, ojos claros, con una cicatriz como una mancha en un pómulo, y que es, además, muy bonita. Es posible que esté en México, de donde era su abuela materna, y es posible que use otro nombre y otra nacionalidad.

“Un día va a caer –dice un agente–. Los delincuentes siempre caen. Aunque este parezca un acto de justicia, ella es una asesina en serie, y sé que va a caer algún día, y como el asesinato no prescribe…”