El Salvador
.Elegido entre los mejores finales del teatro catracho, el último sello que la Bicolor le puso al pasaporte rumbo a Sudáfrica tuvo los 60 segundos finales más conmovedores y dramáticos de los últimos 28 años...
Y es que si esta crónica tendría que seguir en inglés, bien diría "Thank you, Bornstein", en letras de oro (elevando un monumento al lateral estadounidense que anotó el 2-2 ante Costa Rica en el infartante minuto 90); pero seguirá en español, ese español "hondureñizado" que toca el miocardio y se encapricha en tolerar la moral dañada (subiendo al primer lugar del podio de honor a Carlos Pavón, odiado hace tan poco), que sabe disimular un horrible primer tiempo (con ningún tiro al marco y con una mediacancha que dejaba de existir con la misma facilidad con la que Amado, el Rambo y Wilson regalaban todas las bolas que tocaban) y que escribe el guión perfecto para hacer el gol que encaminaba el milagro (al minuto 63, Edgar ve solo a David, que atina a centrar y encontrar la cabecita dorada de la Sombra Voladora, el Carlos Pavón que dobla su cabeza y deja sin chances a Miguel Montes para gritar su gol 55 con la H)...
No apto para los hipertensos, lo que se venía solamente podía caber en el corazón de una nación entregada a su máxima religión, un pueblo que se quedaba sin uñas y que maldecía cada vez que los gringos llegaban sin lastimar al área visitante.
Se jugaba en dos canchas
Ocho minutos después (al 71 del encuentro que se disputaba en el RFK), Michael Bradley gritaba el 1-2 y empujaba la misión, que ya no dependía de la Bicolor, sino de Estados Unidos, ni más ni menos.
Los hondureños se prendían del televisor y casi nadie advertía el cerco que El Salvador tendía sobre cancha hondureña, engrandeciendo la figura de Noel Valladares y hasta de los inexpertos Erick Norales y Johny Palacios, verdaderos titanes en la zaga central; Dani Turcios, Carlo Costly y Hendry Thomas se sumaban a la causa y el equipo de todos rechazaba, contradecía el control guanaco, resistía, aguantaba, sufría...
Todo pasaba al mismo tiempo que, en Washington, Estados Unidos arrinconaba a Costa Rica, hasta que el bendito Jonathan Bornstein se inventaba un cabezazo que fue gritado más por los hondureños que por los mismos gringos...
Así. Tal cual. Como lo quiso la historia de una sociedad sufrida, como Rueda y su pandilla lo tenían planificado: con un nudo en el corazón y con una garganta que explotaba y enrojecía con este colorín colorado... que a Sudáfrica hemos llegado.
De la mano de Reinaldo Rueda, la Bicolor clasificó a su segundo mundial, tras concurrir al de España 82, bajo las órdenes de Chelato Uclés.