Crímenes

Grandes Crímenes: Él

20.05.2017

Este relato narra un caso real.

Se han cambiado los nombres.

Cárcel

Veinte años pasó Juan en la cárcel. Veinte largos años que, si bien no hicieron de él un hombre nuevo, llenaron su corazón de soledad y resentimientos.

“Yo no lo maté –dice, con lágrimas en los ojos–, pero el papá me acusó de su muerte y en el DIN tuve que decir que fui yo, que yo lo colgué de aquella rama… Y yo solo quería bajarlo para que no muriera… Ese fue mi delito…”

La voz del hombre se quiebra y esperamos un poco. Está pálido, queda poco pelo en su cabeza y gruesas bolsas cuelgan bajo sus ojos; sus manos tiemblan de vez en cuando y la angustia que le provoca recordar aquella historia, su propia historia, parece ponerlo al borde de la locura.

Pero él ha querido que se conozca su tragedia, como una forma de limpiar su nombre ante sus hijos, ante la que fue su esposa y que descansa en una tumba olvidada en el Cementerio General desde hace diez años, una mujer buena que siempre creyó en él y que, enamorada y herida, lo esperó día a día.

“Dos años pude vivir con ella –dice Juan–, dos cortos años… Creo que solo estaba esperando que yo saliera de la cárcel para morir… El cáncer de seno se la llevó, dejándome solo para siempre… Mis hijos son hombres ya y se habían ido de la casa. Ella estaba sola, esperándome, nada más esperándome…”

Ahora las lágrimas saltan por las mejillas arrugadas y él no hace nada para contenerlas. Es un hombre de sesenta y cinco años, pero parece tan viejo como Matusalén. A veces, el sufrimiento envejece más que el tiempo…

Árbol

Era un árbol de ceiba, enorme, de ramas largas y gruesas y con una copa imponente. Creció al lado de una quebrada que cruzaba una de las orillas de la hacienda y allí pasaron ellos gran parte de su niñez y de su adolescencia.

“Él era el hijo del patrón y yo era solo un niño más de la aldea, pero nos hicimos amigos en la escuela y llegamos a querernos mucho…”.

Moja su garganta reseca con un poco de agua helada, tose un par de veces y se disculpa. Poco a poco se calma y su voz suena más firme. Dejamos a un lado los recortes de periódico, lo que queda del expediente de su caso, de hace casi cuarenta años, y varias fotografías encerradas en un álbum viejo, incluso una donde se ve el árbol de ceiba.

“Este era él –me dice–, poniendo una foto en blanco y negro frente a mí, y esto es lo que dijeron los periódicos… Mire que no cambió mucho…”

Hace una pausa, busca algo entre sus papeles y saca un nuevo recorte de periódico.

“Y este soy yo –agrega–, cuando el DIN me capturó, en mi casa de Jutiquile… Y este es el papá de mi amigo… El mismo llevó a los policías a mi casa y me acusó de haber matado a su hijo… Esto fue dos días después del entierro”.

¿POR QUÉ? “Como le dije antes, crecimos juntos y llegamos a querernos mucho.

En la escuela lo defendí muchas veces porque como él era un poco amaneradito, los demás niños se burlaban de él.

La verdad es que a él no le gustaban las mujeres y, aunque el papá lo castigó por eso, él no cambió nunca… Y hay algo que tengo qué decir, aunque el papá no me creyó y siempre dijo que yo había corrompido a su hijo: Jamás hubo entre nosotros nada más que amistad… Si él tuvo sexo con otros hombres, eso no lo sé… y no me interesaba saberlo; era mi amigo y yo lo quería aunque él pensara de otra forma… pero todo cambió cuando supo que me había casado”.

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La causa

“Él estaba en México estudiando agronomía y medicina veterinaria. Nos hicimos bachilleres en el mismo colegio, pero él pudo seguir estudiando y yo tuve que trabajar. Me quedé en la hacienda y allí me casé. Fue tres meses antes de su muerte.

Él estaba cerca de graduarse, pero, de repente, se vino, dejó todo en México y se presentó en mi casa, bebido y desesperado… y llevaba mi carta en una mano, la carta en la que le contaba que me había casado y que era muy feliz.

Pero esa vez solo me reclamó que no lo esperé para que fuera mi padrino de bodas…”

No volví a verlo con vida. Al día siguiente, un mozo de la hacienda me dijo que él me esperaría a las ocho en la ceiba, cerca de la quebrada, donde jugamos muchas veces cuando éramos niños.

Yo salí de mi casa media hora antes y no sé por qué me tardé demasiado en llegar… Cuando lo vi estaba poniéndose la soga al cuello. La había amarrado de una rama larga y gruesa y él estaba subido en un taburete de al menos un metro de altura.

Yo le grité, pero no sé si me escuchó. Todavía estaba lejos de él, a unos setenta metros, y había maleza y lodo porque era el invierno.

Corrí hacia él pero llegué tarde, me subí en el taburete tratando de soltarlo de la cuerda, pero no pude hacer nada.

Se había roto el cuello y no sé si me vio por última vez… Sin saber qué hacer, me quedé allí casi media hora, hasta que unos mozos nos encontraron… Ellos bajaron el cuerpo de mi amigo y se lo llevaron a su papá… Yo le dije lo que había visto y cómo traté de salvarlo… En el cuello tenía marcas de mis uñas…”

Carta

Dos días después del entierro, una patrulla de la Policía, al mando de un teniente, llegó a mi casa. Me acusaron de haber ahorcado a mi amigo. Me trajeron a Tegucigalpa y me dejaron en el DIN. Allí estaba mi patrón.

“Vos lo mataste –me dijo–, y vas a pagar por eso”.

Entonces me tiró un papel en la cara. Yo lo leí. Era una carta de despedida. Él se despedía de mí y, entre otras muchas cosas, decía:

“Prefiero morir a verte con otra persona que no sea yo… Te quiero desde niño y siempre quise que estuviéramos juntos, hasta que nos hiciéramos viejos… Ya sabés como soy y aunque yo no sé por qué soy así, es mi destino, pero siempre soñé que fuera con vos… No te olvidés de mí”.

Culpa

“¿Quién tenía la culpa de su muerte? ¿Yo? ¿Dios? ¿El destino? ¡No sé! Aunque siempre me hice esas preguntas, y pasé haciéndomelas por veinte años, en aquella celda fría y húmeda de la Penitenciaría Central, y después del Mitch, entre las paredes de bloque de mi celda, en Támara… Allí me enterraron en vida solo porque a aquel hombre poderoso se le ocurrió decir que yo había corrompido a su hijo…”

Calla por un momento, trata de sonreír ante lo pesado y doloroso que resultan sus recuerdos y, al final de una larga pausa, continúa:

“Desde hace cinco años quería reunirme con usted para que escribiera mi historia –me dice, con acento tembloroso–, soy un fanático de sus casos y deseaba que el mío no se perdiera”.

Hace una nueva pausa.

“Es una historia de injusticia y de venganza –agrega, poco después–, y me marcó para siempre. El papá no se arrepintió nunca del daño que me hizo, pero la esposa, la mamá de mi amigo, le ayudó mucho a mi esposa sin que él se diera cuenta…”

Sonríe con tristeza y extiende los brazos.

“Mire lo que me hicieron en el DIN –dice, mostrando viejas cicatrices–; me quemaron con electricidad, me cortaron con navajas y me arrancaron las uñas con tenazas, hasta que dije que sí, que yo lo había matado, que yo lo ahorqué en aquella rama de ceiba…”

El hombre tiembla. Siempre hemos dicho que recordar es volver a sufrir.

Nota final

Lamento mucho haber escrito esta historia demasiado tarde. Don Juan murió hace un mes, sin ver publicada su historia. Sus hijos dicen que murió del corazón. Yo sé que murió de tristeza, de soledad y decepción.