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La aguja de un tatuador hondureño llena de tinta a España

Edgar Stevz se ha convertido en el tatuador estrella de la comunidad catracha en la capital española. Su talento con la aguja convierte una piel en una obra de arte

28.07.2018

MADRID, ESPAÑA

Edgar Stevz se toma cada diseño como un sello personal. Frente a sus ojos se extiende el próximo lienzo: la parte exterior del muslo de una hondureña, una piel morena e hidratada, virgen de cualquier tinta. Lista para llenarla de finos bordes y colores.

Edgar prepara las herramientas de trabajo. La aguja en la máquina. Tinta, negra y de colores. Linterna en la cabeza. Rocía la piel de desinfectante. El zumbido ininterrumpido de la máquina para tatuar provoca ansiedad mientras el cliente espera el primer contacto de la máquina con la piel, porque cuida el mínimo detalle de la fase previa al trabajo.

Domingo, 4:00 de la tarde, en uno de los barrios latinos de Madrid. Hora de trabajo para Edgar. Porque su fama de tatuador se ha extendido entre la comunidad de hondureños en la capital española de tal manera que su horario de trabajo es el que los
clientes demandan.

Nacido en San Pedro Sula y criado en Choloma, el hondureño cuenta a EL HERALDO que llegó a España hace casi cinco años (29 de mayo de 2013, lo recuerda bien) tras enfrentar problemas de inseguridad. Se despojó del patrimonio hecho de su tierra y a cambio se trajo las habilidades que desarrolló como tatuador.

Edgar muestra al cliente la aguja recién salida de su paquete como garantía de sanidad.

Edgar muestra al cliente la aguja recién salida de su paquete como garantía de sanidad.

Tatuador hecho a la antigua

Edgar se considera un tatuador hecho a la antigua. Por curiosidad, pasión y necesidad. El primer tatuaje de su catálogo lo hizo sobre sí mismo a los 13 años con una aguja, un alfiler y un bote de tinta china. Eran unos puntitos en la piel. Lo suficiente para escandalizar a su padre, quien además de los regaños le repetía con saciedad: “El que mancha pared y mesa, da a conocer su bajeza”.

Los años corrieron y la vida de Edgar transcurrió a través de caminos que poco se acercan a su vida de hoy a los 33 años como artista del tatuaje: A los 16 se enlistó en la Fuerza Naval de Honduras, después se graduó de la Universidad Privada de San Pedro Sula como ingeniero industrial e incluso trabajó como jefe regional de operaciones de una famosa empresa distribuidora de bebidas.

Sin embargo, nunca abandonó esa afinidad por marcar pieles. En el ejército “uno mismo se hacía los tatuajes”. Matricularse en la universidad fue empujón de su papá, porque “siempre creyó que era bueno para las matemáticas”, aunque era mejor calculando figuras y formas en la epidermis. Y en el trabajo lo conocían como el “ingeniero manchas”.

Llevó la afición de tatuar a una ocupación seria cuando estaba por nacer su primera hija. Y tatuó cada piel que se posó frente a sus ojos hasta hacer de la aguja una prolongación de su mano, y de la tinta una marca de su talento. El éxito vino cuando se hizo de un nombre en el mundillo de los tatuadores en Honduras, pero acabó cuando los pandilleros intentaron extorsionarlo.

Y por eso Edgar no es su nombre verdadero, sino el que usa desde que aterrizó en España y se acogió a la figura de asilado político, huyendo de la amenaza de los mareros por negarse a ceder a su absurdo cobro. Dice que en España trabajó dos semanas en la construcción y después ya estaba promocionándose como tatuador.

Un colchonero tatuando el escudo blanco

Renunció a su corazón colchonero para realizar este escudo del Real Madrid en la pantorilla de un español.

Renunció a su corazón colchonero para realizar este escudo del Real Madrid en la pantorilla de un español.

El estudio de Edgar está en su habitación. Pero nadie le puede reprochar que no toma su trabajo en serio. Cuando desdobla la camilla y se acuesta el cliente, Edgar emula los preparativos de un cirujano. Procura que la piel a pintar quede desinfectada, ambas manos ataviadas con guantes negros de látex, mascarilla para evitar que se escurra el sudor, linterna en la cabeza y otro bombillo enfocando el cuerpo del cliente. Aguja nueva -como dicta el código sanitario- dentro de la bobina y tintas estadounidenses, porque considera que tienen la mejor calidad.

Y las explicaciones las hace sencillas. La piel tiene tres capas, dice mientras alza su mano izquierda y muestra el mismo número de dedos. La tinta se incrusta en la segunda capa, precisa Edgar mientras superpone la varilla sobre su mano en el segundo dedo. Y el motor de la pistola para tatuar es el que empuja a la aguja dentro de la piel.

Cuando la máquina vibra y la tinta toca la piel, la imagen callada que tendría un cirujano se pierde entre la voz de un cómico y comentarista. Habla de todo en la sesión. Sus temas preferidos: el rock -y por añadidura contra el reguetón-, fútbol, política, los buenos diseños, un tatuador en Honduras que quiere adueñarse de su marca y cualquier asunto que mantenga distraído al cliente. Lo hace para tranquilizarlo, bajar la ansiedad y evitar que se duerma. Ya ha ocurrido.

En un tatuaje sencillo invierte no más de una hora, pero en uno complejo se necesitan quizá dos sesiones de cuatro horas cada una. El principal temor de los iniciados es el dolor. Aunque Edgar asegura que no lastima como piensan los demás. “Yo siento rico”, dice la clienta de esa sesión que cubre su pierna con un ramillete de rosas. Edgar ríe, porque generalmente quienes más se quejan son los hombres.

En España, al menos no batalla contra la estigmatización del “tattoo” reinante en Honduras. “Si te miran con un tatuaje ya piensen que sos un delincuente o estás algo malo”. Y carga duro contra los estereotipos: “Si vas por un empleo, te preguntan si tienes un tatuaje. Como si el tatuaje hiciera el trabajo”.

El siguiente paso para Edgar es montar el estudio, pero puede presumir de una cartera consolidada de clientes. Lo buscan principalmente hondureños, pero en su camilla han desfilado colombianos, ecuatorianos y hasta españoles. De varias partes. La chica de esta sesión venía desde Murcia, al sur de España. En un buen ritmo de trabajo, el tatuador recibe unas 30 personas en
dos semanas.

Edgar termina, tras hora y media de trabajo, y coge el Anuario de Tatuadores de España de la edición 2018. “Mi meta es aparecer aquí”. La revista muestra a los mejores, una buena parte decantados por el hiperrealismo de los diseños. La técnica de Edgar es la fusión de dibujos con efecto de sombras y colores, semirrealista.

Y lo principal que buscan las clientes femeninas son rosas, corazones, atrapasueños y nombres. Los hombres van por tribales, figuras geométricas y animales. ¿Su mejor tatuaje? Él, amante del Atlético de Madrid, le dibujó un imponente escudo del archirrival Real Madrid a un español. Punto para su catálogo, punzada para su corazón colchonero.

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