Crímenes

Selección de Grandes Crímenes: La Navidad de los mil muertos parte II

Cuatro terroristas entrenados para asesinar sin piedad y un hombre obligado a salvar la vida de mil inocentes

24.11.2018

Este relato narra un caso real.
Se han cambiado algunos nombres.

La madrugada del 24 de diciembre de 1990, en el Cuartel de Inteligencia Militar G-2, se recibe la información de que unos terroristas han puesto bombas en varios supermercados de Tegucigalpa y que se trata de miembros del Movimiento Popular de Liberación Cinchoneros y del Frente Morazanista de Liberación Nacional, asesorados por guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, de El Salvador. Billy Fernando Joya, Jefe del escuadrón Antibombas del Batallón 3-16, recibe la orden de detectar las bombas y desactivarlas, y de encontrar a los asesinos.

Estos están seguros de que al estallar las bombas matarán al menos a mil personas, entre mujeres, ancianos y niños, ya que explotarán mientras la gente hace las compras de Navidad en los supermercados. Billy Joya emprende una carrera contra el tiempo, y contra la muerte.

Jueces
“Vamos a interrogar al detenido –dijo el juez de letras de lo penal, Jesús Martínez Suazo–; ese tiene que decir dónde están sus cómplices y donde pusieron más bombas”.

“Creo que perderá su tiempo, abogado –replicó Billy Joya–; esa gente está entrenada para morir si es necesario, pero jamás van a delatar a sus compañeros”.

“Si es así –respondió el juez–, entonces hay que darse prisa para encontrar las otras bombas y ver si se puede capturar a los otros terroristas”.

“Los equipos están en camino, señor –dijo el teniente–, y ya hemos dado aviso a los administradores de los supermercados para que no permitan que se acerquen los compradores”.

“Bueno –suspiró Gonzalo Sánchez, juez de paz de Tegucigalpa–, al menos se va a evitar una masacre”.

“Ese es nuestro trabajo, abogado… –dijo Billy Joya–; ahora solo queda encontrar las bombas y desactivarlas…”.

“Pero ustedes están en riesgo; las bombas pueden explotar mientras las desactivan”.

“Sí, eso también es nuestro trabajo –contestó Billy Joya–; pero tenemos que desactivarlas o matarán a muchas personas. Si morimos en el intento, abogado, moriremos cumpliendo con nuestro deber”.

Gonzalo Sánchez se estremeció. Veintiocho años después, recuerda aquel momento como si lo estuviera viviendo de nuevo. “Me sorprendió la sangre fría de aquellos hombres –dice–; eran como máquinas, hacían su trabajo y no les importaba su propia seguridad”.

“Estamos entrenados para eso, abogado” –concluyó Billy Joya, subiéndose a un Jeep.

Su casa
Era un supermercado grande y bien surtido. En él podía encontrarse de todo y de calidad. Y en esa navidad estaba surtido con lo mejor de Europa y de Estados Unidos. Pero no abriría sus puertas esa mañana, como esperaban miles de compradores.

Billy Joya, con el pelo revuelto debajo de la gorra verde olivo, vestido con la fatiga de combate, una mini Uzi colgando de un hombro, un yatagán en una vaina y una pistola de .9 milímetros en la funda, daba órdenes apresuradas a un grupo de policías que habían cerrado el bulevar Morazán. Eran las cinco y minutos de la mañana.

Sobre el cerro “Cantagallo” asomaba un sol débil, opacado por la niebla espesa que cubría el cielo. Y, poco a poco, la ciudad se despertaba con la alegría de celebrar pronto la nochebuena.

“Nadie entra y nadie sale” –decía Billy Joya, e iba a decir algo más, cuando uno de sus hombres lo interrumpió.

“Mi teniente, agarramos a los terroristas”.

“¿Qué? –exclamó Billy Joya–. ¿Qué me estás diciendo, recluta?”

“Que agarramos a los terroristas, señor –repitió el soldado–; los vigilantes del centro comercial Los Castaños vieron a varios hombres sospechosos, acompañados por dos niños, con mochilas, y cuando les hicieron el alto, quisieron correr. Entonces los amenazaron y se detuvieron”.

“¿Dónde los tienen?”

“Allí, en el centro comercial”.

Los camaradas
Eran tres, jóvenes, de regular estatura, caras de piedra y ojos en los que brillaban el odio y la altanería. Los guardias de Los Castaños los tenían amarrados, y las mochilas que llevaban estaban a un lado, en el suelo helado. Billy Joya se acercó a uno de ellos, lo agarró del cuello de la camisa y lo levantó como quien levanta un muñeco:

“¿Dónde están las otras bombas? –le preguntó, a dos centímetros de su cara.

El muchacho sonrió, con una mueca homicida, y, haciendo un movimiento en el interior de su boca, lanzó un grueso escupitajo al rostro del teniente.

Este lo acercó más a su cara.

“Podés escupirme todo lo que querrás, pero me vas a decir dónde están las bombas… ¡No vas a venir a Honduras a matar gente inocente, asesino maldito!”

La saliva, viscosa y fétida, resbalaba despacio por la nariz de Billy Joya, se detuvo en su boca y él soltó al terrorista.

“Es salvadoreño, abogado –le dijo, entonces, al juez Martínez Suazo, limpiándose la saliva con un pañuelo–, del Farabundo Martí… Y ese otro es su compañero. Este es hondureño, lo conocemos bien porque es activista de un sindicato… Decían que el 3-16 lo había desaparecido, pero nosotros tenemos informes de Inteligencia de que se estaba entrenando en Cuba”.

“Déjenos unos cuantos policías, teniente –respondió Gonzalo Sánchez, interviniendo–, y los vamos a interrogar aquí mismo”.

Billy Joya dio una orden:

“Requisen las mochilas, registren a estos hdp, y llamen al DIN. Tenemos que saber dónde prepararon las bombas”.

Hizo una pausa, se volvió hacia su equipo, y dijo:

“¿Listos?”

“¡Listos, señor!”

La bomba
Ziggy estaba cansada; a su lado estaba Perla y, más allá, sostenido por la correa del guía, y echado cuan largo era, estaba Teddy, como sin ganas de hacer nada, con las patas delanteras estiradas y la lengua de fuera. Pero, a una voz del guía, se levantó de un salto y Ziggy, moviendo la cola, dio un paso hacia adelante, tensando la correa.

En pocos segundos entraron al supermercado.

Góndolas
Los guías, caminando despacio, tocaban las góndolas en varios puntos y, después de ellos, los perros olían. Sin mostrar la menor inquietud, seguían su camino.

El tiempo pasaba lento.

Afuera, Gonzalo Sánchez hablaba con los terroristas.

“¿A qué movimiento pertenecen?”

“Somos Cinchoneros, unidos al Farabundo para liberar a los pueblos oprimidos de Centroamérica”.

“Pero, esto es un acto terrorista… Poner bombas es…”

“¡Es la lucha revolucionaria, maldito esbirro del imperialismo –gritó el detenido, furioso–; somos comandos de la revolución hondureña y no nos importa si mueren mil o diez mil, lo que queremos es la libertad del pueblo!”

“¿Quién les ordenó poner las bombas?” –le preguntó Gonzalo, tranquilo y sereno.

El hombre no dijo nada.

“¿Saben que por esto los pueden condenar a treinta años de cárcel?”

“¿Y qué nos importa? Somos comandos revolucionarios y lo mismo nos da la cárcel que la muerte…”.

En ese momento apareció Billy Joya.

“Abogado, retírense –les dijo a los jueces–; hallamos la segunda bomba… Creemos que es explosivo C-4, una carga suficiente para destrozar el edificio”.

La mirada del guerrillero fue de ira.

“Vamos a llevar a los detenidos al juzgado primero de letras de lo criminal –respondió Gonzalo–; allá los vamos a interrogar”.

“Queremos que nos entreguen al primer detenido” –intervino Jesús Martínez Suazo.

“Está a su disposición, abogado –respondió Billy Joya–; ahora, aléjense, vamos a mover la bomba hasta el estacionamiento y la vamos a desactivar…”

“¿Qué clase de bomba es?” –preguntó Gonzalo.

“Una que mata –gritó un terrorista salvadoreño–; una que mata burgueses para liberar al pueblo de la esclavitud en que lo tiene la oligarquía…”

Calló de pronto; un gemido agudo salió de su pecho y se tambaleó. Un policía acababa de golpearlo en el estómago con la culata de un fusil.

“¡Detenga eso, teniente! –gritó Gonzalo, interponiéndose entre el terrorista y el soldado–. El detenido está bajo nuestra custodia y los golpes y la tortura son un crimen que se paga con la cárcel”.

Billy Joya se puso firme, saludó a Gonzalo llevándose una mano a la frente, y luego, agarrando de la solapa de la guerrera al policía, le dijo:

“¡Un mes de arresto, recluta! Presentáte en los “Cobras” en quince minutos… ¡Sargento!”

“¡Señor!”

“Lleve a este insurrecto y lo mete en un calabozo. ¡Treinta días a pan y agua! ¿Entendido?”

“¡Entendido, señor!”

En ese momento se escuchó una voz que decía:

“Despejen el área… ¡Despejen el área!”

Dos hombres traían una mochila negra. En ella venía la bomba.

Registro
El agente del 3-16 abrió las mochilas que les habían incautado a los terroristas. Adentro habían barras de C-4, alambres de colores verde, rojo y amarillo, cinta adhesiva y varios relojes de muñeca, de pulsera de hule, negra y corrugada.

“Señor –dijo el agente, dirigiéndose a Billy Joya–, estos relojes son iguales a los que tenía la primera bomba…”.

“Excelente –respondió el teniente–; que las vea el juez. Son evidencia”.

“Teniente –intervino Jesús Martínez Suazo, con acento autoritario–, haga que estas pruebas lleguen al laboratorio de Medicina Legal… Quiero un análisis minucioso de la primera bomba y de lo que se ha encontrado aquí”.

“También hay que llevar la ropa de los detenidos, señor” –dijo Billy Joya.

“Bueno; pues, hay que llevarla…”

El teniente dio una orden.

“Vos y vos, denuden a estos asesinos y embalen bien la ropa”.

“¿Qué hacemos con los niños, señor juez?” –preguntó Gonzalo Sánchez.

“Ellos dicen que estos hombres les pagaron para que metieran las mochilas en los supermercados… Sin niños de la calle. Hay que llevarlos al tribunal para que los interroguen más a fondo, pero avisen a los defensores de los Derechos Humanos; no quiero problemas con Ramón Custodio”.

Tres
A eso de las ocho de la mañana, la bomba del supermercado Su Casa había sido desactivada. Unos minutos después, le avisaron por radio a Billy Joya que también habían desactivado la bomba que habían puesto en el supermercado La Colonia.

“Falta una, señor” –le dijo un oficial.

“La del supermercado Todos –respondió Billy Joya–. ¡Todos los equipos al centro! –ordenó por radio–. ¡Ahora! ¡Y que las patrullas despejen las calles de acceso y retiren a los curiosos! ¡Se cierra el centro desde ahora!”

Todos
Las patrullas recorrieron las calles abriéndose paso con el aullido de las sirenas. La caravana provocó la alarma entre la población, y los medios de comunicación anunciaban a los cuatro vientos que los terroristas Cinchoneros planeaban una matanza en Tegucigalpa.

Habían secuestrado aviones y empresarios, atacado al Cuerpo de Paz de los Estados Unidos, se enfrentaron con una columna de soldados gringos en una carretera de Yoro y planificaban una revolución sangrienta contra el gobierno, pero enfrente tenían al Ejército de Honduras, apoyado por el Departamento de Estado de Estados Unidos.

“Será una guerra cruel –decía Fidel Martínez, fundador de los Cinchoneros–, pero, al final, el pueblo vencerá… No importa que muera la mitad de los hondureños; los que vivan, refundarán al país y Honduras tendrá una nueva vida, una vida socialista, libertaria y progresista”.

Y, para lograr esos objetivos, aquellos cuatro hombres, dos hondureños y dos salvadoreños, estaban listos para asesinar a mil inocentes el día de navidad de 1990.

“Mil muertos, o cien mil, es lo mismo… Las revoluciones se escriben con sangre de burgueses! ¡Y si mueren cien niños, es mejor!”

Aquel hombre, movido por su fanática pasión revolucionaria, hablaba hasta por los codos. Pero cuando llegó al juzgado, enmudeció, como una estatua. No dijo nada más.

Ziggy
Eran las 08:45 de la mañana, hacía sol, el frío se colaba por todas partes y un viento fresco azotaba los rostros.

Billy Joya, con el equipo antibombas, caminaba detrás de los perros que, aunque cansados, se dejaban llevar por Ziggy, que parecía ser la lideresa de la manada.

Bajaron la cuesta que llevaba desde Joyería Cantero hasta el Supermercado Todos y, mientras veía su reloj de pulsera, Billy Joya sudaba helado.

“Tenemos poco tiempo –dijo–; la bomba está programada para que estalle a las nueve de la mañana”.

“Si la encontramos rápido, señor, la desactivamos”.

Billy Joya dudó.

A su lado, Gonzalo Sánchez caminaba con un legajo de papeles en una mano y un lápiz en la otra. Tomaba nota de lo que veía.

No tardaron en llegar al supermercado.

“Abogado –le dijo Billy Joya a Gonzalo–; ¿ustedes van a entrar con nosotros?”.

“Esas son mis órdenes, teniente” –respondió Gonzalo.

“Pero, es peligroso… aun para nosotros…”

“Ni modo, teniente –replicó Gonzalo–; también es parte de mi trabajo”.

“Si la bomba estalla, abogado, moriremos todos –insistió Billy Joya–, pero usted, en su condición de juez, es la máxima autoridad en esta operación y no puedo oponerme a que esté aquí”.

“Entonces, teniente –dijo Gonzalo Sánchez–, no pierda más el tiempo”.

Billy Joya dio la orden y Ziggy saltó hacia adelante.

Era un supermercado amplio, de góndolas altas y repletas de productos. Los guardias vigilaban desde cierta distancia pero se hicieron a un lado cuando los policías entraron. Más arriba, los curiosos se iban acumulando, retenidos apenas por soldados y policías de la Fusep.

Adentro estaba helado, el silencio era casi como el de un cementerio, y la tensión podía palparse.

Billy Joya avanzaba detrás de Ziggy y su guía. Más allá, Perla ladraba y Teddy olfateaba con especial esmero. Y, de pronto, Teddy se detuvo, quedó paralizado y se sentó sobre las patas traseras.

“¡Atención! –gritó el guía–. ¡Teddy halló la bomba! ¡Mi teniente, aquí!”

Debajo de una góndola repleta de productos de limpieza estaba la mochila, negra, grande y abultada.

El guía soltó a Teddy, que lo miraba fijamente, moviendo la cola, sacó la pequeña toalla enrollada en forma de hueso, y, con un movimiento ligero, lo lanzó hacia atrás, y Teddy fue por su premio.

La bomba
El agente del Escuadrón se puso de rodillas, se acercó despacio a la mochila, después de despejar la zona, y puso el oído cerca de ella.

“Creo que es C-4, mi teniente –dijo–, y oigo un silbido agudo”.

Billy Joya miró su reloj de pulsera.

Faltaban cinco minutos para las nueve de la mañana.

“¿Podemos moverla?” –preguntó.

“Creo que sí, señor”.

Pero, en ese momento, el silbido fue mayor, aunque solo el agente que estaba de rodillas podía oírlo.

“Creo que se activó, mi teniente”.

“¡Va a estallar! –gritó Billy Joya.

“Tenemos menos de un minuto”.

“¡Evacúen! –ordenó el teniente–. ¡Todos afuera! ¡Rápido! ¡Sáquen a los perros! ¡Retirada!”

“¡Cuarenta y cinco segundos, señor!”

“¡Todos afuera! ¡Es una orden!”

Gonzalo Sánchez, pálido y sudoroso, estaba de pie frente a Billy Joya, como si acabaran de clavarlo en la tierra. Respiraba por la boca y parecía no entender que apenas le quedaban cuarenta y cinco segundos de vida. Entonces, Billy Joya lo agarró de un brazo, le dio un empujón y, obligándolo a correr, saltaron por el pasillo que iba quedándose solo.

Cuando salieron a la calle, el sol les dio de lleno en la cara.

“¡Corra, abogado! –le dijo–. ¡Corra, que esa bomba va a estallar!”

Gonzalo corrió como Usain Bolt y llegó a la Joyería Cantero antes que todos. Billy Joya se enredó en un bache y cayó al suelo, se levantó y volvió a caer, justo en el momento en que un estallido horroroso sacudía el espacio. El estruendo salió del supermercado en medio de largas llamaradas y columnas de humo, acompañados por pedazos de cemento, astillas de vidrio y restos de productos alimenticios.

Todo aquello duró tres segundos. Todos estaba destruido. Nada quedaba adentro que pudiera recuperarse.

“Hubieran muerto unas trescientas personas” –dijo Billy Joya, viendo el destrozo, caminando entre las ruinas.

“No, teniente –le dijo Gonzalo, temblando todavía–; hubiera muerto mucho más gente… Este día usted les salvó la vida a más de mil personas… Esta hubiera sido la navidad de los mil muertos”.

Billy Joya no dijo nada.

Nota final
Seis meses después, gracias a la amnistía decretada por el presidente Rafael Callejas, los cuatro terroristas salieron en libertad. Uno de ellos se arrepiente de aquella acción y dice que “es una mancha que llevará siempre en su conciencia”.

“Pero no diga mi nombre, Carmilla”.