Un depredador de verde olivo
06:20 pm - Carmilla Wyler
Varios homosexuales han sido asesinados en una orgía de sangre que la DNIC está obligada a detener. Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres y se han omitido algunos detalles
Honduras
El ocho de noviembre de dos mil diez era un día común y corriente en Tegucigalpa. Las mismas calles, la misma miseria, los mismos embotellamientos, las mismas angustias, las mismas esperanzas y la misma gente. Como dijo la poetisa Juana Pavón: "Tegucigalpa, fauna humana enloquecida".
En la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) todo era igual. Lo mismo de todos los días. Pero para Walter Castellanos y óscar Pavón algo iba a cambiar aquel día. La opinión pública, los medios de comunicación y la comunidad internacional presionaban para que se esclarecieran los crímenes contra homosexuales, una serie de asesinatos que mostraban extremada violencia contra aquel grupo en especial.
Se hablaba ya de crímenes de odio, los detractores de oficio señalaban a la Policía como incapaz y desinteresada en resolver aquellos crímenes, y el grito de alerta se escuchaba desde lugares tan lejanos como Estados Unidos, Canadá y Europa.
UN CRIMEN. Jorge Nelson estaba muerto. Lo habían asesinado a cuchilladas y estaba tirado en el piso de su propia casa, sobre un charco seco y putrefacto de su propia sangre.
La escena del crimen hablaba por sí misma. La víctima se había defendido, el desorden en la casa mostraba las huellas de una lucha desesperada y las heridas en el cuello y en el pecho de Jorge Nelson hablaban sobre la furia con que lo atacó el criminal. Los detectives H-695 y H-993, asignados a casos como aquel, llegaron a la escena poco después que los vecinos denunciaran que en el apartamento algo olía muy mal. Jorge Nelson tenía varios días de muerto. Los detectives empezaron su trabajo allí mismo.
LA ESCENA. En Criminalística se enseña que la escena de un crimen habla al investigador en cada detalle. Se sabe que cada detalle, por insignificante que parezca, tiene una carga psicológica que define la firma o el sello personal del asesino, mostrando sus debilidades, su nivel cultural, sus inclinaciones sexuales, en fin, su personalidad como un libro abierto. Y los detectives empezaron a leer en aquella escena.
Empezaron con las heridas. Eran varias, largas y profundas, la mayoría en el pecho, lo que mostraba cólera pero, más que esto, proyectaba las frustraciones reprimidas del asesino que usaba el cuchillo, un símbolo fálico, para saciar su sed de venganza contra cualquiera que representara las causas de su odio. Las heridas del cuello eran igual de violentas y mostraban la furia que consumía al criminal.
"Este es un criminal con motivaciones especiales –dijo el H-695-; estamos ante un homosexual que lucha por reprimir sus inclinaciones sexuales, que seguramente tiene también una relación heterosexual, es joven, a juzgar por la violencia de las heridas, es fuerte, tal vez hace ejercicios o practica algún deporte fuerte, o de fuerza, tiene que ser piel blanca, delgado, de agradable presencia, esto es, un hombre guapo o atractivo, amigable, respetuoso con la autoridad pero con un odio terrible contra su padre… Me atrevo a decir que fue abusado en su infancia, quizás por su propio papá… Es más, estoy seguro de que este asesino volverá a matar, y que talvez no sea este su primer crimen contra homosexuales. ¿Quien tomó nota? ¿Ya tienen una idea clara sobre a qué tipo de criminal vamos a enfrentarnos?".
PREGUNTAS. Los mejores amigos de Jorge, dos homosexuales que lloraban dolorosamente, les dijeron a los detectives que el día seis de noviembre estaban citados con Jorge pero que él los llamó por teléfono para decirles que no llegaran porque tenía un "pegue", esto es, una conquista, un hombre con quien iba a pasar la noche. Los amigos agregaron que lo llamaron al día siguiente, el siete de noviembre, pero que no les contestó. Ellos imaginaron que seguía en agradable compañía.
Los detectives, acostumbrados a sospechar de todo el mundo, solicitaron el vaciado de los teléfonos de los amigos y no tardaron en comprobar las llamadas. Estaban diciendo la verdad.
"¿Conocían ustedes al amigo de Jorge Nelson?"
"¡Ay! No sabemos quien pudo ser".
El detective se volvió a sus compañeros. "¿Averiguaron algo entre los vecinos?"
"Solo uno que dice que lo vio entrar con un hombre, pero que no está seguro de describirlo".
"¿Podría reconocerlo?"
"Dice que eso sí".
"¿Dónde trabajaba la víctima?"
"Tenía una tienda de ropa deportiva en la Villa Olímpica".
"Bien. Que un equipo vaya allá y que averigüen todo lo que puedan. ¡Vamos! ¿Qué tienen los de Inspecciones Oculares?"
"El celular del muerto, la billetera, con bastante dinero adentro, tres cuchillos ensangrentados, con los que supuestamente asesinaron al hombre, y que los amigos reconocen porque eran de su propia cocina, también varios vasos, botellas de licor, cajas de cigarros, colillas… Parece que no se robaron nada…".
"El motivo del crimen no fue el robo, eso está claro. Estamos ante un depredador de homosexuales que fue abusado en su infancia, quizás por su propio padre, eso no podemos asegurarlo, y que desata su odio y su venganza contra homosexuales… ¡Bueno, es suficiente! ¡A trabajar! ¡Ah!, y estoy seguro de que este criminal atacará de nuevo".
CARICIA. El día era fresco, agitado como siempre, y los detectives estaban en otra escena de crimen. El cadáver estaba boca arriba, sobre un charco de sangre llena de moscas y hormigas; tenía un disparo en la cara y no habían pasado doce horas desde que lo asesinaron.
Cuando lo identificaron, sus amigos dijeron que se había ido con un hombre joven al que, sin embargo, no estaban seguros de reconocer. Al parecer Daniel lo conocía porque se subió al carro con toda confianza. Pero ese maldito lo había asesinado. Era otro homosexual, y la lista no iba a detenerse allí.
EL HATO. El hombre era joven, lo habían matado a cuchilladas y los detectives recordaron la escena del crimen de Jorge Nelson. Las heridas las tenía en el pecho y en el cuello, y en esta ocasión se habían robado algunas cosas de su apartamento. No había testigos y no pudieron identificar a la víctima.
ROBERTA. Las muertes de homosexuales no iban a detenerse con facilidad. Ahora le había tocado el turno a Roberta. Siete meses habían pasado y la orgía de sangre seguía llenando de luto y terror a muchas familias.
A Roberta lo mataron a cuchilladas. Tenía heridas en el pecho y en el cuello, y los detectives ahora estaban seguros de que se trataba del mismo asesino, ahora considerado un asesino en serie, homofóbico, abusado en su niñez, y al que había que detener para que no siguiera matando.
PERFIL. "Este hombre no se va a detener por sí mismo –dijo el H-993-, analizando más a profundidad el caso–. Pero estamos obligados a llevarlo a la cárcel. Ahora sabemos que se gana la confianza de sus futuras víctimas, que tiene sexo con ellas, que en un determinado momento se enfurece y las mata a cuchilladas. Creemos que es joven, blanco, delgado, fuerte y deportista; además, estamos seguros de que se doblega ante la autoridad, que es organizado, inteligente y de carácter amable. Y hago hincapié en que fue abusado de niño".
"¿Qué más tenemos?"
"Pues, creo que hemos avanzado mucho. Tenemos un nombre. Un muchacho que tuvo una relación con Jorge Nelson hace unos años. Es judoca y estamos a la espera de que nos entreguen el resultado de las huellas digitales para confirmar o desechar algunas sospechas".
"¿Eso es todo?"
"No. Tenemos más. Un guardia de la Villa Olímpica dice que el siete de noviembre de 2010, en la mañana, llegó un muchacho a la tienda de Jorge Nelson, que abrió la puerta y sacó algunas cosas; luego se fue en un taxi".
"¿Tenemos una descripción?"
"Sí. Dice que lo ha visto practicando judo en la Villa Olímpica. No dice si lo vio en compañía de la víctima alguna vez".
"¿Lo reconocería?"
"Está seguro que sí".
"¿Este es su sospechoso?"
"No".
Más. Un mes más tarde, la investigación avanzaba por buen rumbo. Los detectives no se habían detenido y estaban casi seguros de que seguían la pista correcta.
"Tenemos un elemento nuevo".
"¿Cuál es?"
"Hay testigos que describen a un hombre parecido al exnovio de Jorge Nelson… Dicen que se parece a uno de los que se robó un cajero automático en Danlí… Lo describen como alto, delgado, blanco, mal encarado y rapado al estilo militar…".
"¿Al estilo militar? Esto es común en nuestros días… No aporta nada nuevo".
"Señor, estilo militar es con el pucho de pelo adelante y rapado el resto de la cabeza… Así lo describen…".
"Bien… Qué alguien averigüe algo por ahí… Díganme una cosa, ¿encontraron huellas digitales en el carro de Jorge Nelson?".
"No, señor. El asesino y ladrón dejó el carro abandonado frente a un supermercado de la Torocagua. Parece que se activó la alarma y no pudo desactivarla. Estaba a la intemperie y, parece que el asesino borró las huellas antes de irse".
"¿Qué más había en la casa?"
"Lo que está escrito en el expediente, señor. Las puertas y ventanas no estaban forzadas, no se les hizo violencia, lo que significa que el asesino entró a la casa con la víctima… Esta dijo a sus amigos que tenía un ‘pegue’, o sea, una conquista, y él mismo lo llevó a su casa. Estamos esperando que nos envíen las huellas del laboratorio".
HUELLAS. Una semana después, el informe de dactiloscopia estaba en manos de los detectives. Las huellas pertenecían al viejo novio de Jorge Nelson. Las encontraron en un vaso, una sola huella de un pulgar, y una huella plantar, o sea del pie. Era suficiente. Ahora había que pedir la orden de captura. El fiscal estaba contento. El muchacho se convertía en sospechoso. Pero, ¿dónde encontrarlo? ¡Fácil!
Los detectives recordaron que los testigos de Danlí reportaron a un hombre con características militares. O era policía o era soldado.
En el registro de la Policía Nacional no había nadie con aquel nombre. Era hora de visitar el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.
BINGO. No tardaron en encontrar el nombre. Cuando los detectives, orden de captura en mano, llegaron a la unidad, los atendió un oficial, le dijeron a qué iban y se dieron cuenta de que el muchacho estaba de permiso.
Era tan buen soldado, voluntarioso, obediente, servicial, respetuoso, entregado a la milicia que el oficial se permitió dudar por un momento de las palabras de los detectives. Aún así, ordenó que lo localizaran y le dijeran que se presentara de inmediato a la unidad. Dos horas más tarde estaba frente al oficial, tan correcto como el más disciplinado de los soldados. Pero los hombres que acompañaban a su jefe eran misteriosos, no hablaban, no se movían. Cuando uno de ellos lo llamó por su nombre, palideció, un temblor repentino sacudió su cuerpo y se dilataron sus pupilas.
"Sí, soy yo".
Cuando le dijeron que estaba detenido por considerársele sospechoso del asesinato de Jorge Nelson empezó a llorar, miró a su oficial con ojos suplicantes y le pidió perdón por haberle fallado. El oficial tenía la cara de piedra. Los detectives de la DNIC lo esposaron y lo subieron a un vehículo que los esperaba.
EN EL CARRO. El soldado iba mudo, mirando hacia adelante sin mover un solo músculo. El H-993 lo miró y le dijo:
"Decime una cosa, ¿por qué matás solo a homosexuales?"
El muchacho no dijo nada. De todos modos, le habían leído sus derechos y sabía que todo lo que dijera podía ser usado en su contra. Además, ¿no sabía, acaso, aquel detectivillo que él era inocente hasta que no se le demostrara lo contrario, hasta que no lo vencieran en juicio?
Pero el policía no se rindió".
"Decime una cosa –le dijo, mirándolo directamente a los ojos–, es que tengo una curiosidad: ¿verdad que a vos te violaron cuando eras niño? ¿Quién te violaba, tu papá? ¿Quién lo hacía?"
Los ojos del muchacho se abrieron como platos, abrió también la boca, como para gritar una maldición, pero le faltó el aire y empezó a llorar, bajó la cabeza y sus lágrimas mojaron sus rodillas.
FIN. El perfil psicológico que hicieron los detectives en la escena del crimen fue exacto en un noventa por ciento. Cuando lo presentaron a la Fiscalía, entregaron evidencia científica, la huella digital que lo ubicaba en la escena del crimen, pruebas testificales, testimonios de dos conocidos que confesaron que sabían que él estaba involucrado en otros crímenes contra homosexuales, lo cual no ha sido comprobado por la Policía, por lo que solo se tienen los testimonio de testigos protegidos; está también el testimonio del guardia de la Villa Olímpica, y dos personas más que lo reconocieron sin lugar a dudas cuando entró a la casa de Jorge Nelson la trágica tarde del seis de noviembre de dos mil diez. El veinte de septiembre de dos mil once se cerró el caso, con la captura del sospechoso.
La Fiscalía pedirá al tribunal sentencia de por vida. Por supuesto, primero hay que vencerlo en juicio. Es su derecho constitucional.
* Creo que reconocer la preferencia de los miles de lectores y lectoras de “Selección de Grandes Crímenes” es un acto de justicia de nuestra parte, lo que hacemos con el agradecimiento sincero y el compromiso especial de seguir trabajando para quienes han hecho de esta sección de diario El Heraldo su principal lectura de los domingos.
Y entre los seguidores de Carmilla, deseo mencionar dos nombres especiales entre miles: Gisselle Alexandra Solórzano y Wanda Nohelia Santos, ambas, fans número uno. A ellas mi agradecimiento y mi reconocimiento sincero.
Atte: Carmilla Wyler
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