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Vive fútbol, come fútbol, sueña fútbol (2/3)

Gracias a la selección de fútbol de 1982, supimos que el nombre de nuestro país también podía ser mencionado de forma positiva en las noticias.

Así lo sentenció frente a sus pupilos el profesor José de la Paz Herrera “Chelato Uclés”, minutos antes de aquel memorable partido contra la selección española, anfitriona de la Copa Mundial.

En ese tiempo, Honduras estaba inmersa en una oscura etapa de su historia: la de las más graves violaciones de derechos humanos a su población y jugando el rol de santuario de la contrarrevolución nicaragüense. El fútbol servía de conveniente camuflaje.

Algo similar ocurrió cuando Argentina organizó la copa mundial de 1978 y la ganó. Los argentinos vivían en una dictatura militar y, a pocos pasos de los estadios donde los sudamericanos tocaban la gloria que se les había negado en 1930, los torturadores detenían los malos tratos a sus prisioneros para celebrar los goles.

Y es que el Mundial de Catar no es el primero rodeado de controversia o críticas. En 1934, la Italia fascista de Benito Mussolini aprovechó la competencia para hacer propaganda y exaltar el nacionalismo, del mismo modo que un par de años después lo haría Adolfo Hitler y su partido en las Olimpiadas de 1936 en Berlín (las de la “supremacía aria”). En el 34, tal y como ocurrió en la versión argentina del 78, la selección italiana estaba presionada a ganar el torneo y contó con arbitrajes favorables para lograrlo.

¿Y qué decir del Mundial de México 70? Apenas en 1968, se habían desarrollado ahí los Juegos Olímpicos y ocurrió la matanza de Tlatelolco, en la Plaza de las Tres Culturas. La nación azteca vivía momentos de protestas estudiantiles, que cuestionaban airadamente la represión oficial de sus pares.

Las consecuencias de esa respuesta estatal marcaron la vida del país durante las siguientes décadas.

Las competencias balompédicas no ocurren en un vacío. Los países organizadores y los contendientes solo hacen una pausa en su cotidianeidad para consagrarse a la búsqueda de los primeros lugares del torneo, mientras el resto -los que no pudieron alcanzar la fase final- observamos entusiasmados, gozando del “circus” (circo) aunque no haya “panem” (pan) en la mesa o en las tiendas.

El fútbol o cualquier otro espectáculo para entretener a las masas, será aprovechado por quien gobierna -como bien lo dijera Juvenal aludiendo al senado romano- para mantener tranquila a la población o desviar los ojos de asuntos delicados para la gobernabilidad.

Diversos autores académicos y opinadores se han referido al aprovechamiento del deporte y el efecto distractor que produce desde la política. No es extraño que, en medio de la algarabía deportiva, se aprueben leyes o medidas que normalmente serían adversadas. O que se produzca el efecto contrario: que una derrota desate el desorden y las “diez plagas”.

El 14 de octubre de 2009 Honduras clasificó de nuevo a un Mundial (Sudáfrica 2010) y no ocurrió ni lo uno ni lo otro. Pero de eso hablaremos en el tiempo extra.

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