Crímenes

Selección de Grandes Crímenes de esta semana: Pasión en llamas

Hay fuegos que nunca se apagan aunque todo lo consuman
18.08.2018

Este relato narra un caso real.
Se han cambiado los nombres

Indigencia. Henry era joven, muy joven; alto, delgado, bien parecido, educado y respetuoso, pero tenía un problema, un grave problema: era alcohólico. Un día apareció en el barrio, sucio y apestoso, chupando una bolsa de guaro, y, como no molestaba a nadie, a nadie le importó. Dormía en una esquina de la calle más solitaria del barrio, buscaba en la basura algo para comer, se ofrecía a hacer mandados, y, como llegó a ser confiable, se ganaba un dinerito que terminaba en las cantinas.

“¡Qué lástima de muchacho! –decían las vecinas más observadoras–, tan joven y tan guapo, y perdido en el alcohol”.

“A lo mejor no tiene quien vele por él”.

“Yo me lo llevaría para mi casa de buena gana; tal vez todavía se pueda salvar”.

Y de comentario en comentario pasaba el tiempo, mientras Henry se hundía más en su miseria, hasta que llegó a la calle principal un hombre bien intencionado que se fijó en él, le agarró cariño y lo llevó a su casa.

“Voy a poner un salón de belleza –le dijo–, y si querés, podés trabajar conmigo como vigilante. Te voy a dar un cuartito donde podés vivir tranquilamente”.

Henry aceptó.
En el salón de belleza tenía un techo seguro, comida caliente y alguien que se preocupaba por él. Además, siempre estaba limpio, vestía ropa nueva y hasta usaba perfume y se ponía gelatina en el pelo. Sus ojos claros brillaban y su imagen entusiasmaba todavía más a ciertas vecinas demasiado inquietas. Sin embargo, todavía no dejaba el guaro. Bebía a diario, pero ya no estaba en la calle, y cuando se dormía, lo hacía en una suave cama matrimonial, bajo la atenta mirada de su benefactor. Por desgracia, lo bueno dura poco. Una mañana, muy temprano, una voz desesperada llamó a las oficinas de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI). Henry estaba muerto.

Renenona
“¡Ay, señor! –gritaba un hombre–, ayúdeme, por favor. El guardia de mi negocio está muerto”.

“¿Está segura, señora?”

“¡Ay, no, guácala; no me diga señora que me pone los pelos de punta… Soy el dueño del salón de belleza donde trabajaba el Henry, como guardia de seguridad… Y mire que hoy amaneció muerto en el patio… ¡Lo más seguro es que le dio un paro al corazón!”

“¿Por qué lo dice, señor?”

“Me llamo René, usted, pero puede decirme la Renenona…”

Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea.

“A ver –dijo el operador de la DPI, después de unos segundos–, ¿por qué cree usted que el guardia murió del corazón?”

“¡Uy, no sé, pero es que se murió así no más, de un solo”.

“¿Tiene algún golpe el cadáver?”

“¡Ay, señor, a mí no me pregunte eso! Yo les tengo miedo a los muertos… Mejor vengan ustedes y lo ven. Allí está el pobrecito, tirado en el suelo, todo muerto, muerto, muerto”.

A René se le cortó la voz. Chillaba en vez de llorar.

“Deme la dirección”.

“Salón de belleza La Picarona, colonia Zapote Norte, Comayagüela… aquí cerca de donde vivía la bruja Cleo… ¿Se acuerda usted?”

“Sí, me acuerdo, señora… perdón, señor; una patrulla va para allá en unos momentos”.

René suspiró.

“Y, por mientras, ¿yo qué hago?”

Al operador le gustaban las bromas.

“Pues, no deje que el muerto se vaya de allí”.

“¡Ay, sí, qué chistoso! ¡Estúpido!”

Escena
En el patio de la casa estaba el cuerpo de Henry, helado y duro, pálido como la cera.

“¿Cuándo lo vio por última vez?” –le preguntó un detective a René, que con un brazo cruzado sobre el pecho, y apoyando el codo del otro en la mano, se limpiaba las lágrimas con un pañuelo rosado lleno de ositos.

“Anoche como a las diez, antes de irme a acostar –respondió–; él se quedaba siempre cuidando”.

“Y, ¿no escuchó algo anormal anoche, algo así como un grito, un quejido o una voz que pidiera ayuda?”.

“¡Ay, no, señor; yo cuando me fondeo, me fondeo… Tengo el sueño bien ligerito. Es que como trabajo demasiado…”

“Y, ¿a qué hora lo encontró?”

“A eso de las seis. Me levanté para hacer café y no sé qué me dio por salir al patio, y allí estaba él, tirado… todo muerto, señor”.

Las lágrimas de René empaparon el pañuelo. Sus largas uñas, pintadas de rojo, brillaron a la luz del sol de la mañana, y su rostro pálido mostraba una sincera tristeza.

“Tiene manchas de sangre en la cabeza” –dijo el médico que realizaba el reconocimiento.

“¡Ay, pobre! –gritó René–. Se golpeó cuando cayó al suelo… Y yo no estaba a su lado para auxiliarlo… ¡Dios bendito! No me lo voy a perdonar nunca”.

René gritaba sin poder controlar su dolor.

“Usted lo quería mucho, ¿verdad?” –le preguntó un agente de la DPI.

“¡Ay, sí! ¿Cómo no quererlo si era tan servicial y tan guapo? Fíjese que cuando llegué yo a este barrio, él me hacía los mandados y era muy honrado; por eso le agarré cariño y le di el trabajo de guardia de mi negocio, y le ayudé a que mejorara su apariencia… Y era tan agradecido… Pero lo traicionó el corazón…”

Las lágrimas detuvieron las palabras en su garganta. Luego de un rato, dijo, dirigiéndose al policía y después de soltar un largo suspiro:

“Si usted lo hubiera conocido, también lo hubiera querido como yo”.

Varios agentes rieron.

Morgue
A eso de las tres de la tarde, René, vestido de negro, con un pañuelo amarrado al cuello, grandes anteojos negros cubriéndole media cara, fumando como desesperado y acompañado por tres amigos, llegó a Medicina Forense. Llevaba un ataúd y venía a retirar el cuerpo.

“Vamos a darle cristiana sepultura” –les dijo a sus amigos.

Pero nada de eso iba a suceder. Varios agentes de la DPI se le acercaron con cara de pocos amigos.

“Señor –le dijo uno de ellos–, queda usted detenido por suponerlo responsable de la muerte del señor Henry Tal y Tal”.

René dio un gritó, se llevó las uñas de la mano derecha al pecho y, haciendo un embudo con sus labios rojos, dijo:

“¡Yo! ¡Ay! ¿Qué es lo que está diciendo, hombre de Dios? ¿Yo matar a la persona que más he amado en mi vida? ¡No! Está usted loca… perdón, loco…”

“Sin embargo, está usted detenido… Tiene derecho a guardar silencio, tiene derecho a un abogado…”

René se llevó el dorso de una mano a la frente, abrió la boca y se desmayó. Sus amigos lo sostuvieron.

En la DPI

Henry estaba inquieto, agitaba una pierna, que tenía cruzada sobre la otra, fumaba con ansiedad y se daba aire con un abanico chino. Frente a él estaba un agente que escribía en una computadora.

“¿Va a confesar?” –le preguntó este, por tercera vez.

“Antes, tiene que estar aquí mi abogado porque ustedes le ponen al papel lo que quieren… Además, yo nada tengo qué decir porque yo no maté a nadie; que les quede claro”.

El abogado tardó en llegar. Con él estaba el asistente del fiscal del Ministerio Público.

Verdad

El abogado habló con René por largos minutos, luego entró el fiscal, con cara de pocos amigos, y con un expediente en las manos. Detrás de ella entraron dos agentes de la DPI que se situaron detrás de René con los brazos cruzados.

El fiscal tomó la palabra.

“Don René…” –empezó diciendo, pero el sospechoso lo interrumpió.

“¡Ay, no; no me trate de don! Dígame René a secas, o Renenona, si usted quiere… O si le va mejor, dígame La Picarona”.

“Ni lo uno ni lo otro, señor –replicó el fiscal, con la seriedad de un enterrador–; su nombre es René…”

Este chasqueó la lengua, giró la cabeza con coquetería, y se dio aire con el abanico.

“Vaya, pues; como usted diga, señor fiscal”.

El fiscal dejó que pasaran unos segundos.

“Debe saber, don René –dijo, después de buscar algo en el expediente que tenía sobre la mesa–, que Henry no murió del corazón”.

“¿No? –dijo René, con extraña sorpresa–. Entonces, ¿de qué murió?”

“Alguien lo golpeó con fuerza en la cabeza… Tiene fracturas severas en el hueso parietal y el hueso temporal… Y lo golpearon tan fuerte, que las astillas de los huesos le destruyeron el cerebro, causándole una muerte rápida, aunque no inmediata”.

“¡Ay, pobrecito! –exclamó René–. ¿Será que se enfrentó a algún ladrón?”

“Lo dudo –respondió el fiscal–, porque según dice el forense, Henry estaba acostado cuando lo golpearon, y el golpe vino de arriba hacia abajo en forma inclinada, como si el que lo golpeó hubiera estado bien cerca de él…”

“¡Ay, no! ¡Qué cosas se ven estos días! Para mí que estamos viviendo los últimos tiempos que dijo el Señor Jesucristo”.

El fiscal agregó:

“Y, según el forense, el que lo golpeó estaba encima de él, y de espaldas”.

René se estremeció.

“Además –siguió diciendo el fiscal, con voz clara y pausada–, Henry tenía demasiado alcohol en la sangre, como si se hubiera bebido un barril de guaro… De haber sido así, lo más seguro es que Henry se durmiera, y fue dormido que lo atacaron”.

René enderezó el cuerpo. Por un suceso extraño, se había puesto pálido, extremadamente pálido.

“Además –dijo el fiscal–, Henry tiene en el pene varias heridas, como si alguien lo mordió repetidas veces…”

El abanico de René sacudió el aire con fuerza. Ahora sudaba.

El fiscal concluyó:

“Y el forense descubrió que Henry acababa de tener relaciones íntimas… Le encontró heces en su parte…”

René dio un gritillo.

“¡Auch! –exclamó–. ¡Qué calor hace aquí!”

Dijo esto, puso el abanico en la mesa, las manos en la orilla y miró al fiscal a los ojos.

“¿Usted me permite hablar con mi abogado un momentito?” –le preguntó, como si acabara de tomar una decisión.

El fiscal se puso de pie, ordenó a los agentes salir con él, y cerró la puerta a sus espaldas. Cinco minutos después, el abogado lo llamó con un gesto.

“Queremos un trato” –le dijo.

“¿Va a confesar?”

“Queremos un trato –repitió el abogado defensor–. ¿Está de acuerdo?”

“¿Se irá por el procedimiento abreviado?”

“¿Acepta usted?”

“Sí”.

Confesión
René se limpió una lágrima. Estaba más tranquilo, vio al techo, como para controlar su inspiración, pidió un cigarro, cruzó una pierna sobre la otra y apoyó un codo en la mesa. Luego, dijo:

“Yo lo amaba… ¡Ay, mi Dios! Cómo lo amaba… Pero él nunca entendió lo que sentía por él. Yo lo saqué de la calle, le ayudé a rehabilitarse y le di casa, comida y un suelo, pero él nunca quiso mi amor, entonces, una noche, desesperada yo por tanto desprecio y tanto deseo que me quemaba por dentro, le compré una botella de brandy, una de whiskey y medio litro de guaro. Él se lo bebió todo y se durmió, y ya dormido, le seguí dando guaro de a poquitos, para asegurarme que dormiría al menos unas seis horas seguidas, entonces, ya dormido, empecé a besarlo…”

René se detuvo. Suspiró y dejó el pañuelo en la mesa para que sus lágrimas corrieran
con libertad.

“Le hice de todo y le mordí allí, pero con amor, sin medir mi fuerza ni mi pasión… Y después vino lo demás… Yo me subí encima… Y así estaba, apagando el fuego de mis entrañas, cuando empezó a despertarse, entonces, con miedo a lo que pudiera hacerme o decir, agarré un palo que tenía cerca y le pegué… una sola vez, y se desmayó… Pero no tardé en darme cuenta que estaba muerto… Y me dio miedo porque en la cárcel le hacen cosas feas a una… y limpié la sangre, llevé el cuerpo al patio, y esperé a que amaneciera para llamar a la Policía, pero ya veo que de nada sirvió…”

Calló de pronto, se limpió las lágrimas con el dorso de una mano y bajó la cabeza, adolorido.

“¿Cuántos años me van a dar?” –preguntó, poco después.

“Su condena se rebajará un tercio… y usted podrá bajarle más si se porta bien…”

René no dijo nada.

“Yo no quería matarlo –dijo, poco después–; solo quería que se desmayara…”

“Entiendo” –musitó el fiscal.

“Solo le quiero pedir una cosa” –agregó René.

“Usted dirá”.

“Que estos chavos no me pongan esas esposas… De todos modos, ya no tengo a
donde ir…”

Nota final

René es un reo modelo, cumple su pena con resignación, esperando que se cumpla el tiempo en que podrá solicitar libertad condicional. Todavía lleva en su corazón el recuerdo de Henry…