Independencia

EL HERALDO halló la espada del prócer Francisco Morazán

EL HERALDO ubicó en Managua, Nicaragua, la espada original con la que el prócer de la unión centroamericana libró su lucha
FOTOGALERÍA
11.09.2016

Managua, Nicaragua
La espada original que usó el prócer Francisco Morazán en sus múltiples batallas, que ha sido buscada por académicos e historiadores, fue encontrada por EL HERALDO casi 200 años después de las gestas del libertador.

Este símbolo de las luchas del héroe se encuentra celosamente guardado en el interior de una vitrina, en la segunda planta de un edificio de condominios en Managua, Nicaragua, propiedad del empresario Piero Coen, uno de los descendientes de Morazán.

Historiadores, académicos, estudiantes, maestros, poetas y morazanistas en general siempre se preguntaron a lo largo de estos 174 años que han pasado tras el asesinato del héroe dónde quedaron sus pertenencias: su espada, que usó días antes de su muerte; su anillo, su reloj y su vestimenta.

Algunos investigadores coinciden en que estas piezas históricas están en Nicaragua, lo cual es cierto de acuerdo a las investigaciones hechas por EL HERALDO en este país de los lagos. Otros creían que estaban en Costa Rica porque fue en este país donde, el 15 de septiembre de 1842, fue ejecutado sin previo juicio el más grande hombre que ha tenido Centroamérica; pero las investigaciones del equipo periodístico basadas en testimonios de los descendientes concluyen que fue una de las nietas de Morazán -llamada Mercedes Morazán Venerio- quien las mandó a comprar a Costa Rica.

Consecuentemente, la espada, el reloj, el anillo y la ropa fueron pasándose de generación en generación entre los descendientes de Mercedes Morazán Venerio en Nicaragua, para lo cual se dejó siempre un testamento.

“Yo tengo la espada”
Piero Coen, descendiente de Morazán por la rama de Carmen Morazán Venerio -otra nieta del prócer-, es quien ahora tiene la espada.

La entrevista con este alto empresario de Chinandega fue corta y precisa, por sus múltiples ocupaciones.

“Te espero a las 10:00 en mi oficina”, se limitó a decir al periodista vía mensaje. Así fue. A las 10:00 ahí estaba y solo dispuso de unos minutos para confirmar la posesión del arma disuasiva del ilustre repúblico. “Yo tengo la espada de Morazán, esa que vino (de Costa Rica) y se fue dejando en la familia por herencia, por escritura pública y yo se la compré a un primo mío, no me quedó a mí (vía herencia). Yo la tengo”, dijo Piero Coen, un hombre alto, de nariz pronunciada y orejas grandes entrevistado por EL HERALDO en su oficina agrícola en Chinandega. “Si quieren tomarle fotos, la tengo en mi oficina en Managua”, añadió.

Salimos en su búsqueda
Con la autorización de Piero, el equipo de EL HERALDO emprendió el camino al día siguiente hacia Managua, la capital. Después de varias búsquedas, y con la ayuda de un guía, dimos con el edificio donde se encuentra la anhelada espada. Está en una zona exclusiva conocida como Viejo Santo Domingo, donde solo es posible ingresar previa autorización del potentado inversionista. Primero fue necesario pasar por un riguroso sistema de seguridad. “Doble a la izquierda, ahí estará un guardia esperándolo”, dijo un agente.

El hallazgo
Subimos al segundo piso, donde nos esperaba una asistente del empresario, quien cordialmente nos llevó a una vitrina construida con madera de color. Ahí está la espada de Francisco Morazán, la última que usó para defenderse del acecho de los josefinos los días previos a su muerte aquel fatídico año de 1842.

El año pasado fue con el reportero gráfico Fredy Omar Rodríguez y esta vez con su colega Estalin Irías que tuvimos el privilegio de ser los primeros hondureños en ver físicamente estas herramientas de lucha del patricio. Ver la espada, tocarla y contemplarla generó para el redactor de estas líneas la misma impresión que cuando hallamos la cigarrera el año pasado.

La espada es la misma a la que alude el historiador Miguel Cálix Suazo en su libro “Espadas y sables”, redactado con base en documentos creíbles que recibió hace varios años de uno de los descendientes de Morazán en Chinandega. Consta de dos piezas: la vaina y la hoja de acero que termina en una punta fina en forma de curva hacia arriba. Al final de la curva, por la parte del filo, tiene una abolladura o pequeño hundimiento producto de algún contacto fuerte con otro metal. Con la hoja dentro de la vaina, la espada tiene casi cinco cuartas de largo mientras que la hoja de acero mide 84 centímetros de longitud con un ancho de 21 centímetros (centro) y 13 centímetros en la parte donde comienza a decrecer. Tiene un peso de entre tres y tres libras y media.

La vaina es de cobre dorado, con una serie de grabados parecidos a hojas de laurel, con nubes y rayos del sol naciente. Entre vaina y hoja hay un seguro que Morazán lo manipulaba según la necesidad en el campo de batalla.

La empuñadura, por donde el guerrero y estadista tomaba la espada para combatir o disuadir, es de color dorado, de marfil. En esta pieza, a primera vista, un hermoso dragón abre un poquito su boca desde donde se desprende una rama de laurel que le da la vuelta al mango dorado. En la hoja de acero no se notan con precisión los diseños por el paso de las décadas.

Pero el capitán Salvador Darbelles, en un artículo aparecido en la revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua de 1942, dice que la hoja tiene diseñados “dos tambores, un fascio, dos escudos romanos, dos lanzas y un estandarte, todos ellos entrelazados”.

Chinandega
La disputa por la posesión de la espada de Morazán llevó a un “convenio extrajudicial” a dos familias.

Estas familias las lideran Javier Pérez Montealegre y Alberto Avilez Sosa, ambos descendientes de Mercedes Morazán. Los dos contaron su versión. “La espada venía de mi abuela Mercedes. Ella era prestamista y la mandó a comprar a Nicaragua. La trajo y como tenía cuatro hijos, hizo un testamento donde decía que los cuatro hermanos eran dueños de la espada”.

Pérez Montealegre asegura que él fue el último de esta rama que tuvo la espada y que, por razones de seguridad, decidió pasársela a Piero Coen. Por su parte, Alberto Avilez Sosa considera como incorrecta la forma en que su pariente se quedó con la espada.

Dijo: “Nosotros descendemos de Mercedes Morazán. Papa Ché, que era mi tío José Montealegre Infante, era el guardián de la espada. él siempre dijo que por el lado nuestro, de Mercedes, le quedaron dos pertenencias: las charreteras de oro y la espada. Por el lado de mama Carmen, la otra nieta de Morazán, quedó un óleo, un anillo y un reloj”. “En 1974, Papa Ché le dijo a mi papá: mirá, yo ya me siento de edad avanzada y la tradición ha sido que el hombre mayor de cada generación es el guardián de la espada. Mi papá era el mayor”.