El nombre de Ciudad Blanca podría deducirse de la explicación que brinda Jorge Salaverri, dasónomo e ingeniero forestal nacido en La Mosquitia, que ha guiado a grupos de investigadores y turistas más de 80 veces por la cuenca del río Plátano. “Hay un punto en el río donde hay un acantilado de piedra caliza, blanca, que es llamado Casa Blanca por la gente. En realidad se trata de una formación natural que se puede ver desde lejos”.
Mito vrs. ciencia
El mito de la Ciudad Blanca no ha hecho más que alimentarse desde tiempos de la Conquista, aunque también en el último siglo los esfuerzos de la ciencia por expandir el conocimiento sobre nuestro territorio y nuestra historia nos ayudan a entender mejor qué es mito y qué es realidad. Los arqueólogos y antropólogos profesionales que han trabajado en La Mosquitia muestran una postura poco crédula de estas versiones del origen e identidad de la ciudad perdida, por una serie de razones que se expondrán a lo largo de este trabajo.
El lento avance de la ciencia
Se pueden resaltar los esfuerzos de don Jesús Aguilar Paz, quien se trasladó en mula a La Mosquitia para elaborar el primer mapa de Honduras publicado en 1954, como un importante aporte al conocimiento que se ha obtenido de la zona.
Aguilar Paz identificó en su mapa un punto entre las montañas de La Mosquitia con un signo de interrogación y el nombre de Ciudad Blanca. Más importante aún, contó en Tegucigalpa acerca de la abundante riqueza arqueológica que halló, y esa experiencia compartida contribuyó a que la zona fuese declarada Parque Arqueológico Nacional en la década de los 1960.
Este fue el primer título de protección oficial que se otorgó a la más grande de las selvas hondureñas, y la segunda más grande del continente americano. Además de los esfuerzos del cartógrafo Aguilar Paz, varios arqueólogos y estudiosos también se han adentrado en la zona durante los últimos 100 años, dejando como legado pequeños aportes de conocimiento real acerca de estas ruinas y los antiguos pobladores que las habitaron.
Con fechas más recientes, los arqueólogos Paul Healy y George Hasemann, entre otros, han trabajado en el este de Honduras con el objetivo de conocer mejor la historia de estas ruinas y las gentes que las construyeron. Posiblemente un arqueólogo destaca sobre el resto al haber dedicado los últimos 20 años al estudio científico de los vestigios de La Mosquitia. El Dr. Christopher Begley, quien presentó su tesis doctoral en la Universidad de Chicago en 1991 acerca de las relaciones de poder y gobernanza entre los antiguos asentamientos de La Mosquitia, compartió con EL HERALDO las reflexiones acerca de sus hallazgos en nuestras selvas.
Lo que se sabe
hasta el momento
De acuerdo con el Dr. Begley, “hay tantos restos arqueológicos en La Mosquitia que siempre se va a estar encontrando una nueva Ciudad Blanca. Lugares a los que antes se les llamó con este nombre son lugares ahora conocidos, y en muchos casos abandonados o utilizados como potreros para ganadería o campos de agricultura de subsistencia”.
Begley también destaca que la riqueza arqueológica de La Mosquitia es muy amplia y, hasta cierto punto, distinta a la del resto del país. Sobre sus antiguos habitantes, refiere que “no hay indicios de que fuese un territorio poblado por mayas, toltecas o cualquier otro pueblo mesoamericano”.
Más bien, los arqueólogos coinciden en que se trataba de poblaciones que tenían conexión con otras ubicadas más hacia el sur de Centroamérica y el norte de Colombia.
“No podemos decir que esta ciudad (perdida) no era maya o tolteca, por el simple hecho de que no la hemos visto todavía”, pero toda la labor arqueológica que se ha hecho en la zona hace pensar que, sea lo que sea que se descubrió, es la ruina de un poblado de habla chibcha, cuyos descendientes todavía viven en el este de Honduras.