Columnistas

Con la convocatoria a la conformación de la Junta Nominadora para candidatos a magistrados se inició el proceso que culminará con la próxima elección de la Corte Suprema de Justicia. Las expectativas crecen, siendo todas positivas.

Cada expectativa es presión sobre los tomadores de decisiones y cuidarán sus acciones. Es un proceso realizado antes por humanos y será vuelto a realizar también por humanos, humanos en un país tercermundista, con una baja calidad de la democracia. Nuestros demócratas carecen de convicciones democráticas.

Los que están en el poder y fuera de él. La democracia es un sistema de mayorías y de minorías que deben ser respetadas e incluidas para la búsqueda del bien común. La población tiene una pésima percepción de la impartición de justicia. Pero solo como ejercicio mental: la sala constitucional que tanto atacan por haber posibilitado la reelección presidencial también ha emitido decenas de resoluciones apegadas a derecho, en su mayoría, sin cuestionamientos de las partes. Y todos los estrados judiciales, igual.

La ley provee los recursos necesarios para cuando se esté en desacuerdo con los fallos o, bien, tipifica como delitos y provee el castigo para jueces venales. Pero la percepción es que nada sirve. Y se tenga o no la razón, se funde o no en la ley, el despropósito es que todo afectado de una sentencia la declare ilegal producto de corrupción judicial. Y por lo general es falsa percepción. Desde que luchamos por la aprobación de la Ley de la Junta Nominadora, hace más de 20 años, las expectativas no han cambiado y los resultados tampoco.

Pero es lo que hay. Aunque después de como arrebató la presidencia ilegal del Poder Legislativo y su desafortunado desempeño, no celebramos al diputado Redondo, si hemos de coincidir en algunas de sus reservas sobre la Junta Nominadora, pero constitucional es.

Claro, el proceso público y con todos los elementos que como ciudadanos reclamamos, ha podido ser conducido por una comisión del Congreso Nacional.