Crímenes

Selección de Grandes Crímenes: Entre el deber y la justicia

23.09.2017

Este relato narra un caso real.

Se han cambiado los nombres.

Eran las nueve de una mañana fría en las afueras de Tegucigalpa. Soplaba un viento suave pero helado y el cielo estaba cubierto por largas y deformes nubes grises que se movían despacio más allá de las montañas. En el solar de la casa, después del muro de piedra, había una muchedumbre. Casi toda la aldea estaba reunida bajo los naranjos y las altas matas de plátanos y el murmullo, aparte de inentendible, era constante, como el zumbido de un enjambre de moscas.

En el corredor, frente a la gruesa puerta de madera de pino, estaba una mujer, joven todavía, gritando a más no poder. Golpeaba con puños y pies la madera y lanzaba al interior insultos, amenazas y maldiciones.

“Vieja maldita –decía–, ya llamamos a la Policía y si no abrís ellos te van a sacar a tiros de la casa… Decinos qué fue lo que le hiciste a mi marido… ¡Abrí, vieja asesina!”

Dos o tres de los curiosos, con un poco de sangre fría, trataban de calmarla.

“Dejala –le decían–, cuando venga la Policía va a tener que abrir. De nada te sirve insultarla y estar pateando la puerta”.

“Esa vieja le hizo algo a mi marido –respondió la mujer–, estoy segura”.

“Si es así, ya lo va a averiguar la Policía”.

En medio de aquella conversación se escuchó una voz serena y conciliadora que habló tratando de llegar al interior de la casa.

“Doña Mirna –dijo un hombre algo entrado en años, lleno de canas, vestido con pulcra sencillez y con una Biblia debajo de un brazo–, soy el pastor Nahúm; abra, por favor. Todos queremos ayudarle”.

Del interior no se escuchaba más que un suave lamento y una especie de canto, algo parecido a un salmo que tarareaba una voz cansada y quebradiza. Era la de doña Mirna.

“Doña Mirna –siguió diciendo el pastor–, déjeme entrar…”

Pero no recibió respuesta.

“Yo sabía que esa vieja iba a hacer algo como esto –agregó la nuera, cuando el eco de la súplica del pastor se perdió entre el murmullo–; yo sabía”.

“Paciencia, hermana –replicó el religioso, mirándola con dulzura–, tal vez no sea nada grave…”

“¡Ja! Usted sí que es ingenuo, pastor… Bien se ve que no conoce a la serpiente de mi suegra… Por eso me fui de aquí, para no seguir soportándola…”

“No, hermana –la detuvo el pastor–, aquí todos sabemos bien por qué se fue usted de la casa… Sencillamente, no soportó más la invalidez de su esposo…”

La mujer calló por un momento, miró a su alrededor y lo que encontró fueron miradas desagradables, algunas hostiles, pero no le importó, levantó los hombros, arrugó la boca y volvió a golpear la puerta. Fue en aquel momento que la sirena de una patrulla de la Policía hizo callar a todos.

La DNIC
“¿Qué es lo que pasa aquí?” –preguntó un hombre alto y delgado que llevaba colgada al pecho la chapa de identificación de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).

“Esa vieja –respondió la mujer–, mi suegra, que está encerrada desde la mañana con mi esposo y parece que le ha hecho algo malo”.

“No le entiendo bien. A ver, explíquese mejor”.

El pastor tomó la palabra.

“Señor –dijo–, permítame hablar a mí; soy el pastor de la iglesia de la aldea…”

El detective lo miró por un segundo.

“Verá –añadió el pastor–, doña Mirna es la dueña de esta casa…”

“La dueña soy yo –gritó la mujer, interrumpiéndolo–; es mi derecho porque yo soy la esposa del hijo y los dos estamos de acuerdo que si él falleciera la casa pasaría a mi poder… para criar a mis hijos”.

“Cállese, señora –dijo el agente–; deje que el pastor siga explicando qué es lo que pasa aquí”.

Caso
“Le decía que doña Mirna es la dueña de la casa. Es una señora de setenta y siete años que se casó tarde y tuvo un solo hijo… Enviudó hace años y se dedicó a criar a su muchacho… Pero un día, este se enamoró y se casó, y trajo a la casa a esta señora”.

“Perdone, ¿esa historia qué tiene que ver con lo que está pasando aquí?”

“Pues, tiene mucho que ver…”

“¿Por qué?”

“Si usted me escucha, señor…”

“Mire, señor agente –intervino de nuevo la nuera–, aquí no hay tiempo para oír historias. A ustedes se les llamó para que abran la puerta y entren a la casa como autoridad que son… Allí ha pasado algo malo y es ella la que lo hizo…”

El detective la miró por un rato y ella guardó silencio de nuevo.

“La vieja se encerró porque le hizo algo al hijo, que es mi marido”.

“¿Hay algún otro pariente de la señora?”

“No, señor –dijo el pastor–; ella y el hijo son solos. No tiene hermanos aquí ni más familia que él… Bueno, estaba ella, que es la nuera, y los tres niños del matrimonio, pero desde que esta señora se fue, quedaron solos… Solo la anciana doña Mirna y el hijo inválido”.

“¿Inválido?”
La pregunta del detective impuso el silencio alrededor.

“Sí, inválido. Eso es lo que le iba a explicar a usted”.

“¿Está en silla de ruedas?”

“No, señor; tiene dos años de estar esclavizado a una cama… Está quebrado de la nuca y no se mueve de la nuca para abajo…”

El detective retuvo la respiración.

“¿Cuántos años tiene él?”

“Treinta y cinco. Tenía treinta y tres cuando le vino la desgracia”.

Al decir esto, el pastor se limpió una lágrima que rodó por una de sus mejillas.

“Obliguen a que esa vieja perra abra la puerta –gritó la mujer–; para eso son la autoridad”.

“Señora –le dijo el detective, mirándola severamente–, si usted vuelve a abrir la boca, voy a hacer que la saquen de la propiedad… ¿Entendido?”

Dijo esto el detective y se acercó a la puerta.

“Doña Mirna –gritó–, somos de la Policía. Abra la puerta, por favor”.

El silencio era completo alrededor y hasta todos llegó la voz dolorosa que seguía cantando el salmo. El agente golpeó la puerta.

“¿Trataron de botar la puerta?” –le preguntó al pastor.

“Es de pino macizo –respondió este–; solo con una bomba…”

“¿Y las ventanas?”

“Tienen balcones de hierro”.

“¿Dónde se supone que está doña Mirna?”

“En el cuarto del hijo. Está a la derecha de la sala”.

“Y, ¿usted también cree que la señora le ha hecho algo malo al hijo?”

“No sabría decirle, señor, pero es extraño que esté encerrada con él y no le quiera abrir a nadie… La nuera dice que doña Mirna…”

El pastor calló, miró al detective, miró al piso y se rascó atrás de la cabeza.

“¿Qué es lo que dice la nuera?”

Como si la hubieran invitado a hablar, la nuera dijo:

“¡Esa vieja lo mató para quedarse con la casa! Ya no aguantaba estarlo cuidando”.

Atrás
Javier era un buen hombre, trabajador, hogareño, amoroso con su mujer y sus hijos y cuidadoso con su madre, pero un día, en la carretera hacia el sur, cerca de la aldea La Trinidad, un camión golpeó su motocicleta, lo lanzó por los aires y quedó cuadripléjico. Al caer al pavimento, luego de volar por más de diez metros, se lesionó la médula espinal, se le destruyeron las vértebras cervicales y nunca pudo recuperarse. Ese día regresaba a su casa después de visitar las pulperías y mercaditos que le habían asignado en la empresa distribuidora de refrescos en la que trabajaba.

Una eternidad después, salió del Hospital del Seguro Social y su esposa y su madre se dedicaron a cuidarlo con todo el amor del mundo, sin embargo, un día la esposa se rindió.

“No puedo más –le dijo a su esposo, que la miró con asombro y dolor–; me voy y te dejo… Ya no aguanto más esta vida”.

Él quiso decir algo, pero sus lágrimas se expresaron con mayor elocuencia que sus entrecortadas palabras.

“Estoy joven y vos no te vas a recuperar nunca –siguió diciendo ella–, y yo no puedo podrirme aquí, cuidándote para nada… Tengo que vivir mi vida, encontrar a alguien que me quiera, que me toque, que me haga sentir mujer…”

Ella salió del cuarto para no volver más.

“Yo vi que él la siguió con los ojos –dice la anciana–, y sé que sangraba su corazón… Pero yo no lo iba a dejar solo nunca…”

Doña Mirna es una mujer sobre la que han caído todos los años, casi todos los siglos. Ya no sufre, pero llora. Está a la puerta de los noventa años y todavía puede valerse por sí misma.

“No creí que iba a durar tanto tiempo –dice–. Es como si Dios quisiera castigarme por aquello… como si él no tuviera corazón de padre…”

Golpes

El detective sonríe al escucharla hablar. Su voz es clara y ronca, aunque suave, camina apoyada en un bastón que fue palo de escoba en otro tiempo y, con manos ágiles, aunque ya casi descarnadas y llenas de venas azules y de arrugas, sirve café hirviendo en dos viejas tazas de metal. En una esquina del fuego se calientan los frijoles en una olla de barro y más allá, en la mitad disecada de una enorme calabaza, espera una montaña de tortillas.

“Es lo que tengo para convidarlos –dice–, pero se los sirvo en el nombre de Dios…”

Una sobrina le lleva una pelota de cuajada fresca y una vecina varios huevos de gallina india. Es que doña Mirna tiene visita.

Comemos con hambre y todo, todo, está realmente delicioso. Aunque ella no quiera, le dejamos algo de dinero en la mesa.

“Así se puso de terca aquel día –dice el agente, sonriendo–; yo le grité que era de la Policía y que si no me abría la puerta me la iba a llevar presa… Pero no abrió por miedo… Me dijo que iba a abrir, pero que solo yo podía entrar, y yo me comprometí con ella”.

El hijo
Cuando el agente entró al cuarto, se detuvo de pronto. Frente a él, en la cama, estaba el muchacho muerto. Tenía clavado en el pecho un largo cuchillo de cocina con cacha de plástico. Había sangre al lado y algunas gotas se coagulaban en el suelo.

“¿Ve lo que hice?” –le dijo doña Mirna.

“¿Por qué hizo esto?” –le preguntó él.

“¡Ay, hijo! –exclamó ella–. Mire que yo ya soy una vieja, inútil y achacosa… Y mi hijo estaba paralítico. Solo yo lo cuidaba, pero ya no pude más. Si hacía del cuerpo ya no lo podía limpiar, si había que lavarle las llagas de la espalda, yo ya no lo podía mover, si había que darle de comer por la sonda, yo lo escapaba de ahogar, y él sufría mucho… y más desde que la esposa lo dejó… Pero yo no la culpo a ella… Está bien… Ella tiene derecho a buscar la felicidad y mi hijo ya no le servía para nada… Pero se hizo mala, lo maltrataba, lo regañaba y hasta le pegaba, pero como él no sentía… Y un día se fue. Me dijo que cuando él no estuviera se iba a quedar con la casa y que se iba a venir a vivir aquí con los niños, que son mis nietos, pero a mí me iba a tirar a la calle o me iba a meter en un asilo…”

El detective escuchaba sin decir una palabra. Doña Mirna, con voz temblorosa, seguía hablando.

“Por eso quise que mi hijo tuviera paz, señor –añadió–, para que no sea carga de nadie cuando yo ya no esté…”

“Pero… eso es un crimen”.

“No, mijo; no es un crimen. Crimen hubiera sido dejarlo a la buena de Dios… Mírele la espalda, llagada y con gusanos porque yo ya no podía limpiarlo. Huela bien y va a ver que se hizo del cuerpo desde hace días y a mí me cuesta asearlo… ¿Ve cómo estaba de flaco? Pues, porque yo ya no podía alimentarlo… No, mijo, no es un crimen… Mejor digamos que fue algo justo, para que no sufra él…”

“¿Y su nuera?”

Ella miró al agente.

“¿Qué va a decir?”

“La verdad, que yo lo maté… A mí ustedes me van a llevar a la cárcel, para que me muera allí, sin penas ni remordimientos, pero ella se va a quedar con la casa y con todo, y se me va a tirar encima como mi peor enemiga… Pero ya no me importa nada, mijo; ya mi muchacho descansa, ya no sufre, y a mí me queda poco tiempo…”

Doña Mirna hizo una pausa y luego, mirando el cuerpo esquelético de su hijo muerto, concluyó, suspirando:

“Lléveme, mijo; cumpla con su deber”.

El Deber
El detective esperó unos segundos, los segundos se hicieron minutos y, al fin, habló:

“Doña Mirna –le dijo a la anciana, que lloraba en silencio–, va a salir al corredor y se va a quedar con dos de mis compañeros; no va a hablar con nadie hasta que yo salga… ¿Entendido?”

“Sí”.

“Bien”.

La puerta se abrió, salió doña Mirna, el agente llamó a dos policías y les dijo algo que solo ellos escucharon, luego llamó a la nuera.

“Venga” –le dijo.

Esta entró como un huracán en la sala. El detective cerró la puerta.

“Vea” –le dijo.

La mujer dio un grito se llevó las manos a la boca.

“Ella lo mató” –dijo, después.

“Sí”.

“Maldita…”

“Quiero que me ayude” –le dijo el agente.

“¿A qué?”

“Usted se queda con la casa, con la finca y con todo, ¿verdad? Es su derecho”.

“Claro”.

“Y, ¿qué piensa hacer con todo esto? Se lo preguntó por curiosidad”.

“Venderlo, venderlo todo y con el pisto me voy mojada para Estados Unidos”.

“¿Y los niños?”

“Se los dejo a una hermana…”

“¡Qué bien!”.

Hubo un momento de silencio.

“¿En qué quiere que le ayude?” –dijo ella, poco después, mirando con cierta repugnancia el cadáver pálido y lleno de moscas que estaba en la cama.

“Hágame un favor” –le dijo el detective.

“¿Qué favor?”

“Saque el cuchillo despacio…”

“¿Yo?”

“Sí… Si puede”.

“Claro”.

La mujer, decidida, avanzó hacia la cama.

“Apriete fuerte la cacha y sáquelo despacio” –le dijo el detective.

La mujer obedeció. Apretó el mango del cuchillo con su mano izquierda y, después de ver al detective, lo jaló hacia arriba.

“Despacio” –le dijo el agente.

El cuchillo salió bañado en sangre.

“Ahora, déjelo caer al suelo”.

La mujer obedeció. El cuchillo chocó contra el piso, hizo un ruido sordo, salpicó de sangre dos o tres ladrillos y formó una línea roja con el lomo.

“¿Y ahora?” –preguntó la nuera.

El detective se agachó, recogió con dos dedos el cuchillo y lo guardó en una bolsa de plástico transparente.

“Ahora –le dijo a la mujer–, se va a ir usted de aquí, calladita, calladita, y no va a volver a poner un pie en esta casa. En el mango del cuchillo están sus huellas digitales, las de su mano izquierda porque usted es zurda, y si usted no se va, le voy a entregar este cuchillo al fiscal del Ministerio Público quien la va a acusar de parricidio, o sea, de haber asesinado a su esposo con este cuchillo, y como allí están sus huellas, el juez la va a mandar a la cárcel por más de treinta años… ¿Qué dice a eso?”

La mujer temblaba de miedo. Miró al detective, miró al muerto y, con desesperación, buscó la puerta de salida. Cuando llegó al corredor estaba pálida y muda. Nadie la volvió a ver. El detective salió detrás de ella. Llevaba la bolsa con el cuchillo ensangrentado debajo de la camisa.

“El hombre murió de muerte natural –dijo, dirigiéndose a sus compañeros, pero levantando la voz para que todos lo oyeran–. Hay que ayudarle a doña Mirna a enterrarlo”.

Doña Mirna llora. Ya no tiene nada qué decir. La cuajada con frijoles y tortillas calientes son una tentación que nadie puede resistir, y comemos un poco más, con café hirviendo, negro como el alma de la nuera.

“Creo que es la mejor acción que he hecho en mi vida –dice el detective–. Espero que Dios me la tome en cuenta en el último día”.