Honduras

Cuculmeca, la mina de la muerte en Honduras

Los mineros no se imaginan que su único camino para sobrevivir económicamente los puede condenar a la muerte

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17.05.2016

El Corpus, Choluteca, Honduras
Los túneles son estrechos, irregulares y oscuros. El oxígeno falta y el calor es agobiante. No hay espacio para la claustrofobia y los caminos interiores están formados bajo el imperio del caos.

Es la imponente mina de Cuculmeca, el principal polo económico del pueblo olvidado de San Juan Arriba, en el municipio de El Corpus, Choluteca.

Más allá del oro y la plata escondida en sus laberintos, la mina de Cuculmeca se hizo conocida en el 2014 por la lamentable historia de ocho mineros que murieron soterrados.

El silencio imperó por casi un año y medio y, pese a la prohibición para extraer minerales durante este tiempo, siempre se conoció públicamente que las labores no se detuvieron.

Sin embargo, este martes (17 de mayo del 2016) el lugar vuelve a ser noticia tras reportarse -como un desagradable dejavú- que tres obreros quedaron atrapados en la montaña. La tragedia vuelve.

La primer tragedia
En una tarde serena del miércoles 2 de julio del 2014 estalló el caos y la preocupación invadió a los pobladores de El Corpus al registarse un estrepitoso derrumbe en la mina de Cuculmeca.

A las 5:28 de la tarde de ese día, Cuerpo de Bomberos confirmó a través de un tweet la noticia que pocos querían reafirmar: 11 mineros atrapados en el escabroso cerro.

La esperanza, a primera mano, es que todos aún estaban con vida y los equipos de rescate empezaban una búsqueda incesante que prometían no terminar hasta regresar con los 11 obreros salvos.

La noche cayó y con ella el optimismo. Era tiempo de poner a un lado las piochas y los cascos para ir a dormir. Al día siguiente continuaría la operación rescate.

Unas 24 horas después, cuerpos de socorro y los otros obreros unieron fuerzas para ubicar a los compañeros atrapados. Los primeros sabían todo de complicadas labores de rescate; los segundos, explorar los oscuros e inconsistentes pasajes de la montaña.

De manera inesperada, y queriendo dar apoyo moral, llega el presidente Juan Orlando Hernández y el titular del Congreso Nacional, Mauricio Oliva, para verificar las operaciones.

Ese día, la lluvia copiosa se combinaba con la angustia devoradora porque los esfuerzos se perdían entre la oscuridad y la angustura de los túneles. Los 11 mineros parecían estar tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

De repente, alguien anunció que los hombres habían sido rescatados. Y de boca en boca, la información llegó a las autoridades, antes que lo pudieran comprobar con sus ojos.

El mandatario se atrevió a postear en Twitter la buena nueva y relató en forma breve cómo fue testigo del milagroso salvamente. Por su parte, el extitular de la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco), Moisés Alvarado, ofrecía entrevistas llenas de esperanza y alegría.

No se sabe si por un error, por una broma de mal gusto o por confusión, pero todo era una mentira. Una felicidad tan fugaz y efímera que rompió el corazón de parientes y amigos al irse.

Tuvieran que pasar otras 24 horas para que la broma se convirtiera en realidad. Esta vez en la operación milagrosa, donde se involucraron rescatistas profesionales del extranjero, tres almas salían de los cerrados espacios del cerro. (Ver la nota completa aquí)

A Nehemías Rodríguez, Brayan Escalante y Byron Maradiaga -nunca olviden esos nombres- la vida les dio otra oportunidad.

Había motivado para alegrarse, pero no para festejar, porque en las entrañas de la Cuculmeca todavía quedaban ocho hombres con pronóstico reservado.

Las esperanzas morían mientras el reloj avanzaba. 'Escuchamos gritos (...) olía podrido', nos manifestó uno de los sobrevivientes mientras estaba hospitalizado.

Primero se dieron por vencidas las autoridades, luego fueron los expertos por el temor. Una falla atravesaba el lugar y continuar la excavación provocaría otro derrumbe. Y por último abandonaron la misión los que habían prometido nunca abandonar... Los desastres siempre le hacen ver al humano las limitaciones de su humanidad, por más redundante que se escuche.

Lea además: Con lágrimas, mineros desisten de buscar a compañeros soterrados

Fuera y dentro de la mina
Dentro de esta tragedia es que por primera vez toda Honduras conoce al cerro Cuculmeca y reacciona consciente sobre los peligros de la minería no profesional.

Cuculmeca es un cerro imponente, escabroso e irregular. Una obra hermosa de la naturaleza, una fuente de riqueza quizá divina y, a la vez, el cementerio de decenas de mineros.

Para llegar a la mina se transita por una polvorienta calle de tierra que en ocasiones se quiebra con caminos en zigzag. Los árboles adornan la vista y a leguas se miran las comunes casas de techo de teja y paredes de adobe.

De cada tres hogares, al menos uno tiene instalado una procesadora de broza o rastra, según un calculo hecho a simple vista. La broza son los restos en bruto que sacan de las paredes de la mina para extraer luego los fragmentos de oro y plata.

El Corpus no puede entenderse sin la actividad minera y, aunque hay industrias certificadas que trabajan de manera profesional en la extracción de minerales, es evidente el trabajo artesanal.

Decir artesanal suena inexacta a criterio de los expertos. Artesanal es cuando pequeños grupos se van a orilla de río a rebuscarse con los residuos de oro y plata que botan las procesadoras.

Así era el caso de doña Estebana García Portillo, una aldeana de 56 años que nos encontramos en medio de la tragedia del 2014, mientras ella meneaba un plato para arrojar al fondo los desperdicios con los fragmentos incrustrados de oro.

Artesanal es cuando dos que tres agarran una piocha y van golpeando la superficie del cerro. Cuando el uso de dinamita es recurrente y la actividad se hace a gran escala, como sucedía en Cuculmeca, no puede decirse artesanal.

En todo caso, lo que ocurría en el cerro de San Juan Arriba era una irresponsabilidad y un peligro. Pero que le iban a decir a Nehemías, Byron, Brayan y a otros 700 mineros de la zona si no tenían otra oportunidad de trabajo.

La mina Cuculmeca es un cerro con más de seis hectáreas de extensión, bañado de frondosos árboles, combinado con un suelo de roca lisa, plana y poco gruesa.

En un interior se supone que guarda una fortuna en oro y plata equivalente a 14.1 millones de dólares (310 millones de lempiras), según estimaciones de la Comisión para la Alianza Público y Privada (Coalianza).

Aunque era poco probable que los mineros conocieran esta jugosa cifira antes del 2014, era evidente que 700 obreros hallaban en la mina, por unos 250 lempiras diarios, la única forma de superviviencia.

Peligro y caos van de la mano. Así era la explotación de la mina Cuculmeca. Era una secuencia de malas decisiones, pero que para aquellos que necesitan el dinero tenía un orden tan lógico y necesario.

En primer lugar estaba el dueño del cerro, quien le arrendaba todo el terreno a otro sujeto para que hiciera negocio con terceras personas. Estos últimos pagaban el derecho a explotar un túnel.

Lo anterior significaba que entregaban una cuota semanal y, cambio, ellos se quedaban con todo el oro y la plata extraída del recoveco. Para ello, empleaban a otros trabajadores.

Sin ningún rigor ni supervisión, obviamente la explotación del cerro caminaba al desastre. En el interior de la mina no habían guías ni senderos, solo se avanzaba a puro instinto. Si el minero creía que a la derecha había mineral, pues había que avanzar a la derecha. Si veía una oportunidad a la izquierda ¿Qué creen?

La extracción era una combinación de maniobras de remoción de tierra y escalada por recovecosa puro instinto y sin mapa.

En el marco de esta organización y destrucción, que uno solo puede visualizar como los túneles elaborados en una granja de hormigas -pero mal armados-, es que se llegan a contabilizar unos 40 túneles en aquel 2014.

Tragedia anunciada
Tuvo que conocerse la muerte simultánea de los ocho mineros para advertir que llevar este estilo de trabajo era un boleto seguro al cementerio.

Al calmarse la euforia, el gobierno prometió con bombos y platillos la construcción de un parque minero con la inclusión de los obreros bajo el formato de una cooperativa.

El cerro se dinamitó para devastarlo y evitar el ingreso de más mineros, pero desde ese fatídico julio del 2014 se conoció que las personas seguían llegando sin cesar.

Incluso, EL HERALDO reveló a finales del 2015 que menores de edad se apersonaban al sitio para explorar en la superficie de la desplomada montaña en busqueda de minerales.

El campanazo de alerta volvió a sonar el martes pasado, cuando se informó que tres mineros quedaron atrapados en la mina, como un episodio condenado a repetirse hasta acabar con todo el oro y la plata.

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