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Los retos de la investigación social en Honduras

Analizar los fenómenos sociales es un proceso complejo. Emprenderlo con acierto requiere el dominio de herramientas metodológicas que la ciencia ha desarrollado durante siglos. En Honduras, el estudio sistemático de estas herramientas, lamentablemente, ha sido escaso, pobre o ignorado.

Esto ha cambiado aunque sólo sea sutilmente en los últimos años, en los que se ha producido una eclosión de diplomados, maestrías, cursos, talleres y clases de Metodologías de la Investigación en las universidades nacionales. Este giro hacia la valoración del conocimiento científico es una buena noticia y está ligado con la velocidad de los flujos de información, que ahora es más accesible para todos, y la necesidad de comprender con certeza lo que pasa en nuestra sociedad en un mundo en el que las sociedades cambian acelerada y abruptamente.

Con esto se da un paso importante (aunque no suficiente) hacia la construcción de una cultura científica y académica en Honduras, a partir de la cual la investigación social debería tener prioridad para la toma decisiones, la construcción de políticas públicas, para resolver conflictos sociales e incluso para focalizar la asignación en materia de ayuda y desarrollo de las comunidades.

Sin embargo, este paso que se está dando desde el mundo académico es sólo levemente esperanzador. Sobre todo porque no obedece a una visión dirigida o estratégica, es más un florecer caótico producto de la identificación de un nicho de mercado poco atendido que el resultado de la comprensión cabal de la importancia que tiene la investigación para un país.

Quizá debido a esto el poco desarrollo de la investigación social -y en general muchos de los avatares de Honduras- tiene una génesis de naturaleza estructural. Esto quiere decir que sus causas son multivariadas y responden en muchos casos a circunstancias culturales, pero también a la misma caracterización de las instituciones que deberían ser responsables de crear ciencia, como las universidades, y a la casi total inexistencia de centros que trabajen para divulgarla.

Y es que más allá del profuso nacimiento de capacitaciones sobre la temática en nuestras universidades, su producción científica sigue siendo escasa (en comparación con lo que alardean), pobre y, muchas veces, anodina. Pero es difícil que sea diferente si la educación que brindan aún es escolástica, muchos de sus docentes son víctimas de una mentalidad mágica -reñida con la ciencia y hasta con el sentido común-, se valora poco la investigación como parte de la labor académica, se le brindan incentivos nimios y los entes encargados de fomentarla se asfixian en el caos interno o sus empleados no están preparados para el trabajo que les ha sido asignado.

Esta problemática se refleja en la exclusión de nuestras universidades de los rankings de prestigio internacional (con excepción apenas de la UNAH, que es beneficiaria del trabajo aislado de algunos de sus miembros, casi sin apoyo y a veces a pesar del sistema educativo) y en el reducido número de investigadores nacionales que tienen la posibilidad de publicar en revistas indizadas o evaluadas por pares.

La situación general de la academia repercute sobre los profesionales que forma. De esta manera, la figura del cientista social hondureño se ha construido en torno a situaciones coyunturales y no a su trabajo con las herramientas de la ciencia. Así, justo antes de las elecciones empieza la pasarela de los politólogos, cuando hay reformas educativas es la oportunidad de los especialistas en educación para brillar polveados ante las cámaras y si apenas se intuye un malestar social, pululan los sociólogos o psicólogos sociales dispuestos a exponer opiniones con impune irresponsabilidad, casi siempre carentes de sustento empírico y a veces hasta teórico.

A esto hay que agregar que para muchos es más importante que sus nombres figuren en el índice de una revista o libro que hacer un trabajo académico serio. Esta adicción a ver el nombre en letra impresa produce trabajos mediocres, incorrectos metodológicamente, faltos de ética (no escasean los “asesores” que sólo aportan la firma al producto de otros) e irrelevantes (la calidad debe ser más importante que la cantidad o la rapidez).

Ante todo esto, es necesario fomentar una ética que impela al cientista social a trabajar desde la investigación, basado en la implementación rigurosa del método científico, para que no vierta ya opiniones marcadas por tintes políticos o intereses individuales. Debe dejar de imperar la prisa por publicar o sobresalir, la voluntad de ser ingenioso con las palabras o decir la frase más aguda tiene que ceder para dar paso a una visión científica de la realidad social, evitando así que el discurso de nuestros académicos se convierta en pseudociencia.