Revistas

El último viaje

27.12.2014

Serie 2/2

Este relato narra un caso real.

Se han cambiado los nombres.

RESUMEN. El empleado de un motel reconoce a un cliente al leer el diario La Prensa. Este cliente es un muchacho que apareció muerto cerca del desvío de La Barca, en la carretera a Santa Rita, Yoro. Los agentes de homicidios de la DNIC comprueban que fue estrangulado después de tener relaciones con alguien, probablemente su asesino. Algunos detalles en la escena del crimen llevan a los agentes a formular esta hipótesis. Pero algo entusiasma a los detectives, algo que podría servirles para resolver el caso…

EL MOTEL. El empleado seguía viendo la foto, pero ahora dudaba, dobló el periódico, lo puso sobre un escritorio, y se sentó.

“¿Qué te pasa?” –le preguntó el guardia.

Él no contestó.

“¿A quien más viste con el muerto?”

“¡A nadie! ¡A nadie!”

El guardia se puso de pie y salió de la oficina.

Lea: El último viaje, serie 1/1

LA DNIC. En la autopsia se confirmaron algunas de las teorías del detective de homicidios. El muchacho fue estrangulado, tenía la tráquea fracturada, fluido sanguinolento en las fosas nasales y en la boca, la lengua desplazada hacia adelante, casi saliendo entre los dientes, espuma abundante en la laringe, la tráquea y los bronquios, sangre en las células conjuntivas, dislocadas las cervicales y rota la túnica de la carótida. Las marcas de dedos en el cuello eran claras y el médico aseguró que tardó algún tiempo en morir.

“Era un hombre joven y fuerte –comentó el detective de homicidios–, y se defendió, aunque creo que lo atacaron cuando estaba desprevenido, dormido, tal vez, después de tener sexo con su asesino…”

La sangre y los restos de piel en las uñas confirmaban esta opinión. El muchacho se había defendido, o al menos trató de defenderse.

“Creo que le hundió las uñas con fuerza en los brazos al asesino –dijo el detective–; esto va a servirnos de mucho para resolver el caso… ¿Tenemos el número de teléfono de la víctima?”

“Sí, ya lo conseguimos… Los familiares van a retirar el cuerpo…”

“Entonces sabemos a qué se dedicaba la víctima…”

“Era masajista profesional… Se anunciaba por Internet y recibía muchas llamadas, aunque dicen que seleccionaba a sus clientes…”

“¿Homosexual?”

“Algo…”

“¿Cómo así?”

“Era metrosexual…, y atendía a señores…”

“¿Por qué lo decís de esa forma?”

“Estos son casos polémicos, y no me gusta hablar mucho de las víctimas… Es más, no me siento cómodo trabajando en casos como este… Las organizaciones…”

“Entiendo…, pero trabajo es trabajo… ¿Qué más tenemos?”

“Me adelanté al fiscal y conseguí algunos números…”

“¿Qué tenemos?”

“Estos nombres…”

El detective leyó despacio la lista. Cuando se detuvo en un nombre, abrió la boca sorprendido, miró a su compañero con ojos bien abiertos, y leyó el nombre de nuevo.

“Una, dos, tres, cuatro….”

Había silencio a su alrededor. Un ventilador lanzaba sobre su espalda el aire caliente de San Pedro Sula y su propia respiración podía oírse…

“Treinta y tres llamadas en… A ver… ¡En seis días!”

“¿Y las llamadas hechas?”

“Diecinueve” –dijo el detective, después de contar más despacio–. Parece que eran buenos amigos…”

“Más que eso, me parece a mí…”

“¿Qué sabemos de este hombre?”

“Por ahorita, nada más de lo que ya tenemos”.

“Bueno…”

Siguió a esto un momento de silencio. El detective pensaba. Ahora parecía ansioso, indeciso, y el color de su rostro iba desapareciendo conforme rebotaba en su mente aquel nombre…

LA CONSULTA. “¿Qué hacemos?”

“Vos sabés…”

“¿Le avisamos al fiscal?”

“No sé… Mejor hay que hablar primero con el jefe…”

“No sé…”

“¿Entonces?”

El detective esperó unos segundos antes de responder.

“¿Y si nos equivocamos?”

“Todo es posible…”

“¿Pero?”

“Bueno, el asesino es un hombre fuerte, y este hombre es fuerte… ¿Ves esta foto? Mirale las manos… Ha hecho física toda su vida… No le fue difícil matar al muchacho… Lo atacó cuando estaba desprevenido, o dormido, le apretó el cuello con fuerza, tal vez lo inmovilizó con su propio cuerpo y le apretó el cuello hasta matarlo… Después lo vistió, lo subió al carro y lo fue a dejar a la carretera…”

“Sí, es posible que así pasaran las cosas… Pero, ¿y si planchamos?”

“Eso es cosa que ya vamos a averiguar…”

“¿Cómo?”

“Voy a ir a visitar al caballero…”

“¿Qué pensás hacer?”

“Solo verlo, ver qué tipo de carro anda, algo que sirva…”

“Está bueno eso… Hagamos eso antes de hablar con el jefe, y antes de decirle al fiscal… Este es un toro pesado”.

Dijo esto y cerró la pantalla de la computadora en la que aparecía el hombre del que estaban hablando.

Lea: El último viaje, serie 1/1

LA VISITA. La motocicleta salió de “La Ballena”, cruzó la ciudad, salió a Chamelecón y siguió la carretera a occidente. A la orilla izquierda, el río avanzaba despacio, con sus aguas oscuras, y más allá, la vegetación verde y exuberante. Sobre las montañas, el cielo azul en el que daba vueltas en círculos algunos zopilotes. El viaje duró cuarenta y cinco minutos. Al regreso, la motocicleta se detuvo en la entrada a Cofradía, el hombre se quitó el casco e hizo una llamada.

“Camioneta Hyundai Tucson, del año y sin placas, polarizada”.

“¿Lo viste a él?”

“Sí…”

“Te fijaste en los brazos…”

“Sí…”

“¿Y?”

“Anda mercurio o yodo… ¡Sepa Judas qué es! Pero lo vi de lejos… Te llevo un video… Tal vez se ve bien…”

“¡Excelente!”

EL AMIGO. A eso de las seis de la tarde, el caso del muchacho estrangulado iba tomando forma. Tenían un sospechoso, pero faltaba ubicarlo en la escena.

“¿Está seguro de lo que nos está diciendo?”

El detective repetía esta pregunta con fuerza. El muchacho, nervioso, estrujándose los dedos de las manos y mirándolo con temor y con lágrimas que apenas podía reprimir, contestaba moviendo la cabeza hacia adelante.

“¿Seguro?”

Nuevo movimiento de cabeza.

Era un muchacho, de unos diecinueve años, alto y delgado, piel clara, pelo brillante y bajo, ojos claros y labios gruesos y rosados; llevaba las cejas delgadas y negras, vestía una camiseta negra que se pegaba a su cuerpo y un pantalón de tela, igual de estrecho, calzaba zapatos negros, deportivos y llevaba en las muñecas varias pulseras del mismo color.

“Se conocen… Bueno, se conocían desde hacía tiempo… Eran… Eran…”

“¿Amigos?”

El muchacho negó con la cabeza y se limpió una lágrima con el dorso de una mano pálida y delgada, de dedos largos y uñas bien cuidadas…

“¿No?” –le preguntó el detective.

“No” –respondió él.

“Eran… ¿novios?”•

El muchacho movió la cabeza hacia adelante…

“Bien…”

“¿Está seguros que él lo mató?”

“No…, pero estamos investigando… ¿Cómo se llevaban entre ellos? ¿Sabe algo de eso?”

“Se llevaban bien… Se veían los fines de semana, él le daba dinero y se querían… Eran el uno para el otro…”

“¿Salió usted alguna vez con ellos?”

“Muchas veces.”

“¿Tomaban? ¿Bailaban?”

“No, tomar no. Y no se veían en lugares públicos… Usted entiende por qué… Pero Jairo estaba enamorado…”

La voz se le quebró y lloró dolorosamente.

“¿Tendría él alguna razón para matarlo?”

Esta pregunta llegó varios segundos después.

“¡Ay, no sé! ¡No sé!”

Agitó las manos en el aire, sacudió la cabeza y se limpió las lágrimas pasando las puntas de los índices debajo de los párpados.

“¿Me puedo ir?”

“Sí. Gracias”.

LA DENUNCIA. A la mañana siguiente, el detective encontró un sobre encima de su escritorio. Al abrirlo encontró la copia de una denuncia. Una mujer llamada Yamileth denunciaba a su esposo por violencia doméstica. Dijo que desde hacía mucho tiempo se portaba violento con ella pero que ahora la empujó y que ella se defendió, le pegó en la cara y le aruñó los brazos, luego salió corriendo de la casa, se subió a su carro y fue a poner la denuncia. No quiere que lo detengan pero sí que lo alejan de su casa, hasta que se componga y se reconcilien.

El detective sonrió, tomó un sorbo de café y dijo:

“Buena coartada… El cadáver lo encontramos a la una de la mañana, la denuncia de violencia doméstica fue hecha a las seis y minutos… La mujer tenía un golpe en un pómulo, una uña quebrada y restos de sangre entre las uñas… Buena esposa… Buena esposa…!

“¿Sabés quién es ella?” –le dijo el fiscal.

“Sí, claro”.

“Bueno, pues ya sabemos a quienes nos enfrentaremos… ¿Hablaste con tu jefe?”

“Todavía no. Está en Tegus…”

“Bueno, con lo que tenemos no podemos acusarlo…, todavía no”.

“Pero vamos en camino…”

“¿Qué más tenemos?”

“Voy a hablarle a Gonzalo Sánchez para que nos ayude a hacer un perfil geográfico… Vamos a ubicar el lugar del crimen a partir de la escena…”

LA LLAMADA. El teléfono celular del detective sonó varias veces.

“Aló”.

“Te buscan”.

“¿Quién?”

“Ya vas a ver… ¿Dónde estás?”

“En la oficina…”

“Bueno, si a eso se le puede llamara oficina… Con los millones del tasón de seguridad y ya solo nos falta trabajar sentados en piedras y debajo de un árbol…”

“Eso se llama sedición, insubordinación…”

“¡Jodás! Eso se llama malversación, corrupción… Dame un minuto”.

El hombre que se acercó al detective vestía la camisa de una empresa de seguridad, llevaba una gorra en las manos y tenía los ojos rojos por la falta de sueño.

“Te buscan” –dijo el detective, de nuevo.

“¿Quién es él?”

“Alguien que te quiere ayudar a resolver un caso”.

“A ver… Pase adelante… Siéntese… ¿En qué le puedo servir?”

El hombre se sentó despacio, carraspeó para aclarar la voz y empezó a hablar. Habló por varios minutos y empezó a responder preguntas. Una hora después se puso de pie.

“Vamos” –dijo el detective.

“¿Adónde? –le preguntó su compañero.

“A visitar a alguien a Villanueva”.

“Ok. ¿Qué llevamos?”

“Esto.”

“¿Qué es eso?”

“Fotos…”

“¿Fotos?”

Se refería a un fólder en el que había ordenado varias fotografías.

EL EMPLEADO. “¿Vio a este muchacho en el motel hace cinco noches?”

“Sí. ¿Quién les dijo?”

“Eso no importa. Mejor díganos, ¿por qué no llamó a la Policía?”

“Es que tengo miedo…”

“¿Por qué?”

El hombre no respondió.

“¿Por este hombre?”

Le preguntó eso y el contestó con un sí apagado. A su alrededor, dos niños jugaban en la tierra, un perro le ladraba a un caballo que pasaba y dos cerdos se revolcaban en un charco debajo de un árbol. Del techo de tejas y zinc de la cocina salían columnas de humo espeso y el ambiente estaba lleno de un suave olor a tortillas recién hechas y a café…

“¿Por este hombre tuvo miedo?”

“Sí “-contestó él.

“Ya no se preocupe… ¿Vio a este hombre con el muchacho en el motel?”

“Sí…”

“A ver, cuénteme…”

“Yo vine a cobrar el alquiler de la habitación, la ventanita estaba abierta, ellos se estaban besando y se iban desnudando… Los vi bien…”

“¿Reconoce este carro?”

“Sí, en ese carro entraron esa noche… Yo estaba en la puerta de la oficina, anotando las placas, pero este no tenía placas…”

“¿Tiene el libro…?

“Sí… Está en la oficina…”

“Bien… ¿Qué más vio?”

“Solo eso…”

“Y, ¿está seguro que es él?”

“Sí… Es él…”

EL SOSPECHOSO. “¿Quién me busca?”

“De la DNIC, señor”.

“¿Para qué?”

“No me dijeron, señor”.

“Que pasen”.

Lea: El último viaje, serie 1/1

Mire, Carmilla, dice el detective, yo estaba seguro que no nos atendería, que se iba a negar a recibirnos. Pero nos atendió. Todavía tenía las heridas en los brazos, se notaban las marcas de uñas…

“¿Qué desean? Tengo poco tiempo.”

“Habla con nosotros o habla con el fiscal… ¿Qué opina?”

El hombre se quedó mudo por un momento.

“¿Conoce a este hombre?”

El detective le puso una fotografía ampliada sobre el escritorio.

“Antes de que nos mienta –le dijo el detective–, vea esto”.

Le puso una copia del vaciado telefónico.

“Este es su número de celular –agregó el detective, señalando un número en la hoja de papel–, y este es el de la víctima. Puede contar las llamadas hechas y las llamadas recibidas seis días antes del crimen… Y usted sabe a qué crimen me refiero…”

El hombre se puso blanco.

“La denuncia de su esposa en la DNIC de violencia doméstica no es una buena coartada… No, señor”.

El hombre no dijo nada.

En ese momento sonó el celular del detective.

“¿Está seguro, abogado?”

“Seguro”.

“Y… ¿a usted lo trasladan también?”

“Sí…”

El detective se puso de pie, miró al hombre que estaba sentado detrás del escritorio, recogió el fólder, dio media vuelta y salió de la oficina, seguido por sus dos compañeros.

Hasta hoy, el caso del muchacho estrangulado sigue en el misterio…

“¿Me va a decir quien es el sospechoso?”

El detective suspira, sonríe y me mira con tristeza, pero más con decepción y cólera.

“¡Ay, Carmilla! Fue un hombre poderoso en el golpe de Estado, y en esos días no podíamos meternos con cierta gente… Hoy se lo cuento para que la gente vea hasta dónde llega el poder de algunas personas… Y cómo le doblan el brazo a la justicia… ¡A esta siniestra justicia que tenemos!”.

Lea: El último viaje, serie 1/1