Crímenes

Dos escritores universales

Juan Ramón Molina y Rubén Darío, el escritor hondureño y el centroamericano más universales

FOTOGALERÍA
04.02.2017

Es indudable que la historia de Centroamérica es tan cercana que todo lo que sobresale en alguno de nuestros países es digno de celebración y admiración en los otros.

La literatura centroamericana está ligada por muchas razones, al igual que históricamente nos han unido las luchas independentistas, la solidaridad y hermandad de nuestros pueblos por geografía, por comercio, por rasgos culturales comunes, conflictos internos y muchas razones más que nos hacen una sola región.

Por eso celebramos a Rubén Darío, por haber puesto a Centroamérica en las grandes páginas de la historia de la literatura.

Juan Ramón Molina (Comayagüela, 1875-San Salvador, 1908) es el escritor hondureño más universal, fue pieza fundamental del modernismo y contemporáneo de Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 18 de enero de 1867-León, 6 de febrero de 1916), a quien conoció en obra y en persona, y quien puso la literatura centroamericana en la cúspide.

Poeta del mundo

En el caso de Darío, mi primer acercamiento me lleva a recordar mis primeras lecturas durante mis años de secundaria. En la biblioteca del Instituto José Trinidad Reyes de San Pedro Sula había un ejemplar de “Azul” de Rubén Darío, lectura obligatoria para un aspirante a lector. Junto a Neruda, Octavio Paz y César Vallejo, Darío fue de esos primeros atrevimientos. Años después durante mis estudios de literatura en la universidad volví a sus textos con otra valoración sobre su obra.

Rubén Darío representa a los centroamericanos como el más grande ícono en cualquier campo de las artes. Ningún acontecimiento humano en todo el ámbito del istmo ha sido tan invaluable como la obra del nicaragüense.

En Darío y en Molina, además de la convergencia en la búsqueda de la modernidad, búsqueda obcecada del modernismo que se consolidó en ellos, nos encontramos con que la actitud lírica del poeta es ese objeto desde el cual la infinitud de la vida, las vivencias y las nociones irreverentes de la existencia confluyen en los caracteres refinados de su obra.

Darío llegó alto, tan alto como le fue posible, o como el tiempo le permitió siempre hasta hoy, que deslegitimar su obra resultaría un asunto de blasfemia, nada fue tan grande como el hombre que descansa en León bajo la esfinge de un león en la catedral de una ciudad mítica de Nicaragua.

En cuanto a la contribución al lenguaje y a su estilo, Darío mantiene su nombre indeleble ante todos los sometimientos críticos y estéticos, su signo es a menudo irrefutable e inconfundible para establecer un referente firme y consciente de la historia de la literatura hispanoamericana.

Todos los elementos de la obra de Darío, la mayoría del origen clásico, convergen en cierta medida en posibilidades estéticas discernibles y artísticamente identificables para comprender el fenómeno de la naturaleza de la poesía dariana como algo que, en general, construye su diversidad discursiva a través del pensamiento y lo manifiesta en su obra de manera impecable.

Valioso aporte

La visión de la totalidad espacial de la obra de Darío nos lleva a problemas dialógicos estéticos que en su mayor parte consisten en elementos dogmáticamente asumidos que comparten con la imposibilidad a la cual solo él fue capaz de intuir y transmitir.

Darío asume el problema de la insignificancia desde un principio con valores estéticos y morales que sobrepasan su entorno: nadie entiende la asimilación que el poeta hace de su época. Las definiciones estructurales, la respuesta al contenido aplicando lo literario a momentos poéticos que reacentúan la comunicación discursiva.

El contenido, la desmembración de los procesos de comunicación establecidos o predominantes desde antes entre el poeta y el lector son olvidados. Juan Ramón Molina y Rubén Darío nos dan esa enseñanza de que todo es un continuo fluir de la palabra ante el objetivo de la asimilación de la belleza y perfección en los procesos anteriores.

Hablando de una manera lírica, sin destruir la importancia de estos autores casi gemelos, la obra artística indispensable de ambos cobra una vital importancia donde uno reafirma los límites externos de su realidad y el otro converge en un enunciado formal e histórico de todos los rasgos de su cotidianeidad más los rasgos clásicos: la belleza es una sombra de la perfección grecolatina.

A fondo

Las explicaciones sobre un hombre son solo dadas por los lineamientos de su propia época, a nosotros nos llegan conclusiones y postulados, sentimentalismo y cambios radicales que subestiman el origen de la obra de Darío.

En general, haciendo un acercamiento a la obra de los grandes autores del modernismo centroamericano, Darío resurge impune ante la salvedad del tiempo y Molina, bardo sombrío, quizá no en menor grado, comparte las opiniones dialógicas de la obra dariana, como una compleja relación de la palabra y el pensamiento, el discurso. De la palabra y el sentimiento. De la palabra a la belleza y a su desenlace finalmente estético.

Ante todo, el estilo es una variable intensificadora de los acontecimientos y representaciones fundamentales de una época donde solo los hombres más invaluables de nuestra tierra pudieron sobresalir sobre esa correlación histórica e iluminista de la literatura que es, finalmente, la poesía.