Reportajes

Luisa no tenía amigos solo porque tartamudeaba pero... algo asombroso le pasó

Desgraciadamente, Luisa no tenía amigas, ya que las demás niñas la consideraban “un bicho raro” y, o se burlaban de ella
06.03.2020

Un cuento escrito por: María Jesús Castillejo

La pequeña Luisa, de 8 años, vivía con sus padres y su hermano Carlos, de 4. La niña acudía junto con su hermanito a un colegio público y, aunque le encantaba estudiar, desde hacía algún tiempo odiaba ir cada día a la escuela. Y es que a Luisa le pasaba una cosa importante: cada vez que intentaba hablar, sobre todo si estaba nerviosa, tartamudeaba.

Ello le había convertido en el blanco de las burlas de los demás niños y niñas, por lo que acabó optando por dejar de hablar. Como consecuencia, los gamberros “graciosos” de turno le pusieron enseguida el apodo de “la Mudita”, mote que se extendió como un virus tanto por el centro escolar como por todo el barrio, a pesar de los esfuerzos de los adultos, padres y profesores, para intentar frenar las burlas y la discriminación

De esta forma, desgraciadamente, Luisa no tenía amigas, ya que las demás niñas la consideraban “un bicho raro” y, o se burlaban de ella, o no le hacían ni caso. En el colegio, para colmo, a menudo cuando llegaba la hora del recreo los otros alumnos le hacían “el vacío”. Es decir, no le hablaban ni jugaban con ella.

Por eso, cuando llegaba el descanso y el alumnado salía al patio del centro escolar, Luisa se sentaba sola en un rincón y almorzaba despacio, mirando de reojo, con cierta envidia y no poca tristeza, como jugaban los demás. Al principio fantaseaba con que, de repente, alguna compañera se acercaba y la invitaba a jugar, pero pronto dejó de soñar con ello. Entonces empezó a imaginar otras historias.

Por ejemplo, que, de pronto, del cielo descendía una nave espacial extraterrestre que la “abducía” y se la llevaba de viaje por infinitas galaxias. O que se abría en el aire mágicamente una puertecilla y el conejo de Alicia en el País de las Maravillas la arrastraba hacia dentro y ambos desaparecían en el interior del cuento...

Y es que Luisa tenía otra peculiaridad: amaba apasionadamente la lectura. Devoraba cómic, cuentos, libros... todo cuanto caía en sus manos. Las palabras escritas eran sus grandes amigas. Ademas, los libros no solo le servían para evadirse de una realidad dura y triste. También le permitían desarrollar habilidades cada vez mayores y mejores en memoria, imaginación, vocabulario..., lo que le venía de perlas a la hora de estudiar. Por eso, Luisa sacaba muy buenas notas y sus padres estaban muy contentos con ella.

Pero, sobre todo, sobre todo, gracias a la lectura Luisa disfrutaba de un mundo secreto maravillosooooooooo. Cada vez que se zambullía en un cuento emprendía un viaje fantaaaaaaástico e inolvidableeeeee lleno de aventuras y de personajes interesantes.

Así, con Hänsel y Gretel, Luisa acompañaba a los dos hermanitos abandonados en el bosque cuando dejaban un rastro blanco con guijarros y descubrían la casita hecha de pan, bizcocho y azúcar en la que vivía la malvada vieja bruja que se los intentaba comer... O en La Sirenita, la niña viajaba a un palacio 'en el fondo del más azul de los océanos' donde vivían el Rey del Mar y sus cinco bellas hijas sirenas. Alli escuchaba la maravillosa voz de la más joven, la Sirenita, cuando cantaba con su arpa rodeada de peces, caballitos de mar, medusas y todo tipo de animales de las bellas aguas, mientras soñaba con salir a la superficie para conocer el mundo de los hombres...

Y si leía Alí Babá y los Cuarenta Ladrones, Luisa se trasladaba a una lejana ciudad persa, donde vivían dos hermanos huérfanos y muy pobres, Kassim, ambicioso y poco trabajador, y Alí Babá, todo lo contrario. En aquel lugar conocía una cueva del tesoro a la que podía entrar pronunciando las palabras mágicas '¡Sésamo, ábrete!'.

Muy divertidas eran también las aventuras que la niña recorría cuando leía cómic, como los de Tintín: El Secreto del Unicornio, La isla negra,Tintín en el Tibet, Aterrizaje en la Luna... y así multitud de historias creadas por Hergé en las que Luisa viajaba con el intrépido reportero Tintín y su inseparable perrito Milú por numerosos y exóticos lugares, resolviendo complicados rompecabezas...

Por otro lado, si Luisa se zambullía en las páginas de Siete ratones ciegos (Ed Young), seguía con los siete animalitos el recorrido para averiguar qué cosa es ese Algo Muy Raro que está en el estanque, mientras que si leía El cielo de Afganistán (Ana A. de Eulate- Sonja Wimmer), viajaba con la protagonista a dicho país y soñaba con ella sus sueños de volar tan alto como una cometa en el cielo, sobre todo la “cometa luminosa de la paz”...

Ademas, cuando leía en euskera, por ejemplo, Nur eta dortoken uhartea, de Toti Martínez de Lezea, se lo pasaba pipa con las aventuras de la protagonista y sus amigos y el gnomo irlandés de nombre Finn que un día apareció en la papelera de la casa de la abuela de Nur... Lo mismo ocurría con montones y montones de historias...

Y llegan las palabras...

Tan amigas suyas eran las palabras escritas, que un día éstas, preocupadas por Luisa y sus desventuras en el mundo de los humanos, decidieron acudir en su ayuda. Así, una tarde que la niña terminaba los deberes escolares en su habitación oyó un estruendo. Cuando miró alrededor, vio que de la estantería donde guardaba sus libros de cuentos se había caído uno de ellos al suelo. “Qué raro”, pensó. La ventana estaba cerrada y, por lo tanto, la caída no parecía causada por un golpe de viento...

Cuando fue a recoger el libro, observó que estaba abierto de par en par justo en el cuento de La Cenicienta y algo la llamó a leerlo inmediatamente. No pudo resistirse y se sentó allí mismo, en el suelo, devorando una a una las páginas del relato. Cuando llegó a la parte en que la protagonista está muy triste porque sus malvadas madrastra y hermanastras van a ir al baile del palacio y ella no, oyó un potente susurro que salía de las hojas del libro. “¡Luisa! ¡Luisa!...”.

Asustada, la niña dio un respingo y soltó el libro, que cayó al suelo y quedó abierto exactamente en las páginas que estaba leyendo. Para su asombro, de ellas empezó a brotar una luz muy hermosa y a continuación apareció, flotando en el aire, el hada Madrina de La Cenicienta, con su inseparable varita mágica. La niña, muda por la sorpresa, no supo qué decir. El hada sonrió:

- No te asustes, Luisa. Vengo de parte de todos los cuentos que tanto te gustan.

Queremos ayudarte. - ¿A mí? ¿Por qué? - Porque te queremos. Vamos a echarte una mano para que dejen de meterse

contigo. Ya verás, será una sorpresa.

Dicho esto, el hada Madrina desapareció y el libro de cuentos se cerró de golpe. Luisa no daba crédito a lo que había vivido y esa noche apenas pudo pegar ojo. Al día siguiente se levantó temprano para ir al colegio especialmente nerviosa sabiendo que tenía nada menos que el favor de un hada madrina. ¿Qué haría por ella con su varita mágica...?

La mañana en el cole fue transcurriendo con normalidad hasta que, al llegar la hora del recreo, varias niñas comenzaron a burlarse de ella, como solía ser habitual. Pero nada más empezar con las mofas, unas niñas se quedaron completamente sin voz y otras empezaron a escupir unas feas ranitas verdes de sus bocas. Huyeron despavoridas pidiendo ayuda, pero nadie quería acercarse a ellas por si se trataba de algo contagioso.

Un rato más tarde, mientras Luisa estaba en clase, un alumno que se sentaba detrás de ella empezó a tirarle bolas de papel y trozos de goma de borrar. Cuando la niña se volvió, enfadada, observó con sorpresa que, de repente, una pila de libros de una estantería cercana se volcó sobre el gamberro haciéndole caer de culo en el suelo, aunque sin hacerle apenas daño, pero provocando la risa general de la clase.

Poco después, a la hora del recreo, algunos alumnos que jugaban al fútbol empezaron a pegarle balonazos a Luisa, supuestamente sin querer. Para sorpresa de los acosadores,

el balón se desinfló repentinamente y cayó como muerto en el suelo, por lo que se quedaron sin poder seguir jugando el partido.

Un poco más allá, unas niñas jugaban a la goma, cantando. Luisa se quedó mirándolas pero, como siempre, no la invitaron a participar. Para asombro de las jugadoras, de pronto la goma se rompió en un montón de trozos, quedando totalmente inutilizable...

En los días siguientes, cada vez que cualquier niño o niña intentaba meterse con Luisa o hacerle el vacío, ocurría algo mágico que se volvía contra el acosador o los acosadores. Pronto se corrió la voz de que era mejor no burlarse de “la Mudita”, so pena de acabar sufriendo burlas peores. Así, poco a poco, todos empezaron a dejarla en paz. Al mismo tiempo, Luisa, contenta, empezó a perder el miedo y comenzó a hablar y a expresarse más y mejor, tartamudeando cada vez menos, y demostrando a todo el mundo que de mudita no tenía nada. Con todo ello, fueron cesando también los eventos mágicos.

Por supuesto, la niña nunca dejó de viajar a través de los libros, que fueron ya sus mejores amigos para siempre jamás. Dicen que, ademas, Luisa fue una gran escritora.



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