¿Serán los periódicos para siempre?

Como lo exponíamos ayer en esta misma columna, en el flujo constante del tiempo, pocas cosas han acompañado tan fielmente al devenir humano como el acto de narrar la realidad

  • Actualizado: 24 de mayo de 2025 a las 00:00

Como lo exponíamos ayer en esta misma columna, en el flujo constante del tiempo, pocas cosas han acompañado tan fielmente al devenir humano como el acto de narrar la realidad. Durante siglos, el periódico ha sido el testimonio tangible de lo que ocurre en el mundo: un objeto cotidiano que, cada mañana, resume el caos del universo en unas cuantas páginas. Cuando apareció la radio, con su poder de información instantánea y con su amplísimo radio de cubrimiento, además de ser un servicio informativo gratuito, se temió el final del periodismo escrito: más lento, con una restringida área de cubrimiento y más costoso. Los mismos pronósticos se repitieron con más fuerza al aparecer la televisión; y se ha vuelto a prever el fin de los periódicos con la aparición de la tecnología digital. Frente a esto, el periódico impreso -a pesar de sus limitaciones- representa una forma de resistencia: la resistencia del pensamiento lento frente al vértigo, del análisis frente al impulso. Walter Benjamín hablaba de “la experiencia que se atesora” frente a “la información que se disuelve”. Los periódicos, aún en su fragilidad, pertenecen a esa primera categoría.Los periódicos pueden mutar sin morir, transformarse sin perder su sentido original: el de dar forma a la realidad, registrar lo efímero y proponer una mirada. En el fondo, lo que está en juego no es el papel en sí, sino la calidad de nuestra relación con la verdad, con la narración y con el otro. Decía Simone Weil que “la atención, tomada en su forma más pura, es la oración”. Leer con atención, escribir con responsabilidad, informar con ética: todos son actos profundamente humanos, casi sagrados. Si logramos preservar esa actitud, el periódico, como símbolo, no desaparecerá jamás. Porque más allá del soporte, lo que permanece es el impulso de comprender, de contar, de recordar.

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