Opinión

Entre narcos y novelas

A raíz de millares de quejas en torno al daño que causan en la salud psíquica de las gentes, México se encuentra estudiando la prohibición absoluta de los narcocorridos, si bien algunas comunidades ya lo han dispuesto por propia cuenta.

A pesar de la justificación de sus compositores e intérpretes en cuanto a que la creación artística es libre y no se la debe reglamentar, y de que vedar a ese género sería un atentado a las libertades de expresión y comunicación, académicos y especialistas en la materia piensan que el impacto psicológico es evidente: tales corridos (forma musical derivada del octosilábico romance español del siglo XVII y característico de México) exaltan la visión de mundo y los modos de vida de delincuentes, hacen apología del dinero fácil y de la violencia para conseguirlo, así como elogian al lujo desmedido, la droga, el delito y la cosificación de la mujer. Sorprende siempre cómo algunas emisoras que alegan procurar el bienestar del oyente incluyen entre sus atracciones material tan polémico.

En 2010 el gobierno de Venezuela fue más allá e impidió que se continuara transmitiendo los tráileres o videos promocionales de “El cartel de los sapos” y de “La reina del sur” debido a que las televisoras los aireaban sin distinción alguna entre horario para niños o adultos, además de exhibir innúmeras formas agresivas.


La empresa no aceptó pasar al último cuarto nocturno dichas telenovelas y el gobierno las canceló definitivamente amparándose en la ley de telecomunicaciones pero sobre todo en una exigentísima Ley de Responsabilidad Social para Radio, Televisión y Medios Electrónicos que fija multas dolorosas para quienes difundan contenidos que ataquen la moral de los ciudadanos e inciten a comportamientos antisociales.

Obvio que las agencias de noticias aprovecharon la circunstancia y prendieron al pecho del presidente Hugo Chávez una medalla más de propaganda e indecoro.

Aparte de consideraciones ideológicas, los expertos han definido muy claramente que la televisión no incita a la violencia pero que contribuye a estimular y desarrollar tal conducta en quienes están propensos a ella.

Y por ende la acumulación de actos y movimientos visuales que aparecen en la pantalla y donde se ataca a alguien ––disparos, bombas, lanzas, machetes, granadas–– son un detonante que activa lo predispuesto, como ocurre cada treinta minutos en la televisión hondureña, donde se da una maligna preferencia por esa clase de imágenes.

Un experto afirma que “los narcos hacen droga para el cuerpo y los que hacen narconovelas hacen droga para la mente”; “esas novelas” dice otro “con poco disimulo hacen apología del narcotráfico, dándole oxígeno y participando en la lucha ideológica en que Estado y narcos están empeñados, y donde los narcos ganan por goleada.

No hay que ser marxista ni llamarse Gramsci para entender qué está pasando. Al final tratan de disfrazar la cosa como que el crimen no paga.

Pero en el camino los traficantes se dan la gran vida, manejando los mejores autos, curtidos en tremendas fiestas en Miami rodeados de las más suculentas mujeres. Y han satisfecho sus instintos machistas dando palizas y tirando balazos a diestra y siniestra. Andá a convencer a un adicto (…) que ese cuarto de hora no vale la pena”…

Los dueños de canales de TV se defienden argumentando que no es su tarea educar ni hacer patriotismo. Pero tampoco es ético acumular dinero generando daño a otros.

Las narcotelenovelas entonces, ¿perjudican la imagen del país?, preguntan a Gustavo Bolívar, guionista de “Sin tetas…”. “La imagen del país no la dañan los narcotraficantes”, responde, “son los políticos corruptos que hacen que esos narcotraficantes surjan por haberles cercenado las oportunidades de educación y de empleo; tampoco somos los escritores; nosotros contamos las historias pero nosotros no las producimos ni nosotros las provocamos”... Por veces el problema no es la violencia sino la verdad.

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