Crímenes

Grandes Crímenes: El que mal anda… (parte I)

A diario se ven muchachos asesinados, hombres y mujeres que se suponía que tenían un futuro prometedor

14.07.2019

TEGUCIGALPA, HONDURAS.-

(Primera parte)

Este relato narra un caso real.

Se han cambiado los nombres.

Una mañana, muy temprano, un hombre llamó al número de emergencias 911 y dijo que en la carretera a la aldea El Tablón, cerca de la Unitec, estaba un cadáver tirado, con las manos amarradas hacia atrás.

Después de que el operador le hizo una serie de preguntas, el hombre se molestó, y dijo: “Mire, muchacha, lo que yo hago es avisar... Lo demás es asunto de ustedes”.

Unos momentos después, llegó una segunda llamada, y a esta siguieron muchas más.

“Hay un cadáver en la carretera al Tablón...” –dijo otro.

Era el cuerpo de un muchacho, no mayor de diecinueve años. No era muy alto, de piel trigueña, fornido y de pelo corto. Estaba de lado, apoyada la espalda en el bordillo de la calle, y su rostro, o lo que quedaba de su rostro, estaba frente al pavimento.

Eran las seis de la mañana, había salido el sol, aunque había nubes en el cielo, nubes negras que amenazaban tormenta, y soplaba un viento fuerte y helado.

Los curiosos, que iban multiplicándose conforme pasaba el tiempo, estaban horrorizados. Aunque en otras ocasiones se habían encontrado cadáveres en aquella zona, ninguno como este.

“Era un muchacho” –decía una mujer, viéndolo con ojos asustados.

“Le dieron una muerte horrible” –comentó alguien cerca de ella.

“¿Cuándo se terminará esto en Honduras?” –preguntó alguien, suspirando.

“Cuando vuelva el Señor Jesucristo” –le respondió un hombre maduro, vestido sobriamente y que llevaba una Biblia en una mano–. “Esto es producto de la maldad –siguió diciendo–, y la maldad nace en el corazón del hombre... y a este solo Dios puede cambiarlo”.

“Pero se hacen campañas religiosas para rogar por la paz de Honduras –intervino una mujer ya entrada en años–, y parece que Dios no escucha...”

“Jesucristo dijo que en los últimos tiempos los hombres serían perversos –le respondió el hombre de la Biblia–, amadores de sí mismos, avariciosos, sin amor natural, crueles... Y esto que estamos viendo es una prueba de que lo que dijo el Señor se está cumpliendo... Y de nada sirven campañas, oraciones, ayunos, vigilias... Lo que dijo Jesucristo se cumplirá...”

En aquel momento llegaron dos patrullas motorizadas y Jorge Quan, que escuchaba aquella conversación, le pidió a su camarógrafo que hiciera las últimas tomas.

“Mire Carmilla –me dijo don Jorge–, yo he visto de todo en esta profesión del periodismo, pero nunca había visto tanta crueldad en un asesinato... Aquel muchacho, porque era un muchacho, estaba destrozado; lo torturaron antes de matarlo y, en mi opinión, los asesinos lo odiaban porque solo el odio puede explicar tanta saña...”

Hace a un lado el plato y retoma el expediente que habíamos estado viendo. Le da vuelta a unas páginas, y me muestra unas fotografías realmente impresionantes, por lo sanguinarias y grotescas.

“Mire” –me dijo, recuperando su comida.

Grotesco

Describir al pie de la letra lo que mostraban las fotografías no sería agradable, sin embargo, algo hemos de decir.

Era aquel un muchacho, como ya está dicho, no mayor de diecinueve años. Aunque había sangre bajo su cuerpo, estaba claro de que no lo habían asesinado allí, y, a juzgar por las heridas y golpes, debieron torturarlo por largo tiempo. Y, como había dicho don Jorge, sus asesinos lo odiaban.

Lo que más asustaba a los curiosos era lo que había en su rostro, una mancha, o, mejor dicho, una costra de sangre seca que parecía una máscara. Pero en esta, lo que más destacaba eran dos agujeros grandes y oscuros.

“Le sacaron los ojos” –gritó una señora.

“Y mírele la boca –dijo otra que la acompañaba–, le quebraron los dientes y le arrancaron la lengua”

“Y le quebraron la quijada...”

“¿Y qué es eso que tiene en el pescuezo?”

“Para mí que es una cabuya...”

“Una cabuya no, señora –intervino un hombre gordo, alto y calvo–, es un lazo, y atrás, en la nuca, tiene un pedazo de palo, a lo mejor es un pedazo de escoba... Se nota que cuando se cansaron de torturarlo le pusieron un torniquete y lo estrangularon…”

El hombre, tal vez a causa de una deficiencia pulmonar, se cansó con solo decir aquellas palabras, y calló para agarrar aire.

“¡Pobre! –dijo una anciana–. ¡Qué final más feo el de los jóvenes! ¡Estos son tiempos horribles!”

“Y la Policía no hace nada!” –replicó, cerca de ella, una mujer flaca y alta, con ojos saltones y pelo negro en las raíces y rubio en las puntas.

“No diga eso, mija –le contestó la anciana, con voz dulce, como si se dirigiera a su propia hija–; la Policía sí trabaja... Mire, mi esposo fue policía, en aquellos tiempos de la Fusep, y tengo un hijo y un nieto que son oficiales, y yo soy testigo de lo que pasan en su trabajo... Lo que pasa es que la maldad del hombre supera hasta al mismo poder de Dios...”

La mujer flaca, con sus ojos saltones, le dedicó una horrible mirada a la viejita, y dio media vuelta para alejarse de ella.

“Poco faltó para que la escupiera” –dice don Jorge, riendo.

Las fotos pasan una a una ante mis ojos, y, por supuesto, no dejo de impresionarme.

Le cortaron siete dedos de las manos con alicates, y a los tres restantes les arrancaron las uñas, seguramente con tenazas; una de las manos estaba deshecha a martillazos, porque se veían los círculos que había dejado el martillo sobre la piel, y el brazo derecho estaba fracturado en tres partes, mientras que el izquierdo tenía quemaduras y cortes profundos que parecían haber sangrado mucho.

En su pecho, cubierto con una camiseta Náutica, se notaba una gran mancha de sangre, y por un costado asomaba la punta de dos costillas astilladas. Más abajo, las piernas estaban hinchadas, como si las hubieran golpeado con objetos pesados por largo tiempo, y los pies, cubiertos con calcetines sucios y manchados de sangre, no tenían un hueso sano.

“¿Por qué matar a este muchacho de ésta forma?” –le pregunté a don Jorge.

“Mire, Carmilla –me respondió él–, solo los que hicieron esto lo saben... sin embargo, el oficial de la DPI que llegó al reconocimiento del cadáver dijo que este tipo de muertes se deben a ajustes de cuentas, a venganzas bien planificadas y esperadas por mucho tiempo... Como ve en las fotos, el muerto, o sea, la víctima, tenía tatuajes, y, según la Policía, cada tatuaje tiene un significado... Algunos son de Estados Unidos, y, según lo que me dijo el oficial, parece que son recientes y, como usted puede comprobar, se ve que están mejor hechos que los otros...”

“¿Quién era la víctima?”

“Se llamaba Jorge”

“Como usted”

“Así es”

Don Jorge limpió el plato con el último pedazo de tortilla y, con evidente hambre, se lo llevó a la boca. Luego, vació su refresco y pidió café.

“Es triste que los jóvenes estén muriendo así –dijo, después, reprimiendo un eructo–; a diario se ven muchachos asesinados, hombres y mujeres que se suponía que tenían un futuro prometedor... Pero el delito no paga, Carmilla, y la mayoría de estas personas se mete a delinquir, no solo porque en Honduras hay pocas oportunidades para la juventud, sino también porque les gusta el dinero fácil, la ropa de marca, los tenis finos, los celulares último modelo... y eso, con un trabajo decente, no se consigue tan fácil...”

“Eso sí”

“Y, este muchacho, ¿a qué se dedicaba?”

Don Jorge suspiró.

“Esta es una historia triste –me dijo–, y horrible al mismo tiempo... Y, lo peor de todo, es que es muy común, está pasando a diario en muchas familias que, más tarde o más temprano, van a tener un cadáver en su casa y van a sacar un ataúd por la puerta...”

Calló de pronto, había tristeza en sus ojos y sus últimas palabras sonaron apagadas, como si lo agobiara de pronto un grave pesar.

“Es duro ver morir así a los muchachos –dijo, después de una pausa–. Es triste”.

Yo guardé silencio.

Había humedad en los ojos de don Jorge Quan. Aun así, y quizá para desviar mi atención, pidió otra taza de café y un segundo pedazo de pastel de piña.

Medicina forense

A eso de las siete y media de la mañana llegó a la escena del crimen la “muertera”, como le dicen al vehículo en que los empleados de Medicina Forense llevan a la morgue los cadáveres.

El cuerpo seguía en el suelo y en la misma posición. Los técnicos de inspecciones oculares de la DPI buscaban evidencias y varios policías chateaban y tomaban fotos con sus celulares. Dos motorizadas de la Policía Militar estaban estacionadas a un lado de la calle y los camarógrafos y los periodistas transmitían sus notas en vivo. Don Jorge Quan había sido el primero.

“Un crimen horrible, don Eduardo –decía Nelson Sorto, de HCH–; siguen las muertes de jóvenes y parece que esto es la de nunca acabar”.

“Nelson, a ese muchacho parece que le sacaron los ojos” –respondió Eduardo Maldonado.

“Así es, don Eduardo, y le arrancaron la lengua...”

“¡Pucha!, ¿cuánta maldad puede caber en la mente de un ser humano, Carolina?”

“Parece que mucha, don Eduardo”.

“Y yo creo que así es –dice don Jorge–; a diario se ve esto, y la maldad del hombre se multiplica...”

Termina de beber su quinta taza de café y, con un movimiento rápido, llama de nuevo al mesero, porque aún no está saciada su sed de cafeína.

“Yo le pedí a mi camarógrafo que grabara a la ‘muertera’ –agrega–, pero sin saber lo que iba a pasar...”

Endulza el café y lo prueba.

“Se bajaron del carro tres hombres –sigue diciendo–, y uno de ellos, un señor de unos cuarenta y cinco años, fue el primero en abrirse paso hacia el cadáver, pero no pudo avanzar mucho, ni siquiera cinco pasos, digo yo...”

Toma otro sorbo de café.

“Saqué estas imágenes del video” –me dice, mostrándome otras fotografías, en las que se ve a un hombre asustado.

Es este un hombre alto, rollizo, de cara redonda y pelo negro, con algunas canas.

Se bajó del vehículo de Medicina Forense y caminó hacia el cadáver, como había hecho muchas veces más, ya que trabajaba con el Ministerio Público desde que se graduó de enfermero auxiliar, hacía un par de décadas, y a don Jorge le extrañó aquella actitud.

Se había detenido de pronto, sus ojos, extremadamente abiertos, al igual que su boca, estaban fijos en el rostro ensangrentado del muerto, y parecía haberse petrificado.

En un momento, se desvaneció, le fallaron las piernas y perdió el conocimiento. Cuando cayó al suelo, el golpe que se dio en un hombro y en la cabeza, se escuchó sobre el bullicio que dominaba la calle.

“Se le bajó la presión a don Luis –gritó uno de sus compañeros–; ayúdenme para llevarlo al Seguro”.

Lo levantaron del suelo, lo subieron a una patrulla, y lo sacaron de allí.

“Pero no era la presión la que se le había bajado –explica don Jorge–; su desmayo se debía a algo más, algo más triste, más horrible...”

Continuará la próxima semana...