“Vamos rápido... pero ¿adónde?”

“Cuando las cosas suceden con demasiada rapidez, nadie puede estar seguro de nada"

  • Actualizado: 01 de agosto de 2025 a las 00:00

Nos levantamos con alarma, desayunamos con prisa, revisamos mensajes mientras caminamos, respondemos correos mientras comemos. Vamos rápido, muy rápido. Y cuando por fin el día termina, no sabemos en qué momento lo vivimos. Vivimos con la sensación constante de estar llegando tarde, de estar en deuda con el tiempo. Lo irónico es que nadie parece saber exactamente hacia dónde va. Corremos sin detenernos, como si en la meta hubiera una recompensa definitiva. Pero como escribió Milan Kundera en “La lentitud”: “Cuando las cosas suceden con demasiada rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo”. ¿A qué le tenemos tanto miedo? ¿Al vacío, a la pausa, al silencio? Hemos sido educados para creer que el descanso es pereza y que la lentitud es ineficiencia. Que si no producimos, no valemos. Que si no avanzamos, quedamos atrás. Pero avanzar sin sentido también es una forma de perderse.

Byung-Chul Han, en “La sociedad del cansancio”, afirma que el ser humano moderno ya no es explotado por otros, sino por sí mismo. “Tú puedes” se ha convertido en una forma de autoexigencia sin límite. Nos empujamos a rendir, incluso en lo íntimo. La productividad ha invadido el amor, la amistad, incluso el descanso. Hoy se “descansa” con métricas: cuántas horas dormiste, cuántos pasos diste, cuántas páginas leíste. La lentitud se ha convertido en un acto de resistencia. Leer sin prisa. Escuchar a alguien sin interrumpir. Comer sin mirar el celular. Caminar sin destino. En una sociedad que glorifica el hacer, el simplemente ser parece un escándalo. Pero ahí, en lo simple, en lo aparentemente improductivo, sucede lo esencial: nace la atención, la conexión, el pensamiento profundo. Epicuro decía: “Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”. Y quizás ese sea el verdadero problema: no el tiempo que tenemos, sino lo que creemos necesitar para sentir que valemos algo. No se trata de negarse al mundo ni abandonar los sueños. Se trata de recordar que la vida no es una línea de producción, sino un presente que se vive, no que se corre. Tal vez no necesitamos llegar más lejos, sino estar más aquí.

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