Los ilustrados de la toga y el mazo, de la justicia y sus raíces, decidieron que lo somos: un Estado de derecho, con sus elegantes definiciones y leyes, sus máximas y supremas legales. Con los derechos con que todos los hondureños nacimos, decidieron que teníamos que negociar y ceder nuestras libertades; nos dieron espejos y ganaron impuestos, poder, conexiones, salarios desorbitantes.
Todos los días de la semana, doña María se levanta al crepúsculo, prepara la comida para los suyos, con las pieles curtidas por el sol, siempre cargando el hastío del trabajo que nunca produce lo suficiente. Camina hacia el corral de las flacas gallinas con la esperanza del alimento. Doña María nunca aprendió a leer, pero en el parque unas personas le dieron un folleto que, según, hablaba sobre la nueva era social, sobre el cambio político, la comida en la mesa, sobre el trabajo digno y los sueños y los anhelos. Mientras camina nuevamente al nido de las gallinas, solo recuerda que el folleto era rojo, quizá azul, quizá de otro color...
Pero ¿dónde falla nuestro Estado de derecho?, ¿cuál es el eslabón débil?, ¿es la forma en que lo construimos o la forma en la que lo impulsamos y hacemos valer? ¿O quizá somos nosotros, destinados siempre a los mismos males?
Aun así, seguimos sosteniendo y defendiendo el mismo modelo. El Estado no se sostiene por sí mismo; no son solo los policías, jueces, funcionarios o las instituciones: somos los ciudadanos los que damos origen y legitimamos su poder e influencia. En nuestro contrato social con el Estado de Honduras deberíamos tener salud, seguridad, educación y dignidad; tenemos, en su lugar, la sombra de la muerte y la negligencia en los hospitales, de la injusticia en los tribunales, de la violencia en las escuelas y la sociedad, de la corrupción y el desfalco en nuestras arcas.
Nosotros también queremos ser astronautas, músicos exitosos, profesionales competitivos en el mundo, pioneros y líderes en algo y en todo; pero las piedras de nuestras calles de tierra nos hacen llegar tarde a la escuela, el sonido de los estómagos vacíos no nos deja concentrar, las letras que no podemos leer ni escribir nos indican el rol y papel que tendremos que desempeñar. Solo los privilegiados recibimos al menos unos peldaños de ventaja.
El viernes era día de pago. Subió a su motocicleta con velocidad apremiante; pretendía ocultarse en su casco o entre las personas que salían de la maquila. Esbozaba la sonrisa más grande de su semana, pues tenía un bono, algo extra para comprar los zapatitos rosados con blanco del centro comercial, aquellos que un pequeño dedito había señalado días atrás. Al salir, notó que la velocidad no fue la suficiente, que la muchedumbre no era tanta. Ávidamente, fue interceptado y, ante una fugaz e indetenible intervención, fue debitada de su tarjeta la cuota semanal más el cuarenta por ciento de interés; hasta la sonrisa se fue con el prestamista diario...