Bajo el manto de la impunidad

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
ElHeraldo.hn

Honduras

10.10.2009 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Doña Beatriz. La mañana del 22 de marzo de 2009 fue una de esas mañanas pesadas y calurosas del verano, llena de sol, de polvo y del bullicio de la gente que invade el mercado desde temprano. Doña Beatriz barría la acera de su negocio, acababa de abrir y se preparaba para un día más de trabajo; su hija estaba adentro, lista también para trabajar como lo habían hecho desde hacía muchos años. Eran ocho hijos los de doña Beatriz y darles lo que necesitaban implicaba un esfuerzo doble, quizá hasta triple, y ella no se rendía jamás. Los amaba y nunca dejaría de luchar, al menos hasta que Alex, el menor, saliera de la universidad, si es que quería estudiar, o hasta que fuera todo un hombre. Doña Beatriz era una buena madre. Pero aquellos eran los últimos momentos de su vida, una vida ejemplar, digna, sufrida, llena de lágrimas, de sacrificios, esfuerzos e ilusiones, pero llena del amor de sus hijos. Una vida que ella vivía a plenitud.

Dicen dos testigos que la moto se acercó despacio, pegándose a la acera; en ella iban dos hombres aparentemente jóvenes. Ya habían pasado la primera vez y se estacionaron unos minutos en la esquina, como si esperaran algo. Uno de ellos, el que iba atrás, tenía el casco levantado, apoyado en la frente, y dejaba ver su rostro delgado, con bigote negro, de labios gruesos y dientes sucios, hablaba de vez en cuando son su compañero y miraba con insistencia hacia la cuesta "El Centavo".

A primera vista no hacían nada anormal. Uno de los testigos dice que no se dio cuenta cuando se acomodó el casco sobre la cara pero que cuando volvió a verlo, ya solo se le veían los ojos a través de la visera levantada. Eran unos ojos negros y achinados que brillaban como si el dueño estuviera drogado. En ese momento la moto empezó a moverse despacio, subiendo la calle polvorienta. No la vio detenerse, pero el estallido de varios disparos lo hizo voltear a ver hacia arriba. La moto se había detenido frente a una mujer que barría una acera, el hombre que iba atrás estaba de pie, disparándole casi a quemarropa. Vio a la mujer tambalearse, dar dos gritos y caer al suelo llena de sangre, luego el asesino se acercó a ella y le disparó varias veces en la cabeza; en ese momento salió a la puerta la hija de la señora, el asesino le disparó y ella se escondió adentro del negocio. Un segundo después, el hombre saltó a la parte de atrás de la moto, esta dio un respingo hacia adelante y desapareció en la cuesta unos segundos después. Doña Beatriz murió de inmediato. La policía no tardó en llegar a la escena del crimen.

LA HIPÓTESIS. Las versiones de los testigos entrevistados por los agentes de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), coincidían en muchos puntos. La dinámica del crimen era la típica de los asesinatos por encargo y la información que le dio a la policía la familia de la víctima fue suficiente para iniciar la investigación. Sin embargo, siete meses después, el caso está engavetado. Hay quien dice que alguien poderoso dentro de la policía ordenó detener las investigaciones, otro especula que es necesario aportar una especie de apoyo especial a los detectives para que terminen las investigaciones y aún hay quien asegura que la sección de Homicidios tiene tantos casos y tan pocos agentes que no pueden dedicarse por completo a investigar un solo crimen. Tres posiciones tan indignas como absurdas.

LAS EVIDENCIAS. El mismo día del crimen la policía tuvo en sus manos una lista de sospechosos que, poco a poco, se han ido descartando, hasta tener la certeza de quién es el autor intelectual de la muerte de doña Beatriz. Ahora bien, probarlo es tan difícil como caminar sobre el agua, sobre todo porque todavía no se ha encontrado la punta de la madeja: el asesino de la motocicleta. Aunque los testigos lo reconocen, han dado un nombre y hasta el apodo y hay quienes han entregado algunos datos sobre su posible ubicación, el expediente sigue llenándose de polvo en la DNIC, la orden de captura es una hoja de papel más en los archivos y el asesino sigue campante en la calle, delinquiendo y llevando luto, dolor y sufrimiento a más familias. Y ¿el autor intelectual? Bien, gracias. Aunque las sospechas recaen sobre él, sigue viviendo tranquilamente, sin cargos de conciencia y con la seguridad de que la justicia no lo alcanzará jamás. Uno de los detectives consultados dice que este caso es casi imposible de resolver y que está casi seguro de que quedará en la impunidad. Él sabe lo que dice.

EL CASO DE JESSICA. Cuando la encontraron muerta en una caja de televisor, en una calle de La Ceiba, los detectives creyeron que el asesinato de Jessica se resolvería rápidamente, que encontrarían al criminal y que lo llevarían a la cárcel. Estaban equivocados. Aunque las evidencias los llevaron casi de inmediato a dos potenciales sospechosos, pronto descartaron a uno de ellos, a pesar de que encontraron semen suyo en la vagina de la muerta y a pesar de que él declaró que, en efecto, estuvo con ella poco tiempo antes de que la asesinaran; era su novia y la amaba. Él deseaba casarse con ella. En el cuerpo de la muchacha había suficientes evidencias como para hundir al criminal mil años en la penitenciaría y fueron estas mismas evidencias las que libraron de culpa al primer sospechoso. Pero quedaba uno. El portero del edificio de apartamentos donde vivía Jessica dijo que vio entrar al licenciado a eso de las ocho de la noche, pero que no lo vio salir ni escuchó ni vio nada anormal en el edificio esa noche. Supo que la muchacha estaba muerta por los periódicos. Nada más.

LAS EVIDENCIAS. Eran muchas mordidas, hechas con furia; algunas rompieron la piel pero no sangraron, lo que indicaba, según el forense, que fueron hechas después de que la muchacha había muerto. Cuando las vieron, los detectives sonrieron satisfechos. Era cosa de encontrar al dueño de aquellos dientes que tan bien marcados estaban en la piel de la víctima. Parecía un caso rutinario. El patrón dental de un individuo es casi como sus huellas digitales. ¿Quién visitaba a Jessica? Era de suponer que la asesinaron en su apartamento, que la caja de televisor debió estar cerca de allí y que el asesino la conocía muy bien. ¿Por qué la mató?

El forense encontró semen en su vagina, el primer sospechoso aceptó que era suyo y se sometió voluntariamente a cualquier prueba que la Fiscalía dispusiera; algunos conocidos de Jessica dijeron que iba a casarse con el único novio que ella les había presentado, un licenciado encopetado, vanidoso y prepotente que era un alto funcionario del gobierno, el mismo que aseguraba el guardia del edificio que vio entrar a eso de las ocho de la noche el día anterior a que encontraran el cuerpo. El primer sospechoso dijo que se fue del apartamento de Jessica unos minutos antes de las ocho. Ella era tan apasionada que disfrutaba el amor muy intensamente. Entonces los detectives dedujeron que la muchacha descansaba en su cama, inocente de que su novio oficial iba a visitarla; este entró con su propia llave, se acercó a ella, talvez la encontró desnuda, adormilada, vio semen entre sus piernas y supo que ella lo engañaba. Enfurecido, le bastó un balazo en el pecho para quitarle la vida. Luego sació su furia mordiéndola con toda la fuerza que pudo, hasta que se detuvo a pensar cómo deshacerse del cadáver. La metió en la caja, la bajó como pudo y abandonó el cuerpo en el lugar donde lo halló la policía. Pero llegó el momento en que se dio cuenta de que había cometido un error no solo garrafal, sino también imperdonable; mejor dicho, varios errores. Las mordidas quedaron tan claras en la piel de su víctima que eran el mejor camino por el que la policía llegaría hasta él.

Algunas amigas de Jessica lo conocían, algunos detectives de la DNIC eran demasiado acuciosos como para no pedirle, por favor, señor funcionario, que les facilitara una muestra de su patrón dental, solo para llenar el expediente, y entonces supo que tenía que corregir el entuerto. Se enfermó de gingivitis aguda mezclada con escorbuto y perdió todos los dientes, todos. Un día antes, el padre de Jessica asesinó a balazos al primer sospechoso, en el taxi que manejaba, en una calle de La Ceiba, seguro de que él era el asesino de su hija. Ahora sabe que cometió una injusticia, que el asesino de su hija es otro y está escondido, huyendo porque la policía lo busca por asesinato y sabe que le esperan al menos treinta años en la cárcel. Mientras, los detectives se sienten frustrados. Algunas muestras de saliva que tomaron del cadáver, se perdieron sabe Dios cómo; algunos vasos con huellas digitales recogidos en el apartamento de Jessica también se esfumaron y la bala asesina, un proyectil de nueve milímetros encontrado por el forense en el pecho de la muchacha, también desapareció. ¿Cómo pudo suceder esto? El señor funcionario es un hombre muy listo.

Los detectives saben que el crimen de Jessica quedará sin resolver, aunque tienen la certeza de quién es el asesino, como en el caso de doña Beatriz, que saben quién pagó los cincuenta mil lempiras para que la asesinaran, saben quién es el asesino, tienen identificado al hombre que conducía la motocicleta y casi están seguros de donde vive el criminal. Talvez este caso sí se resuelva pronto. Lo peor sería que quede para siempre bajo el manto de la impunidad, como el caso de la vendedora de tortillas, la niña de trece años a la que violó y asesinó el hijo un "señor coronel" en un arranque de pasión loca, influenciada por las drogas, la prepotencia y el alcohol. Después de estrangularla, le pasó su 4X4 por encima, varias veces, le tomó algunas fotografías y se las enseñó a algunos amigos. La policía lo supo, pero el "señor coronel" es poderoso y con mucho dinero. Bien dicen que los instrumentos del poder deben estar en manos de quien sabe usarlos.

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