Crímenes

Esta semana en selección de Grandes Crímenes: La virginidad robada

10.03.2018

Serie 1/2

Este relato narra un caso real.
Se han cambiado los nombres y se omiten algunos detalles a petición de las fuentes.

Don Alfonso se estremeció en su silla cuando el oficial de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI), un muchacho que lucía un rombo dorado en los hombros, entró a la sala de su casa seguido de cerca por media docena de policías armados con largos fusiles.

“¿Qué es esto? –gritó–. ¿Qué están haciendo ustedes aquí? ¿Y cómo es que entran a mi casa sin siquiera pedir permiso?”

El oficial no estaba dispuesto a contestar tantas preguntas. Había entrado a aquella casa a capturar a un criminal, y no tenía que darle explicaciones a nadie. Para eso están el fiscal y los jueces.

“¿Usted es don Alfonso?” –preguntó, deteniéndose de repente frente al hombre, algo entrado en años, que se había puesto más blanco que el papel.

“Bien sabés que yo soy –respondió–; no es la primera vez que me mirás… ¿Qué estás haciendo en mi casa?”

El subinspector no respondió, hizo una señal a uno de sus policías, y este avanzó un paso, con un papel en las manos.

“Señor Alfonso Tal y Tal –empezó a leer el policía, con voz tan fuerte, que sus palabras resonaban en el espacio–, queda usted detenido por suponerlo responsable del delito de violación especial en perjuicio de testigo protegido… Tiene derecho a un abogado, tiene derecho a guardar silencio…”

“¿Qué estás diciendo? –exclamó don Alfonso, temblorosa la voz–. ¿Qué yo violé a quién?”

Nadie le contestó.

El policía seguía leyendo.

“Póngase de pie” –gritó el oficial.

Don Alfonso dudó un instante.

“¡Le dije que se ponga de pie! –gritó el policía–. Y le recuerdo que oponerse al arresto puede ser tenido como desacato a la autoridad, lo que le traería graves consecuencias”.

“Es… que no entiendo”.

“Ya va a entender cuando esté con el fiscal. ¡De pie!”

Don Alfonso obedeció, despacio, a punto de desmayarse, viendo a todos lados por si encontraba una cara amiga. El oficial se acercó a él, lo cogió de un brazo y, con un tirón, le ayudó a enderezarse, luego, lo giró, sin la menor contemplación, y le esposó las manos hacia atrás. La esposa de don Alfonso, que acababa de llegar a la sala, sorprendida, se desmayó al ver a su esposo en aquella situación.

“Yo no he hecho nada” –dijo él, temblando de pies a cabeza.

“Eso se lo va a decir al juez”.

La voz del policía era como el látigo del verdugo. Así servía a la Justicia aquel muchacho al que un rombo dorado sobre los hombros le daba un poder increíble.

Con un tirón empujó al detenido hacia adelante y, sin soltar la cadena de las esposas de acero, lo empujó hacia la salida.

“Yo soy inocente”.

“¡Inocente! –exclamó el oficial–. ¡Ja! ¡Inocente! ¿Por qué no pensaste en esto antes de violar a la niña?”

“¿Cuál niña? ¡Yo no he hecho nada! ¡Yo no he violado a ninguna niña!”

Calló don Alfonso ante el empellón que le dieron dos policías más, y unos segundos después fue lanzado sobre la paila de la patrulla, ante los ojos curiosos de sus vecinos.

“¡Inocente! –musitó el oficial, subiendo al asiento del copiloto–. Todos dicen lo mismo, pero cuando estaba desgraciándole la vida a la niña no pensó en las consecuencias”.

Estaba claro que el oficial tenía madera de fiscal y de juez, tres en uno. Acusaba, capturaba y condenaba. Tanto poder y tanta sabiduría en un solo rombo, lo que nos dice que no solo se debe depurar a la Policía Nacional de los delincuentes que ensucian el uniforme, sino también que se debe hacer una limpieza psiquiátrica de muchos de sus “héroes”.

La niña
Estaba frente al fiscal del Ministerio Público, jugando con sus manos delgadas y viendo hacia los lados con evidente nerviosismo.

Era una muchachita menuda, no muy alta, de cara redonda y pelo enmarañado; vestía pobremente y calzaba chancletas de hule. Aunque podía suponerse que a causa de su pobreza aguantaba hambre en muchas ocasiones, estaba desarrollándose muy bien. Sus pechos, incipientes, abultaban el vestido que caía hacia abajo envolviendo las caderas de lo que sería en el futuro una mujer hermosa. Sin embargo, había mucho de inocencia en ella.

“¿Qué fue lo que pasó?”–le preguntó el fiscal, viéndola con empatía.

“Ya declaré eso donde los policías, señor” –respondió la niña.

“Sí, ya sé, pero es necesario que me lo digás a mí… para demostrarle al juez que ese pervertido te hizo daño…”

“Es que yo no quiero problemas”.

“No vas a tener problemas”.

“Es que don Alfonso es rico y tiene amistades”.

“Ante la ley no hay dinero ni amistades que valgan”.

La niña guardó silencio. Miró una vez más hacia abajo, hacia las manos que se estaba retorciendo, y empezó a respirar con la boca, signo de que estaba angustiada.

“¿Te ofreció dinero para que no lo denunciaras?”

El fiscal se estaba armando de paciencia.

Ella no respondió.

“¿O fue a tu mamá que le dijo que le iba a pagar para que todo esto quedara en silencio?”

La niña no dijo nada.

“Contame cómo fue que te violó”.

Ella levantó la cabeza.

“¿Le cuento?” –preguntó.

El fiscal le sonrió para darle confianza.

“Todo –le dijo–, desde el inicio… o sea, desde que comenzó todo”.

La niña dudó un instante.

El fiscal esperó, jugando con el lápiz.

Caso
“Usted sabe que él hace ‘cuetes’, ¿verdad?” –dijo ella, de pronto.

“Sí, lo sé”.

“Y que tiene mucho dinero”.

“Sí, también lo sabemos”.

“Pues… es que nosotros somos muy pobres…”

“Ajá”.

“Y yo fui a ver si me daba trabajo…”

“Ajá”.

“Entonces, él me llevó a un lugar, allí en la bodega de él, de su negocio, y me agarró…”

“¿Cómo hizo eso? ¿Cómo fue que te agarró?”.

La niña esperó un momento antes de contestar:

“Así… –dijo, tartamudeando–, como agarran los hombres a las mujeres… Me agarró, me subió el vestido y me bajó el blúmer… y después me acostó y me hizo eso… usted sabe”.

“¿Qué es eso?”.

Ella había bajado la cabeza, avergonzada. El fiscal insistió.

“Eso, pues –murmuró la niña–; eso que le hacen los hombres a las mujeres”.

“¿Te violó?”

“Sí”.

“Y vos te defendiste…”

“¿Y cómo? Los hombres siempre son más fuertes, aunque sean ya de edad, como ese señor don Alfonso”.

El fiscal dejó que pasaran varios segundos, terminó de escribir y, levantando la cabeza, dijo:

“Bueno, vamos a llevarte a Medicina Forense, para que el doctor te examine y confirme el daño que te hizo el violador… ese tal don Alfonso”.

“¿Qué? ¿Me va a llevar donde un doctor?”

“Sí”.

“¿Y me va a ver mi parte?”

“Sí; es necesario”.

“Es que a mí me da vergüenza”.

“Ya te dije que es necesario, solo así el juez va a saber bien el daño que te hizo y lo va a hundir en la cárcel. No te preocupés, va a pagar el haberte violado”.

El fiscal se puso de pie. La niña dudaba.

Don Alfonso
Sentado en una silla de plástico, con las manos esposadas hacia atrás, parecía agonizar. Un policía lo interrogaba “mientras llegaba el fiscal”. Se le habían acabado las palabras y veía a su alrededor como si no supiera qué era lo que le estaba pasando. A su lado estaba su esposa, llena de lágrimas, y tres de sus hijos, a punto de estallar por la indignación.

“¿Cómo es posible que acusen a mi padre de violación? –decía uno–. ¿Es que no ven que es un hombre honorable y bueno? ¡No es posible que lo tengan aquí como si fuera un vulgar delincuente!”

Nadie le hacía caso, pero sus gritos retumbaban entre las paredes y el techo.

“Mire, señor –le dijo, entonces, el oficial, mirándolo a la cara, como mira la serpiente a su víctima–, le aconsejo que se calle o lo voy a dejar haciéndole compañía a su papá… ¿Es qué no entiende que violó a una niña y que por eso está aquí?”

“¡Eso es imposible!”

“¿Imposible? ¡Ja! La niña no dice lo mismo… Mejor búsquenle un buen abogado y deje de perder el tiempo… La víctima está allí, en aquella sala, declarando ante el fiscal del Ministerio Público, y ya se imagina usted lo que le está diciendo…”

El hijo vio con furia hacia la puerta que acababa de señalar el oficial. Bufó como un toro y, sin pensarlo, dio un paso en aquella dirección.

“¿A dónde va usted?”

El oficial le había puesto una mano en el pecho mientras se llevaba la otra a la cacha de su pistola de reglamento.

“Sí da un paso más lo meto en una celda”.

El hombre se calmó. Sus hermanos vinieron por él.

Don Alfonso miró aquella escena y no supo qué decir. Su tristeza era mayor.

“Todo va a salir bien, Foncho –le decía su esposa, entre tanto–; ya vas a ver que se va a comprobar tu inocencia”.

“Yo no he hecho nada” –dijo él, a media voz.

“Yo lo sé” –musitó ella.

Una puerta se abrió unos pasos más allá y en el umbral apareció un hombre. Era el asistente del fiscal.

“¡Quw lleven al detenido a la oficina del fiscal!” –ordenó el subinspector.

La señora ayudó a don Alfonso a ponerse de pie. Dos policías lo agarraron de los brazos. Caminaba tragándose las lágrimas.

“¿Quién me puede estar haciendo esto?” –se preguntó.

“Usted mismo se lo hizo –le dijo un policía–; violó a la cipota y ahora le esperan unos añitos en la cárcel”.

El hombre bajó la cabeza.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, el fiscal del Ministerio Público le dedicó una mirada de fiera.

“Está acusado de violación especial, señor –le dijo–, y si quiere que esto termine rápido, necesito que sea honesto conmigo…”

El hombre no respondió.

Estaba asustado.

“Tenemos el testimonio de la niña a la que usted violó –agregó el fiscal–, así que le aconsejo que colabore…”

Una puerta trasera se abrió, interrumpiendo al fiscal.

“El forense va a examinar a la niña” –dijo un ayudante.

El fiscal no dijo nada, sonrió, con esa risa afilada de los verdugos, y miró al acusado.

“Vamos a ver –le dijo–, usted violó a una niña hace más o menos dos horas…”

Don Alfonso abrió los ojos y tragó todo el aire que pudo por su boca reseca. El fiscal mantenía su sonrisa.

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