Carmilla Wyler
Viernes 13 de enero de 2012

En la escena del crimen

05:51 pm  - Carmilla Wyler 

Un detective de Homicidios resuelve un misterio en la propia escena del crimen

Tegucigalpa,

Honduras

CRIMEN. Una madrugada calurosa de mediados de dos mil diez, la Policía fue avisada de que en una calle de tierra, cerca del mercado Zonal Belén, estaba tirado el cadáver de un hombre de unos cuarenta años, no muy alto y delgado, quien al parecer había sido asesinado a puñaladas en aquel mismo sitio unas horas antes.

Estaba boca arriba, con el terror pintado en los ojos abiertos, y yacía en una parte oscura de la calle sobre un charco de su propia sangre. Conforme el sol iba subiendo en el cielo, los curiosos iban aumentando. Unos minutos después de la llamada, dos policías motorizados llegaron a la escena y empezaron por alejar a la gente y proteger el sitio hasta que llegaran los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).

Cuando llegaron los expertos de Medicina Forense, se supo que la víctima había sido asesinada poco después de la medianoche y que había muerto desangrada, a pesar de las heridas que tenía cerca de la tetilla izquierda y que, seguramente, le lesionaron el corazón. Pero eso se iba a confirmar en la autopsia. Ahora el trabajo le correspondía a la DNIC.
PREGUNTAS. Nadie sabía cómo se llamaba la víctima, pero los detectives de campo encontraron entre los curiosos a un hombre, mejor dicho, un remedo de hombre, alcoholizado, vestido con harapos, con el pelo y la barba hirsutos, con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas que les dijo que al muerto le decían “Caña fresca”.

“¿Usted lo conocía bien?”

La pregunta era directa, sin embargo, el hombre no pareció entenderla al principio.
“¿Usted conocía a Caña fresca?” –repitió el detective, casi deletreando la frase.
El hombre movió la cabeza para contestar que sí.
“¿Cuándo lo vio vivo por última vez?”
El hombre eructó vapor alcohólico, subió los hombros y dijo que no recordaba nada, que “Caña fresca” era un patero, como él, que se llevaba cargando bultos y botando basura en el mercado del Mayoreo para ganarse la vida, que no eran amigos, amigos, pero que sabía que no se metía con nadie y que su único pecado era el vicio. Dijo, al final, que no podía decir quién pudo haberlo matado y que no sabía si tenía familia.
“Y, aunque tengamos familia, ¿quién nos va a querer si por este vicio maldito todo el mundo nos odia?”
Varias personas más confirmaron el apodo del muerto y el oficio con el que se mantenía en el mercado, y los detectives quedaron como al inicio.
LA ESCENA. El cadáver estaba boca arriba, tenía los ojos abiertos, vidriosos y aterrorizados, los dientes apretados, seguramente por el dolor, y los brazos extendidos atrás de la cabeza.

El forense contó cuarenta y dos heridas de arma blanca, aunque podrían ser más por las veces en que el arma asesina cayó en el mismo sitio, todas en el pecho y el abdomen. A pesar de la cantidad de heridas, la muerte no fue inmediata y, al parecer, el corazón siguió latiendo hasta que toda la sangre salió del cuerpo. Los detectives estudiaban la escena. Uno de ellos tomaba nota en una libreta de apuntes.
“Creo que el arma asesina es un cuchillo –dijo el detective a cargo–, probablemente un cuchillo de cocina. Las heridas son anchas como para que pensemos en una daga o en un puñal. Además, un cuchillo es un arma barata, accesible para cualquiera que no gana mucho al día pero que necesita estar armado…”.
“¿De quién estamos hablando?”
“Creo que de otro indigente como él, quizás un cargador de bultos…”
“¿Por qué?”

“Por la fuerza con que fueron hechas las heridas… La mayoría están en el pecho, el cuchillo debe estar bien afilado, hay muchas heridas horizontales y son heridas profundas, que cortaron las costillas sin dificultad, y para esto se necesita mucha fuerza del asesino… Y, por lo general, estos hombres son muy fuertes…”.
“¿Y el motivo del crimen?”
“La cólera. Más de cuarenta heridas nos dicen que el asesino estaba cegado por la cólera… Y en este punto hay que saber diferenciar la cólera repentina de la cólera que provoca el odio… El odio, en la mayoría de los casos, nos lleva a un asesinato; este es un homicidio”.
“¿Qué pudo hacer la víctima para que el asesino se enfureciera tanto con él?”
“Esta gente es muy sensible. Cualquier cosa, por inofensiva que parezca, es para ellos una ofensa grave… Creo, además, que el asesino estaba alcoholizado, y que no actuó solo”.
Hubo un momento de silencio. El murmullo de los curiosos se mezclaba al ruido de los motores y al bullicio de la gente que empezaba a tomarse las calles; los periodistas y los camarógrafos chocaban entre sí por lograr la mejor toma y los detectives de la DNIC trataban, por todos los medios, de proteger la escena del crimen.

Por desgracia, por más cursos, charlas y seminarios que la Policía imparte, nadie se acuerda que la escena del crimen se puede contaminar fácilmente y que la mejor forma de colaborar con la Policía es cuidando que no se pierda ni se dañe nada que pueda ser una pista que sirva para la solución de un caso. “Cosas veredes, Sancho, amigo, que farán fablar las piedras”.
Tesis. El detective siguió en silencio por largos segundos. Se acercó al cadáver, se levantó, se agachó una vez más, tomó las manos heladas en las suyas y las quedó mirando por largo rato. Al cabo, dijo:

“¿Por qué decimos que el asesino no actuó solo? ¿Ven los brazos de la víctima? Están tirados hacia atrás de la cabeza, en una línea casi paralela; en las muñecas hay huellas de apretones y, si no me equivoco, de dedos largos y delgados, y de aruñones. Creo que el cómplice del asesino tiene las uñas largas. Este lo sostuvo por detrás, inmovilizándole los brazos, mientras el otro lo acuchillaba. Hay un detalle importante, en las uñas de la víctima hay sangre y lo que creo que son restos de piel. Creo que aruñó al que lo estaba deteniendo y esto va a servirnos para identificar a los criminales. Además, creo que la sangre en los dedos no es de la víctima… Los brazos quedaron extendidos hacia atrás y, quizás, los soltaron cuando ya el hombre no se movía, por eso no se tocó las heridas ni se manchó las manos con su propia sangre. Y esto será el gran error de los asesinos. Por supuesto, tenemos que actuar sin perder el tiempo.”
ATRÁS. El detective se puso de pie. La víctima estaba sin camisa y tenía la espalda lacerada, el pantalón, asegurado a la cintura por un cordón de nailon, estaba a media nalga y el único zapato que calzaba estaba roto en la parte del calcañal. El detective volvió a hablar.

“A este hombre lo arrastraron por un largo trecho. Empezaron arrastrándolo en el concreto y así lo trajeron hasta aquí. Tiene una herida profunda en la piel, en el tendón de Aquiles, que pudo haberse hecho en algo filoso, como un bordillo de cemento, por ejemplo, y quizás allí perdió el zapato. Preparen dos grupos para trabajo de campo…”.
Varios minutos más tarde, el detective volvió a abrir la boca.

Había caminado hacia adelante del cadáver, por la calle de tierra. A pesar de los curiosos, se podían ver dos huellas, dos líneas grabadas en la arena que terminaban casi a los pies de “Caña fresca”.
“Si no me equivoco, hay sangre en las piedras de la calle. Si nos fijamos bien, el talón sangró bastante y las huellas que dejó nos dice de qué dirección lo trajeron. Quiero que dos grupos hagan trabajo de campo: van a buscar un zapato, el tenis que le hace falta a la víctima; un grupo va hacia arriba, por el bulevar, y el otro hacia abajo. Talvez encuentran señales de sangre. Todavía es temprano”.
“Si la víctima perdió el zapato en el bulevar, no creo que lo encontremos”.
“¿Lo decís por los barrenderos de la Alcaldía?
“Sí”.
“Es posible. Ellos trabajan desde temprano. Pero algo van a encontrar… Algo que nos sirva… Y no se les olvide buscar una cantina, un bar de mala muerte o un expendio… Si los asesinos trajeron a “Caña fresca” hasta aquí para matarlo, es porque estaban en público, “Caña fresca” hizo algo que enfureció a los criminales, y estos lo arrastraron hasta este sitio… Creo que si tenían intención de matarlo, lo habrían buscado donde dormía “Caña fresca”, y no se hubieran tomado la molestia de traerlo hasta aquí. Lo encuentran, lo atacan, lo matan, y escapan… Pero traerlo hasta aquí es otra dinámica de crimen y, ojalá sea así, creo no estar equivocado…”.
SEÑALES. Media hora después, un grupo de detectives regresaba con buenas noticias. Aunque no encontraron el zapato de la víctima, encontraron restos de sangre, o lo que a primera vista parecía ser sangre, en un bordillo de cemento, casi cien metros más abajo. Las señales de sangre desaparecían de pronto para aparecer más adelante, y las últimas estaban, casi invisibles, en la acera de una tienda, en la entrada de la calle de tierra donde asesinaron a “Caña fresca”. Pero había algo más.

A unos quince metros de la huella del bordillo, estaba una cantina, un pequeño bar disfrazado de cafetería. El detective hizo que lo llevaran hasta allí. Estaba cerrado. Cuando la dueña abrió la puerta, los ojos legañosos casi se salen de sus órbitas.
“¡Aquí no pasó nada! –gritó– ¡Ustedes nada tienen que buscar en mi negocio!
“Anoche mataron a un hombre que sacaron a la fuerza de su negocio, señora. Le decían ‘Caña fresca’ y creo que era su cliente”.
La mujer dejó caer la quijada.
“Lo mataron?”
“Sí, lo mataron, y creemos que usted sabe quiénes son los asesinos…”.
“Yo no sé nada”.
“Sí sabe. Quiero que nos diga por qué pelearon con ‘Caña fresca’…”.
La mujer tembló de pies a cabeza. Esperó unos segundos antes de contestar, bajó una silla de una mesa y se sentó, abatida.
“‘Caña fresca’ no se metía con nadie”.
“Lo sabemos, señora, por eso queremos encontrar a los asesinos…”.
“Anoche, dos de sus amigos de chupa se pelearon con él… Él no los quiso invitar a tomar un trago y uno de ellos lo escupió, él se enojó y se quitó la camisa para pelearse con él… Pero ellos eran dos… ‘Caña fresca’ le escupió la cara a uno de ellos, y los tres se salieron a la calle… De ahí no sé nada más… ¡Lo mataron!”.
“¿Quiénes son los dos hombres?”
“Mire, señor, yo no los conozco por nombres, solo por sus apodos. A uno le dicen ‘el Flaco’ y al otro, ‘el Chaparro’, el ‘Destroyer’…”.
“¿Usted sabe dónde los podemos encontrar?”
“Allí, en el Mayoreo; allí se llevan cargando bultos… Yo no les he dicho nada… Yo no quiero líos con esa gente”.
Cacería. La DNIC ya nada tenía que hacer en la escena del crimen y los técnicos de Medicina Forense se llevaron el cadáver. Ahora tenían que localizar a los asesinos.

Antes de las diez de la mañana, un hombre que tenía un puesto de verduras les dijo a los detectives que “el Flaco” andaba “en el dron, botando basura”. Diez minutos después regresó. Los detectives se escondieron entre la gente. Uno de ellos se acercó a él. Tenía varios aruñones en los brazos, justo atrás de las muñecas. Eran aruñones recientes. Dos detectives lo rodearon y uno de ellos lo apuntó con una pistola a la cabeza. “El Flaco” quiso correr. Una zancadilla lo tiró al suelo y lo esposaron con las manos hacia atrás.
“¡Yo no lo maté! ¡Yo no lo maté! Fue ‘el Destroyer’… Fue ‘el Destroyer’…”.
“¿Dónde está ‘el Destroyer’?”
“No sé. Si no está en Las Crucitas o en El Chiverito se fue para San Pedro… Dijo que se iba a ir por un tiempo…”.
“¿Vos tenías agarrado a ‘Caña fresca’ de las manos cuando ‘el Destroyer’ lo mataba?”
“Sí, es que ‘el Destroyer’ me amenazó con matarme si me corría… Él lo mató…”.
“¿Por qué lo mató?”
“Es que ‘Caña fresca’ lo escupió y no lo quiso invitar a un trago de guaro”.
“¿Vos sabés dónde está ‘el Destroyer’?”
“No sé…”.
“Vas a ir con nosotros a Las Crucitas y al Chiverito y nos lo vas a enseñar… Si nos ayudás te podemos ayudar…”.
FINAL. Al “Destroyer” se lo tragó la tierra. “El Flaco” es un reo modelo. Vive fuera de este mundo. Se cree que un hombre, un alcohólico que encontraron muerto cerca del cementerio general meses después, era el “Destroyer”, pero no hay nadie que lo reconozca. Dicen que “el Flaco” debe ser bendecido con la acogedora piedad del manicomio.

Ver más noticias

Las noticias más

comentadas

vistas

Edición Impresa      30/05/2012

Banda Osorio acusada de secuestro agravado

ver la edición en pdf