Periodismo de Impacto

Luz verde en medio de la selva

Un grupo de estudiantes y un profesor universitario crearon un proyecto denominado Plantalámparas, conoceló aquí
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24.06.2016

Lima, Perú
Nuevo Saposoa es una pequeña y muy humilde comunidad indígena de la selva peruana donde los ritmos de vida diario los rige la naturaleza. Solo se puede llegar a este lugar navegando durante cinco horas por río desde la ciudad de Pucallpa (en la región Ucayali, ubicada en el extremo oriental del Perú). Aquí viven 173 personas de la etnia shipibo-conibo, uno de los grupos indígenas más numerosos de este país pero, al mismo tiempo, uno de los más olvidados.

Aquí, decíamos, es el entorno natural el que ordena. Los árboles y arbustos proveen alimento y medicina, la tierra es fértil en cultivos de consumo diario como yuca y maíz, y el río ofrece una variedad impresionante de peces tropicales.

Pero también hay riesgos: en marzo de 2015 el río creció debido a las fuertes y prolongadas lluvias en los Andes, y se desbordó inundando todo a su paso. Las rústicas centrales eléctricas locales se dañaron, los cables se estropearon y Nuevo Saposoa perdió la escasa energía eléctrica que tenía. Un pueblo quedó a oscuras en medio de la Amazonía.

Un problema que a la distancia podría parecer simple (un pequeño caserío remoto sin luz), para quienes viven en ese lugar era un asunto de gravedad que había modificado sus rutinas. Difícilmente el Estado Peruano iba a intervenir eficazmente en el corto plazo, así que había que buscar otras alternativas.

Los adultos supieron adaptarse a la situación, porque las tareas en el campo se realizan de día; además, muchos de ellos ya han vivido varios años sin luz (de hecho, solo el 35% de la población de la región Ucayali tiene luz eléctrica). El problema mayor fue para los niños que van a la escuela y que en las noches realizan sus quehaceres y tareas. “Claro, pueden estudiar, pero con mechero [que utiliza kerosene y una mecha de tela], y eso afecta la vista y las vías respiratorias por el humo”, explica Jacquez, un enfermero que trabaja en el lugar.

ENERGÍA VEGETAL
La naturaleza originó este problema; es la naturaleza la que debía solucionarlo. Eso no lo sabían los pobladores de Nuevo Saposoa, pero lo pensaba un equipo de profesores y alumnos de la Universidad de Ingeniería y Tecnología (UTEC). La idea surgió en las aulas de esta universidad ubicada en Lima, la capital del país, pero había que ponerla a prueba en el campo. Luego de recorrer Nuevo Saposoa, tomar muestras de la tierra y el agua, y de hacer algunas pruebas, el proyecto se materializó con un nombre corto y efectivo: Plantalámparas.

Profesores y alumnos de varias facultades y especialidades de la Universidad de Ingeniería y Tecnología (UTEC) participaron del proyecto. Combinaron pacientes trabajos de campo con arduas pruebas de laboratorio. (Foto: Santiago Barco)

Elmer Ramírez, profesor de la UTEC, explica que las Plantalámparas son lámparas eficientes de bajo consumo (300 lúmenes) fabricadas a partir de la fotosíntesis de las plantas. 'La plantas toma del medio ambiente el CO2 (dióxido de carbono) y, debajo de la tierra, el agua y los minerales. A través de estos componentes, obtiene nutrientes para su desarrollo, pero los fabrica en exceso. La planta expulsa al terreno los nutrientes que le sobra y, en la interacción con diversos microorganismos en un complejo proceso electroquímico, genera electrones', explica Ramírez.

Luego continúa: 'Nosotros capturamos esos electrones a través de electrodos y los trasladamos a una batería. Esa batería, ya cargada, permite encender una lámpara eficiente de bajo consumo'. Una Plantalámpara puede durar dos horas encendida y se recarga siempre bajo el mismo proceso que hemos explicado. No solo es un producto amigable con el ambiente, sino inacabable.

Cuando el proyecto había dado resultados en el laboratorio, había que probarlo donde se iba a aplicar. Un grupo de profesores y estudiantes de la UTEC viajaron a Ucayali, tomaron una embarcación en el río y navegaron hasta llegar a Nuevo Saposoa. Cuando reunieron a los pobladores –los más entusiastas eran los niños, como suele ser- y les explicaron el proceso por el cual una planta, como las miles que rodean este lugar, podía generar luz eléctrica, había cierta desconfianza. Cuando se realizaron las pruebas y el primer foco se encendió, lo que hubo fueron risas nerviosas, como si se tratara de un acto de magia y no ciencia.

“Es una energía renovable que tiene mucho que dar, puesto que tenemos plantas en todo el mundo”, explica Marcello Gianino, un joven alumno de esta universidad. Una compañera suya, Lauren Wong, resume así su satisfacción: “La parte más bonita es ver el impacto que tienen nuestras obras, nuestro esfuerzo, y cómo esto sirve a los demás”.

Los resultados en la vida de diaria de los habitantes de Nuevo Saposoa ya comienzan a sentirse. Por lo pronto, varios niños esperan terminar la escuela para estudiar alguna carrera universitaria relacionada a la energía y el medio ambiente. Cuando eso ocurra, el ciclo se habrá completado.