Siempre

José Luis Quesada: la ausencia que se redime en la palabra

Con la muerte del poeta se va cerrando una generación de escritores que se cuenta entre las más lúcidas que el país ha producido

28.09.2019

TEGUCIGALPA, HONDURAS.-Ha muerto el poeta Quesada (Olanchito 1948-2019), más conocido como Pepe Luis, ha muerto de poesía: los grandes poetas mueren con la palabra porque han vivido en la palabra.

Amó la poesía, pero, a su vez, tuvo su diálogo doloroso con ella, su propio Getsemaní verbal: “Poesía comprende aléjate/no me sirves ni para matarme/”, escribió alguna vez. Perturbador reproche en un país donde escribir poesía equivale a cargar la pesadez del mundo. Aquí, fácilmente, las alas de una mariposa pueden cortar el cuello como una guillotina.

Con la muerte del poeta se va cerrando una generación de escritores que se cuenta entre las más lúcidas que el país ha producido, el tiempo pasa y ya damos cuenta de Roberto Castillo, Roberto Sosa, Rigoberto Paredes, Óscar Acosta, José Adán Castelar, Pompeyo del Valle y ahora José Luis Quesada. Ellos conformaron la sensibilidad literaria entre dos siglos, el siglo XX que aún tiene brazas en su horno y el XXI, que vio sus últimos trabajos para dar fe de su magnífica trayectoria y despedirlos con los aplausos de la historia.

Ante la pose arrogante de muchos “poetitas” jóvenes, cuya falta de calidad es un descrédito para la poesía, Quesada nos deja una herencia de poeta profundo, donde el “lector percibe la urdimbre compacta de los versos, un equilibrio en el vaivén del péndulo palpitante del lenguaje” (Hernán Antonio Bermúdez. “De vuelta a casa”).

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Quesada ata sus formas a un material verbal que exhibe la plenitud del ser, es decir, su esperanza y su tragedia. Su poesía denota a un poeta que encontró en la palabra el denso fluir de la vida; en su poesía recurre constantemente al método de la interrogación, su palabra interrogó la existencia: “¿Qué caso tiene ahora lamentarnos,/ malheridos por la nostalgia/ de nuestras mutuas pérdidas/ en el mar del destiempo?” (“El hombre que regresa”, 2015); las respuestas que encontró surgieron de la honda herida del ser: “Me echo a llorar/ por tanto/ desamparo/ el espanto/ me toca,/ lo toco:/ es el espanto”. El ritmo pausado de estos versos va calando visual y auditivamente, es un “algo” que se mueve con la osadía de la angustia, como si un animal siniestro nos acechara listo para el zarpazo final.

Aún con la expresión de esa dolorosa existencia, creyó plenamente en el gesto humano y liberador de la poesía, por eso a manera de una querella sentenciosa dice: “Siento pesar por los que no aman la poesía./ De verdad, ¿no la necesitan?/ ... yo no sé a dónde van los que no la conocen./ Cómo comen su pan cuando está duro,/ cómo limpian sus manos y su frente./ En este tiempo duro, este tiempo de guerra,/ ¿no quieren esta flor, esta hermosa culata de fusil?”. Estos versos van dirigidos a los que mutilan su existencia sin valorar el acto regenerador de la poesía, pero también para aquellos que asesinan la palabra poética a nombre del desenfado expresivo contemporáneo.

No hay duda de que el poeta Quesada acudió, con la certeza de un poeta mayor, al llamado desesperado que en aras de salvar la poesía, hace el poeta John Connolly: “Porque de no ser así/ no se sabe qué haremos con tanto inquisidor suelto/ asesinando a mansalva la poesía”. (“Convocatoria urgente en defensa de la poesía”. John Connolly, 2010),

Su producción poética

El poeta Quesada tiene una producción respetable, incursionó en la poesía desde 1967 cuando fue considerado para integrar una histórica antología del taller literario “La voz convocada”, donde aparece junto a figuras como Nelson Merren, Tulio Galeas y José Adán Castelar; en 1974 publica su primer libro “Porque no espero nunca más volver”; y “Cuaderno de testimonio”, en 1981, con el que ganó el primer premio en un concurso de poesía en la UNAH; “La vida como una guerra”, 1981, ganador del segundo premio del Certamen Latinoamericano de EDUCA, publicado en 1982; en 1985 ganó el Premio Centroamericano de Poesía “Juan Ramón Molina”; en 1987 publica “Sombra del blanco día”; en 1990 sale a luz “La memoria posible”. Después de esa fecha se ausentó por un largo período de las editoriales y no es hasta el año 2015 que reaparece con el libro “El hombre que regresa”, publicado en Costa Rica.

Parafraseando a Castelar, es un poeta que regresa con una voz ganada al mundo; en el año 2016 publica en El Salvador “Crónica del túnel y sus inmediaciones” y, en ese mismo año, publica en Costa Rica el poemario “Mar del destiempo”. Incursionó en el cuento en 1994 con “El falso duende”.

Junto a Hernán Antonio Bermúdez y José López Lazo, ambos críticos literarios, coincidimos que “Sombra del blanco día” es el libro que inmortalizará al poeta Quesada; la dimensión humana, existencial de ese poemario está entre lo mejor de la poesía hondureña, pero, sobre todo, es allí, en esa dolorosa experiencia poética donde el autor muestra todo su instrumental retórico y formal, es allí donde afirma ante la historia su oficio de poeta.

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Las líneas constantes en todos estos libros fueron la soledad, la angustia, el desamparo, el amor y el desamor, el tiempo, la idea del viaje hacia un más allá que “está en otro cielo”; pero como señala Helen Umaña, su poética está cruzada por el tema de la muerte como una obsesión; en el poema “Lista de peticiones”, después de una larga lista de solicitudes hechas a la poesía, dice lo siguiente: “Quiero pedirle perdón a mi mejor amigo/ ¡en serio!/ de lo contrario/ el poeta Quesada/ Pepe Luis/ se quiere dar el lujo de morir”; pero es en el poema “Aviso contra la muerte” donde casi de manera autobiográfica habla de ella con un desparpajo amargo: “Tras la reja del pecho,/ se pudre el viejo huerto de la vida/ que no quisimos habitar./ Más allá de los huesos/ y la piel que revienta/ como un tambor podrido,/ la muerte anda buscando un corazón/ (el tuyo, el mío, el de una multitud)/ para destruir la vida eternamente”.

Hemos visto la caída de la carne en la muerte de Pepe Luis Quesada, pero la muerte no pudo con su palabra, con su poesía, porque esta siempre se instaló en el corazón de la vida.