Tierra Adentro

Las Cuevas de Ayasta y el silencio de la historia

Dibujos simples y complejos retumban entre un ignorado silencio por no caer en la crueldad del olvido, otra joyita de Santa Ana que nos invita a hacer ecoturismo entre el arte, la natutaleza y la historia

13.04.2018

Santa Ana, Francisco Morazán
Una enorme boca se abre entre el imponente cañón que más que tragarse nuestra atención quizá se embute la historia. De un lado se puede apreciar un mundo lleno de luz -buena o mala, no lo sé-; del otro, la oscuridad abre la ronda de misterio y asombro.

Hoy estamos en Las Cuevas de Ayasta y no hemos tenido que viajar muy lejos desde la capital. Entre Santa Ana y San Buenaventura, se esconde un boquete que guarda una de las colecciones de a rte rupestre más significativas de Honduras, pero a la vez tan irrespetadas por la ignorancia que nunca deja de ser atrevida.

Predominan sobre las paredes calizas el antropomorfismo (dibujos de humanoides, intentos sicológicos de plasmar las visiones que guarda el cerebro cuando ven algo por vez primera), lienzos cuyos farallones, peñascos y, sobre todo, abrigos rocosos como grutas, únicos elementos de entonces para contarle a la historia que el humano pasó por aquí.

HISTORIA

Estos grabados tiene origen Lenca, étnia que pobló el Pico de Ayasta y otras zonas cercanas de Santa Ana y el departamento Francisco Morazán.

Hemos llegado a Santa Ana, un delicioso sol nos acompaña junto a los amigos del Instituto Hondureño de Turismo (ITH) que nos guían. Botella con agua en mano comenzamos una caminata agradable -gracias a Dios la trajimos, era necesaria-, un altimetro nos señala que hemos subido ya a unos 1,600 metros sobre el nivel del mar y el sonido del viento es tan melodioso como acariciante. Esta zona es conocida como aldea El Sauce.

Caminamos por los senderos en la zona, nos encontramos con pequeñas corrientes de agua, una vegetación multicolor con algunas hojas aún verdes, otras pasando a colores menos dulces como el naranja y amarillo. Un pichete pasa en veloz carrera compitiendo contra la supervivencia, su instito le dice que seres no habituales están pasando por allí.

Hemos llegado casi una hora después a la cueva de El Chamán. Según la historia, los chamanes eran quiénes vivían en las zonas altas, desde allí dirigían a las tribus de acuerdo a lo que los 'dioses' les mandaban. En El Chamán, como dijimos antes, sobresalen las figuras antropofómicas (seguramente se trate del mismo chamán), pero también zooformas como de lagartijas -¿será por eso que corría el pichete?- y astroformas.

Para mi sorpresa, después de leer un poco y hablar con mi compañero Eduard Rodríguez quien sacó todas las imágenes de este trabajo, el arte rupestre de Honduras se concentra en un gran porcentaje en la periferia de Tegucigalpa. Ayasta, Santa Elena, Santa Rosa y Yaguacire comparten casi los mismos grabados en esas grutas, únicos lienzos disponibles hace miles de años para gritar sin sonido alguno en la historia. Un ruido que sin resonancia deberíamos aprender a escuchar.

Fotos: Recorrido por las Cuevas de Agasta

Sí bien es cierto, el ITH trata de dar a conocer la existencia de estos quiza ancetrales grabados, el Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH) también lucha contra indiferentes ingnorantes que llegan a dañar los dibujos con piedras, cuchillos y pinturas, dejando sus nombres entre las paredes, volviéndose cavernícolas con reloj digital y celular en la mano.

COMO LLEGAR:
Desde Tegucigalpa, trasladarse a Santa Ana, carretera al sur de Francisco Morazán. Una cuadra antes del Centro Cristiano Manantial, virar a la izquierda. De allí, podrá hacer unos 200 metros en carro (o bien caminar de una vez) para comenzar el recorrido de 1.5 kilómetros (aproximadamente) hasta la cueva.